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Trataste de llenar todos tus vacíos con dolor

4 de julio de 2018

GothicusMx



El siguiente cuento de Gothicus nos presenta un amor que logra sobrevivir las peores tormentas.





LA ÚLTIMA VEZ


Estoy justo detrás de ella, la observo atentamente. Se ve radiante en ese pequeño sendero lleno de vegetación, los árboles alrededor del camino componen esa perfecta escena. Su vestido largo y suelto le dan esa cadencia tranquila. Lleva un suéter de estambre ligeramente abierto del cuello. Sus pies blancos, desnudos, la llevan con cuidado por ese camino. Su trenza cae por atrás de su espalda. Luce perfecta. No entiendo cómo llegó a ese momento de cólera en el que intentó quitarse la vida… la última vez.


Ese viernes la habían encontrado en una cama, desnuda y envuelta en trapos y periódicos. Había vomitado, fue lo que la salvó. Un pequeño cuarto sucio revestido de madera había sido testigo mudo del momento en el que varias pastillas y algo de alcohol le hubieran cobrado la vida. Tenía un pequeño cuchillo al aldo, era su plan B en caso de que todo fallara. Intentaría lo que fuera para escapar de esa vida que había conseguido.


Adriane siempre supuso que ser feliz era estar en la mira de los demás por sus atrevidos juegos y acciones que la dañaban. Para ella todo era competencia, para ella todo se volvió un reto. Estuvimos juntos en el colegio y desde entonces la conozco y supe de lo que era capaz. En esa época sonaba a juego, pero con el tiempo se volvió un estilo de vida. Ella empezó a dañarse tallando y cortando su cuerpo, ahora entiendo que quería llenar un vacío.


Cuando éramos niños tallaba su piel del antebrazo con la punta de la goma de borrar que llevábamos a la escuela hasta quitarse la piel. Un día después la sangre secaba rápido y formaba una costra grande que dejaba huella por varios días, ella les llamaba lunares de sangre. Llegó a tallarse más de diez en ambos brazos. Yo no pude con uno, el dolor parecía no ser lo mío. Pero estaba ahí, hipnotizado a su lado. Me atraía su mirada profunda, su pelo, su piel, su sonrisa, todo en ella era atracción para mí. Pero fue su forma de hacer las cosas lo que me intrigaban, la manera en que tomaba la decisión y no había marcha atrás. No dudaba.


Tomaba la goma de borrar por la punta, la colocaba en el brazo y volteaba su mirada hacia mí. Tallaba sin dejarme de ver mientras sonreía, creo que le gustaba ver cómo la veían. En ocasiones llegué a detenerla porque se dañaba de más. Ella se molestaba tanto que incluso me golpeó la cabeza un par de veces. Se irritaba tanto cuando la detenía que dejaba de hablarme por una semana. 

No siempre era así, pero generalmente terminaba con una idea loca en la cabeza. En ocasiones platicábamos en el pequeño patio de su casa, justo detrás de un portón que su padre recargó contra la pared, se formaba un triángulo entre el portón y la barda del patio. Se volvió el lugar perfecto para estar con ella hasta que cobraban vida sus más extrañas ideas.


Si bien su madre no era enfermera, sabía inyectar. Por aquellos tiempos las jeringas de vidrio eran las que se usaban y su madre tenía un estuche con un par de agujas, jeringas, algodón y una pequeña ampolleta de alcohol. Adriane a escondidas llevaba las jeringas y agujas a ese pequeño lugar donde nadie nos veía. Penetrábamos la ajuga en su vena y llenábamos la jeringa con sangre más de una vez al día. Después de un tiempo sus brazos lucían pinchados como los de un adicto.


Adriane usaba siempre blusas de manga larga para cubrir sus “experimentos”. Más de 100 veces insertábamos agujas de coser sobre la piel de la mano y las conservábamos ahí por un rato. Después llegamos a usar una lezna que su abuelo tenía para coser costales de maíz y la cruzamos en la piel del codo izquierdo de su brazo, atravesábamos por completo, de lado a lado. Llegó el punto en que también para mí fue normal practicar eso al lado de ella. Honestamente podía hacer lo que fuera para esta con ella, siempre lucia hermosa, siempre. Y ella estaba siempre disponible para mí, hablaba más conmigo que con cualquier otra persona. Para mí era perfecta y yo para ella seguro era alguien que soportaba sus ideas y le hacía compañía. Disfrutábamos de la lluvia en la calle, platicábamos en la esquina de su casa, bajo la luz amarillenta de una lampara mal puesta. Noches llenas de estrella tumbados sobre la banqueta justo fuera de su casa. Siempre estuve dispuesto a lo que fuera por estar con ella.


Un poco más grandes nos distanciamos por cuestión de la escuela, nos perdimos uno del otro, y aunque vivíamos justo a un par de casas era complicado estar con ella. Un par de veces la vi debajo de ese foco que alumbraba la noche con varios tipos. Ella lucía como siempre, radiante. Fumaban, tomaban e inhalaban, sabía que terminaría mal. Era un hecho que eso pasaría, no estaba muy lejos lo que ahora hacía de lo que llegaría a hacer. Me daba coraje verla. Con el tiempo había perdido esa luz de sus ojos, intensamente azules. Era normal verla desalineada, descalza, deambulaba en compañía de desconocidos.


Le perdí la huella, me había ido de la ciudad. Mi vida siguió entre cursos y estudios, pero regresaba a casa de mis padres para verlos cada dos o tres meses. Mi vida se volvió ocupada, sinuosa, llena de pendientes. Después de algunos años vi al padre de Adriane, vendía comida en una esquina del mercado. Reposaba una canasta grande en una pequeña mesa. Cubría la comida con un mantel que su esposa había bordado antes de morir. Me dio pena enterarme mucho tiempo después. Platiqué con él mientras comía, y claro pregunté por ella. Él bajó la cabeza y la movía de un lado a otro sin hablar. No pudo contener una lágrima y lo tomé por el hombro. Él recargó su mano sobre mí y rompió en llanto. Adriane vivía en la calle, todo empeoró cuando murió su madre. Él no pudo, no supo que hacer.


Mi corazón se quebrantó, me dolió tanto como haber perdido un familiar. Me dio algunas señas de dónde podría encontrarla, pues seguido le llevaba comida, aunque él sabía que la cambiaba por droga. Adriane dormía en un viejo hotel en ruinas, había sido un picadero por mucho tiempo, pero ahora sólo era un lugar en la calle para esconderse de la noche, como esos en los que cuando niños buscábamos para hablarnos y vernos a los ojos. Ahora la noche era su enemiga y se escondía hasta que su cuerpo le pidiera más droga.


Cuando llegué al lugar había algunos paramédicos y una ambulancia. Un habitante de esos cuartos había reportado una muerte, pero cuando la policía llegó la encontraron con vida y los paramédicos se encargaban de ella. Cuando la vi no la reconocí, tardé un poco en hacerlo. La llevaron a un hospital y yo llevé a su padre con ella. La recuperación fue lenta.


Ahora ella y yo, lejos de nuestro país, hacemos una nueva vida. Adriane me contó que más de una vez le pidió ayuda a las estrellas para que yo volviera, pero yo jamás la busqué. No debí irme, debía estar ahí. Su vacío se hizo más grande, sin su madre, sin mí y con un padre que no la entendía fue fácil remplazarnos y caer en un pozo. Ahora retomó su vida al lado mío, sus ojos profundamente azules me ven sin miedo. Me ven con complicidad mientras tomamos de la mano a nuestra hija. La tormenta pasó. 


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Si quieres leer más cuentos sobre el amor, la vida y la muerte, te compartimos este artículo. Además, aquí puedes leer algunos cuentos breves de amor que te abrazarán el alma.



TAGS: Cuentos Nuevos escritores Amor
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GothicusMx


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