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La muerte en Venecia de Thomas Mann (3ª parte)

Letras La muerte en Venecia de Thomas Mann (3ª parte)

La muerte

 

Dice Marguerite Duras que la muerte lleva ventaja sobre el final de la historia, y cuánta razón tiene. Lo único certero en el camino es el final de éste. Pero, a pesar de que la sentencia preventiva del título, anuncia la muerte, también Eros, también la vida y el amor, se asoman a cada momento, entintando las páginas de pulsiones ambivalentes que estremecen el interior del autor, del personaje y, por fortuna, del lector.

 

 

Dice Sócrates que los poetas no pueden recorrer el camino hacia la belleza (y hacia la muerte, diría yo) sin que Eros se les una y se erija en su guía. Aquí Eros es la fuerza centrífuga que como salva, condena. Un ejemplo: Aschenbach amaba el mar por razones de peso; “anhela cobijarse en el seno de lo simple e inmenso, y tiene una propensión ilícita hacia lo inarticulado, inconmensurable y eterno: hacia la nada”. En palabras de Max Rojas, para Aschenbach y para aquéllos de nosotros que vivimos obsesionados con el vasto océano y su potencia, el mar es algo así como esa diaria muerte del cuerpo. Eros, entonces, la vida, el movimiento, la perfección de lo humano y su impulso vital, acompaña al Tánatos que vence en la última línea. Pero, dice Mann, ¿no es acaso la nada una forma de perfección? Da Vinci acompaña el argumento cuando afirma que así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada causa una dulce muerte. Aschenbach cayó, sí, en el momento terminal, pero no sin antes beberse toda la belleza de la vida. Y así le llegó el remedio, la liberación de lo que nos mueve y nos mata, porque, en palabras de Anacreónticas: quien muere, no desea.

  

 

 

Las sentencias

 

Haciendo a un lado las interpretaciones homoeróticas o pederastas de la obra, que tendrán su lugar en otro tipo de análisis y acercamiento, que no en éste, La muerte en Venecia impone sentencias cuyo peso supera sus 120 páginas, por mucho. Para muestra basta un botón: Toda evolución es un destino; el arte es vida potenciada, procura un goce más intenso, pero consume más deprisa; la soledad (agregaría que también la que trae la muerte) hace madurar lo original, lo audaz e inquietantemente bello, el poema; razón de dicha es para el escritor el pensamiento capaz de transmutarse, todo él, en sentimiento, y el sentimiento capaz de devenir, todo él, idea. Mann imprime veredictos tan certeros, que resuenan tanto en las partículas de mi existencia, que me ha sido imposible permanecer intacta ante su narrativa. Deja infinidad de preguntas girando entre mis sienes, como se espera de todo buen escritor. Una de ellas, la que más me provoca devolver el paso y comenzar de nuevo con el “Gustav Aschenbach –o Von Aschenbach, como se le conocía oficialmente desde su quincuagésimo aniversario–…”, es la que a continuación dejo: ¿Y qué hizo Aschenbach, al final, qué hizo Mann, qué hacemos todos los escritores, los artistas, los vivos, si no es, como versa Mónica Puyhol, desterrarnos del aquí y del ahora, fugarnos por los ribazos de la noche, ocultarnos en las orillas de las letras, allá en el fondo?

 

 

Hoy cerré el libro, y, en aquel mismo momento, esta lectora, respetuosamente conmovida como el resto del mundo, recibió la noticia de la muerte.

 

 

La muerte en Venecia de Thomas Mann (1ª parte)

 

La muerte en Venecia de Thomas Mann (2ª parte)

 


Referencias: