Las últimas cosas que debes llevar contigo al fin del mundo
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Las últimas cosas que debes llevar contigo al fin del mundo

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Por: Paola Vazquez

24 de enero, 2016

Letras Las últimas cosas que debes llevar contigo al fin del mundo
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24 de enero, 2016



"No hace mucho tiempo, penetrando a través del portal de los sueños, visité aquella región de la tierra donde se encuentra la famosa Ciudad de la Destrucción".

–Nathaniel Hawthorne


Pensar y entender, sobrevivir en un mundo que parece desvanecerse, desaparecer bajo nuestros pies. Día a día, poner un pie adelante del otro, pensar en una cosa a la vez, mantenerse en pie… en medio del torbellino cotidiano que parece envolvernos, atravesarnos y atropellarnos. Devenir, llegar a ser, buscamos ser en medio de un mundo que, dice Paul Auster, infunde ganas de vivir a la par que intenta quitarnos la vida.

 “El país de las últimas cosas” un relato en que Auster nos arroja una mirada al fin del mundo, a un mundo donde “desaparecen una a una y no vuelven nunca más. (…) todo ocurre tan rápidamente que no puedo seguir el ritmo”; un mundo ficticio que, sin embargo, pareciera asemejarse mucho a nuestra realidad. Un mundo en donde ya no podemos dar nada por sentado y en el que, como asevera Marshall Berman “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. La posmodernidad nos ha despojado de todo sentido, arrojándonos desnudos a un mundo en crisis.

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Somos la generación que nació y creció en un mundo de crisis, nos cuesta trabajo imaginarlo de otro modo. Auster relata ese mundo cotidiano en el que nos enfrentamos a la carencia, la competencia rapaz, la violencia, la eutanasia, las hambrunas, la escasez, el absurdo que parece racional y la razón que se destroza en el esfuerzo diario por comprenderla, esas entre otras ficciones, son el panorama de un mundo que parece haber perdido la esperanza: el fin del mundo.

Sin embargo, en medio del desolador panorama, Auster da pistas para la supervivencia. Ane Blum, un personaje que en medio de la ciudad, perdida, no pretende sino sobrevivir, preguntándose cómo lograrlo: “La ciudad te despoja de toda certeza”. Como si estuviera en el limbo, observa minuciosamente una ciudad de almas perdidas y descifra los signos: la ciudad moderna nos deforma, vivimos con miedo y a partir de la mentira sobrevivimos, nos amañamos, nos convertirnos en fantasmas o en sonámbulos, errantes pobladores de una ciudad perdida.

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Nos hallamos cual almas perdidas que vagan en la Tierra como en un limbo. Limbo, que significa borde, límite, es una región fronteriza con el infierno, un sitio temporal donde no quema el fuego pero tampoco se encuentra la calma. Los personajes que Ane describe habitan en la ciudad, vagan hacia el Cielo o el Infierno, como atrapadas por su propio destino, en su propio camino, en sus búsquedas y pecados, como en un eterno retorno. ¿Seremos esas almas que Ane observa intentando escapar del eterno retorno o de nuestros propios círculos del infierno? ¿Estaremos, como personas y sociedades, obligados a vagar por este limbo del fin del mundo hasta encontrar pistas que nos lleven a lo que buscamos?

Nuestro mundo moderno se asemeja a ese limbo en el que finalmente habitamos todos, almas más ventajosas y otras más desventuradas, pero por igual miramos el mundo buscando rastros que nos salven de la destrucción y el vacío, rogando no ser las próximas víctimas de la tragedia. Paradójicamente, la miseria que observamos se nos hace habitual y la forma en que reaccionamos ante esa violenta realidad nos ha reducido a la inmovilidad. Incapaces ya de pensar cómo salir de ella, confusos, bombardeados a diario por situaciones que rebasan nuestra capacidad de reacción y paralizados ante castillos de creencias que se derrumban frente a nuestros ojos, dejándonos ante el vacío. Nos parecemos a la sociedad del espectáculo que describió Guy Debord: nuestra vida se ha convertido en una representación y la miramos pasar como espectadores.

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Los paisajes de Auster son hostiles, un exterior que es el símil de un mundo interior desolado: vientos que amenazan con arrastrarnos, noches que son marea sin calma, días que son luces que distorsionan el mundo y quietud que es bruma, densidad pasmosa que nos impide movernos. ¿Cómo salir de ese pasmo, cómo habitar este mundo contradictorio que nos empuja y nos hunde, nos arrastra y nos ata? Si asumimos el caos del mundo, entenderemos que es necesario romper el pasmo, tarea lenta que, en palabras de Auster: “necesita un tiempo muy largo para que un mundo desaparezca, mucho más de lo que puedas llegar a imaginar”. En caso contrario, estaremos condenados a continuar  “viviendo nuestras vidas y cada uno de nosotros sigue siendo testigo de su propio y pequeño drama”.

Un pensamiento no puede cambiarlo, no lo hará la sola idea de un optimismo ridículo, como lo hacen “los risueños”, pero tampoco, como “los rastreros”, pesimistas absolutos que optan por tumbarse al piso y no levantarse hasta que las cosas mejoren. Para sobrevivir hay que destruir el mundo, destruir ese mundo anterior que está putrefacto ante nuestros ojos y dentro de nosotros: “Para vivir, es necesario morir, por eso tanta gente se rinde”.

Al destruir cierta parte de nuestra humanidad, morimos un poco; un camino tortuoso que no muchos se atreven a recorrer. Auster refiere a esos vicios que tenemos hasta las entrañas y que nos cuesta desterrar, esos mecanismos que nos hacen reaccionar como si estuviéramos programados, y nos rendimos ante la posibilidad de cambiar: “He aquí el dilema, por un lado queremos sobrevivir, adaptarnos, aceptar las cosas tal cual están; pero, por otro lado, llegar a esto implica destruir todas aquellas cosas que alguna vez nos hicieron sentir humanos”.

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¿Cómo levantarnos cada mañana sin sentir que nuestra vida es una simulación o un espejismo y cómo no atorarnos en el deseo de algo que nunca llegará? “Te haces una idea, ¿verdad? Cuestiones absurdas e infantiles, sin significado ni posibilidad de convertirse en realidad. (…) Cada mañana resurges forzosamente del sueño (…) un espejismo, ni más ni menos real que el recuerdo que guardas en tu interior de todos los otros días”.

¿Que podríamos rescatar o es que acaso está todo perdido? Si nos preguntamos qué debemos llevar día a día en este aparente “fin del mundo” podríamos atinar a reorientar nuestro modo de vivir, no de buscar algo que quizá nunca llegue, sino de nuevas maneras de habitarlo. Es como respirar, sólo estar vivo sin abrir demasiado los ojos para no verse cegado con la luz y no traicionar nuestros ideales; con la lengua quieta, sin caminar tan aprisa, resguardando nuestras memorias, nuestros recuerdos, rehuyendo de las apariencias que nos hacen ser quienes no queremos ser y no dejar de ver la realidad aunque duela. Creer y crear…

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Las carencias pesan, pero son vacíos que nos hacen crear y, como afirma Auster, vamos recogiendo trozos, objetos rotos, señales de la vida que en inicio no tienen conexión, pero que poco a poco comienzan a relacionarse entre sí, a tener sentido; como cuando comenzamos a rearmar el rompecabezas de nuestra propia vida, uno desestructura el mundo: lo fragmenta, lo deconstruye. Sólo así aparece lo esencial: “No esperes encontrar nunca algo entero, ya que sería un accidente, un descuido de la persona que lo perdió, pero tampoco puedes pasarte todo el tiempo buscando aquello que ya es totalmente inservible. Debes aspirar a algo intermedio (…) Debes examinar, analizar minuciosamente y volver a la vida aquello que a otro le pareció bien tirar”.

Eso que alguna vez nos pareció una ruptura que nos llevó al fin del mundo, puede bien ser un objeto útil para rearmar nuestra realidad.


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Referencias: