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La mujer solitaria es peligrosa y por eso se viola, se mata, se discrimina

9 de noviembre de 2017

Cultura Colectiva

Texto escrito por Gabriel Rodríguez


La mujer dueña de sí es peligrosa para el hombre machista. Éste acomplejado y aquejado —castrado, quizá— por una inseguridad endémica que lo insta a reafirmar su poder constantemente, intenta controlarla, reducirla, limitarla. La sociedad machista aliena lo femenino: no hay salvación ni seguridad para la mujer independiente del hombre. No existe sin la maternidad ni el matrimonio. Es decir, la mujer no es y, por tanto, se maltrata, se desconoce, se aniquila, es invisible, se desprecia, si busca el placer.


La mujer solitaria es peligrosa para el sistema: ese entramado erigido en la supuesta superioridad del macho, en su potencia física, en su mano de piedra castigadora. Es una oveja descarriada que debe ser llevada con violencia al rebaño. "La mujer es un hombre incompleto", decía Aristóteles, afirmación que funda, quizás, aquella premisa de la existencia de la mujer casada y madre y la inexistencia de la mujer solitaria. La primera, parásito del hombre; la segunda, princesa guerrera. La mujer solitaria es peligrosa y por eso se viola, se mata, se discrimina.



Para Freud la feminidad vive en un perpetuo y soterrado estado de envidia hacia la masculinidad. La ausencia de pene configura a la mujer: son un hombre castrado, mutilado, herido por una debilidad ontológica que le ha sido dada y que debe asumir. La niña descubre que sus genitales son diferentes a los del niño y sufre. Por eso, debe reconciliarse consigo mediante el matrimonio: sanar la mutilación y adquirir una identidad a través de la unión con un hombre. La mujer solitaria es un problema, porque ostenta libertad, equidad; una mayoría de edad que el patriarcado se niega a aceptar.


La mujer independiente es molesta para otras mujeres. Es un espejo al que temen mirarse porque distorsiona la imagen de lo femenino. Es una imagen atrayente, seductora, sensual y eso es visto como una amenaza, como una provocación. La mujer que rechaza, por ejemplo, el don de la maternidad, la bendición de crear vida, es una hereje, una bruja que hay que condenar en la hoguera. Así, la mujer que camina, que curiosea, que investiga, que piensa, que decide, que pregunta, que duda, que siente, es peligrosa. El tapiz de lo real se resquebraja. Los relatos que nos configuran, tambalean. Los mitos sufren una transformación: Lilith, aquella primera mujer de Adán —creada igual que éste y no de una costilla—, condenada por su independencia, se eleva por encima de Eva.



La libertad por encima de la sumisión. Las hijas de Lilith recorren el mundo y sus pasos retumban en la tierra, nublan las ciudades repletas de normas y despejan el camino hacia un horizonte de cambio y equidad. Son mujeres sin dueño, sin ataduras y sin yugos. Mujeres que aman lo femenino y lo masculino: es decir, la vida, la existencia plena, sin divisiones. La vida multicolor, variopinta. La igualdad que ostentan no está fundamentada en el odio y en la revancha, sino en una reivindicación nueva, sana: es aceptar que lo humano tiene distintos rostros y que es preciso reconstruir y resignificar las narraciones que nos configuran como civilización.




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Esto es por toda las veces que nos han llamado putas y tachado de locas: hoy seamos libres.


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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Angie López.


TAGS: Feminismo Mujeres
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