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Me enamoré sin saber que el amor es igual de impredecible que el dinero: por eso perdí

11 de mayo de 2018

Erika Ramos

Es algo que siempre pasa, es la típica historia contada de formas atípicas. La historia del que perdió y que asume que perder es parte de la vida, o una consecuencia trágica de malas o no tan sabias decisiones. Quizá no malintencionadas, pero a la vida no se le puede aclarar eso tan fácil.


Una vez estuve enamorada sin saberlo. Hacía tiempo que no me sentía ilusionada y supongo que, entonces, la falta de costumbre me hizo olvidar cómo se sentía. Además, era algo tan agradable y real que uno prefiere no exaltarse y tomarse todo con calma.


Me enamoré sin saber que lo estaba y cuánto lo estaba. Con miedos y golpes, la vida me llevó a esperar dramáticos escenarios y decidí con pesar, dejar de torturarme y dejar mi relación.



Al principio, todo era tan negro y doloroso que no sabía qué estaba haciendo, señal primera de que me había equivocado. Los días pasaron y pensé que estaba mejorando. Llegué a sentirme como antes, libre y feliz. Los sentimientos siempre nos engañan de muchas y tormentosas maneras.


Al cabo de un par de semanas, el pequeño agujero que tenía en el pecho, en vez de cerrarse se hizo más grande. Como quien cree que con un dedo se cubre del sol, confié en mi suerte, pero el precio a pagar fue el vacío de la oscuridad en el lugar donde siempre duele: el viejo, triste y rancio corazón.


El tormento fue el menor de los precios que tuve que pagar, pues hubo momentos peores. El arrepentimiento y la duda de haber obrado negligentemente cobran intereses muy altos e impagables. Entonces lo supe. Estaba enamorada. Enamorada y había renunciado a un juego que siempre disfruté. Estaba en banca rota. Sin embargo, las cosas parecieron ir por buen camino cuando la vida me ofreció una segunda oportunidad. La pagué de contado.


Ofreciendo todo lo que me quedaba, y con la certeza de estar haciendo la mejor inversión de mi vida, di todo lo que tenía, empeñé cosas viejas, quería empezar de nuevo, hacer las cosas bien, sin dudas, sin conflictos.



A lo mejor no fue suficiente, tal vez mi deuda era más grande de lo que pensaba. Él partió sin previo aviso, cambió de banco sus cuentas y su cariño. Se fue creyendo que quizá el amor es más valioso en otro lado. Me quedé sin nada, perdí.

Las finanzas y el amor no pueden ser tan distintos, ambos son igual de impredecibles, porque aunque interpretables, no puedes nunca estar completamente seguro de que la situación está a tu favor.


El amor que invertí se perdió. Se perdió como el dinero se pierde en los bolsillos de un montón de desconocidos.

Ahora pienso que quizá hubiera sido mejor pagar el amor con tarjeta de crédito, a plazos, sin intereses.


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Todas las declaraciones son un acto subversivo: "Al amor de mi vida: confieso que nunca quise enamorarme de ti".


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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Kendall Skye McLeod.

TAGS: Cuentos Nuevos escritores
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Erika Ramos


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