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La venezolana


la venezolana

En Miami, debajo del departamento que compartía con mi primo, vivía una venezolana que todo el edificio, incluyendo los perros, gatos y mosquitos, que no eran pocos, se querían coger. Tenía un cuerpo que era casi un milagro, algo ofensivo a la vista, y era imposible no pensar en violarla cada vez que te la cruzabas. Rubia, alta, flaca, de unos treinta años, siempre parecía venir del gimnasio vistiendo calzas negras, zapatos deportivos para correr y una camisetita blanca con el logo de Nike en una de las tetas. Éstas, las tetas, eran perfectas manifestaciones de la existencia de algún ser superior en el cielo. Ni muy grandes ni muy chicas, se veían firmes y bien paradas y lo primero que uno pensaba al verlas era en morderlas como un hombre lobo en celo a mitad de la estepa haría.

La cola era otro milagro de la naturaleza y nadie en su sano juicio podía imaginársela en el inodoro usándola como los demás mortales. Si a esto se le sumaba un par de labios insinuantes, unos ojos verdes claros y un pelo sedoso en el que el sol brillaba arrancándole un coro de ángeles, lo que se tenía al final era un arma de destrucción masiva a la que tendrían que haber mandado a la Luna para que dejara de atormentarnos.

Con todo esto, uno podría suponer que la venezolana era una arpía, y lo era, pero sabía disimularlo bien. Siempre simpática y correcta, respetaba las normas sociales de comportamiento entre vecinos y nunca te dejaba colgado con el saludo. Sonreía y socializaba con todo el mundo y el día que vimos al novio, entendimos que volaba alto y no se dejaba manosear por cualquiera. Éste, el novio, era un cuarentón que llegaba en un Jaguar que estacionaba frente al edificio. Vestía traje y corbata los días de semana y shorts, remera y zapatos deportivos blancos, con medias blancas también, hasta las rodillas, los fines de semana. Tenía el cabello gris, hacía ejercicio a diario y se preocupaba por su figura comiendo vegetales y productos bajos en colesterol. Era la envidia del lugar y no había persona del condominio que se lo cruzara y no le deseara piedras del tamaño de pelotas de tenis en los riñones.

Arriba de la venezolana en cuestión, a un lado de nuestro departamento, había otra más, que no estaba tan bien pero que le hacía pelea y también vivía sola. Era amiga con la de abajo y a veces se las veía charlando juntas en el balcón.

Al principio ésta última salía con una silla y se sentaba frente a la puerta de su cocina a leer, fumar y tomar café. Pero después de ver que yo también salía a fumar al mismo lado del edificio, de shorts y sin remera, esperaba a que yo entrara para salir o se metía cuando yo salía, siempre saludando, claro. Tenía cara de hámster y parecía estar todo el tiempo preocupada por algo, y antes de que llegara la época de los huracanes, se mandó mudar a Venezuela, desde donde no regresó hasta que supo que los huracanes se habían ido y ya le habían restablecido la luz, el teléfono y el Internet.


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