Le entregué mis primeros insomnios y mis primeras ganas de amar
Letras

Le entregué mis primeros insomnios y mis primeras ganas de amar

Avatar of Vanessa Vernazza

Por: Vanessa Vernazza

2 de junio, 2017

Letras Le entregué mis primeros insomnios y mis primeras ganas de amar
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Por: Vanessa Vernazza

2 de junio, 2017



A continuación un relato de Vanessa Vernazza que da cuenta de sus referencias temáticas, su universo sensorial e imaginativo en torno del erotismo.


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Mis primeros versos, mis primeros insomnios, mis primeras ganas de amar

Yacía sobre las sábanas blancas su cuerpo envuelto en sudor. Su cabello ondeado goteaba de pasión. La mano izquierda tomaba el borde de la cama y la otra adornaba mi espalda. Su tierna mirada oculta bajo los párpados cansados. Sus labios entreabiertos me atraían como un imán. Y yo sólo podía observarlo. Observar su silencio y tranquilidad.

Pasaba por mi mente cómo se aceleró mi corazón por primera vez. Cómo las piernas me temblaban cuando estaba cerca. Cómo me hizo sentir algo que jamás en mí había albergado. Y hablo en serio. No es un tonto discurso cursi. Estoy hablando de mi primer amor. De mi primera ilusión. Si bien es cierto, fue él quién se llevó mis mejores primeras veces, esas que estaban llenas de inocencia. Todo tan blanco, tan puro, tan lleno de ingenuidad. Le entregué mis primeros versos, mis primeros insomnios, mis primeras ganas de amar.


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Recuerdo también lo doloroso del primer desamor. Era como si en un instante veía cómo se apartaban de mí todos los sueños, las historias que había creado con él. Sólo con él. Tenía tantas cosas que decirle. Y créanme que versos no me faltaban para expresarle mi amor. Pero no lograba emitir ningún sonido.Todo estaba tan callado y yo lo disfrutaba, a pesar de que los labios me quemaban desesperados por decirle lo que realmente sentía. Lo que todo este tiempo había callado. Todo lo que no dije la primera vez que me dijo adiós. Algunos lo llamarían dignidad; yo lo llamaría cobardía. En lo más profundo una voz me gritaba: “¡Quizá si se lo hubieses dicho, la historia sería diferente ahora!”. Pero esa voz siempre había sido opacada por el miedo, el miedo más grande. El miedo a ser rechazada.

Me sentía una niña otra vez. Sentía cómo él iba enseñándome cada espacio de mi cuerpo, me mostraba todo lo que mi piel podría sentir, cada que las yemas de sus dedos paseaban en el largo camino hacia el placer. Como si todo fuera nuevo, como si fuese nuestra primera vez. Y lo era, de alguna forma lo era. Pero había llegado ya el cansancio, y él se había rendido. No me entraba en la cabeza cómo podía concebir el sueño. Pero él sabía que yo no podría, así que esas caricias en la espalda, de rato en rato, quería que cumplieran con el hecho de hacerme sentir que estaba ahí, conmigo.


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Me despedía nuevamente, sabía que debía hacerlo. Ahora más despacio, todo lo contrario a la vez primera que dijimos adiós. Quizás mis manos estaban gritándole el mensaje que no pude expresar hace mucho tiempo. Iba retratando su rostro. Ya con unos años más. Más vívido, más cansado. Pero seguía siendo él. Seguían sus hoyuelos marcados en las mejillas, tan marcados que hasta dormido se hacían eternos. Cada minuto que pasaba abundaba en mí la ternura al verlo. Ahora era yo quien iba dibujando su pecho con la yema de mis dedos, recorriendo cada curva de su abdomen. Llenando la atmósfera de amor, llenándola de recuerdos, y él seguía sin darse cuenta.

Me despedía también de mi amor más prohibido. Él siempre había sido prohibido. Las ilusiones que se asomaron en nuestro dulce momento fueron como un sueño, un sueño que se convirtió en una realidad para mí. Un sueño para él, en el que al despertar rompió en mil mi corazón. Pidiendo disculpas al viento por herirme así. Al viento porque yo no estaba ahí. Sólo fui capaz de decirle que todo estaba bien. Fingiendo que quizás no había pasado tanto tiempo. Y que era inútil que pidiera disculpas. Que no era para tanto, que no había nada que lamentar. Así que sólo me fui lejos y, a duras penas, caí en la cuenta de que jamás sería para mí. Hiciera lo que hiciera, así avanzaran 10 años más. Tomé una bocanada de aire y guardé mis lágrimas para mis más tristes versos. Las guardé en el interior de mis almohadas. Y en mis noches desveladas, en el insomnio, y en cada tarde que me hacía recordarlo. Las guardé y no volví a saber de él.


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Mi corazón desconfiado había sido herido un par de veces más. Ya no era lo mismo, jamás sería como la primera vez. Pero me había rendido. Había dado un paso al costado. Buscando un nuevo camino, y en lo más curioso, este nuevo camino sólo me llevó a volverlo a ver. No sé cómo, no sé cuándo. Pero estaba aquí. Acariciando mi espalda de rato en rato. Era él. Así que sólo podía agradecerle a la vida haber tenido la oportunidad de cerrar mi primera historia. Me había rendido ante la idea de volverlo a ver, de velar sus sueños, y de darle un beso de buenos días. Pero así fue. A días de empezar una nueva vida, apareció, por una fracción de tiempo, en plena rendición, cuando ya no habían rastros de esperanza. Quizás no para quedarse a mi lado, pero sí para hacerme ver que no habrían imposibles. La primera persona que rompió toda ilusión, esta madrugada me daba las ganas de intentarlo otra vez. Jamás sería igual, de eso no había duda. Pero ¿qué sentido habría en repetir el mismo capítulo?

Me perdí en él hasta que el sueño dejó las palabras a un lado, y su tranquilidad me abrumó hasta arrullarme como una canción de cuna. Me dejé llevar, sin pensar nada ya, sólo disfrutar nuestros últimos minutos, hasta que despierte, y volvamos a nuestra realidad.

***

Dividir en dos algo que era sólidamente un uno nunca es fácil. La distancia, el tiempo, las diferencias, el pasado, el futuro, la memoria. Todos esos factores arman y desarman momentos de nuestras vidas. La poesía no sirve para unirlos nuevamente, aunque sí puede juntarlos.


Referencias: