Lecturas sobre el retrete
Letras

Lecturas sobre el retrete

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Por: JLenciso

1 de agosto, 2013

Letras Lecturas sobre el retrete
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Por: JLenciso

1 de agosto, 2013

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En 1795, el librero y editor alemán Johann Georg Heinzman decía que la lectura era capaz de generar “predisposición a resfriados, dolores de cabeza, debilitamiento de la vista, accesos de calor, gota, artritis, hemorroides, asma, apoplejía, enfermedades pulmonares, indigestión, obstrucción del intestino, alteraciones nerviosas, migrañas, epilepsia, hipocondría y melancolía”, según nos cuenta Robert Darnton en El beso de Lamourette. Actualmente, los medios de comunicación nos siguen recordando, a veces sin mucho fundamento, que la lectura en ciertos ambientes puede tener consecuencias desagradables para la salud.

Leer en el baño es una de esas prácticas cuestionadas a menudo, por su vinculación con las hemorroides. Aun así es común visitar sanitarios de amigos o conocidos en los que hay algún librillo a disposición. ¿Será que sus dueños padecen ya ese mal? Si todavía no, ¿sabrán a lo que se arriesgan? ¿Será que la correlación es una mentira? ¿O acaso aquéllos son masoquistas?

El baño, como las alcobas, es un ambiente íntimo, de relajación y privacidad en el que nadie vigila lo que leemos. La lectura en este ámbito es simbólicamente peligrosa, porque es secreta, y genera una experiencia distinta, facilita relaciones diferentes con el mundo al que se accede por las páginas de lo que se lee. Ya se sabe: “Los libros leídos en una biblioteca pública jamás tienen el mismo sabor que los que se leen en un altillo o en la cocina”, afirma Alberto Manguel en su compendio de ensayos Una historia de la lectura, y razón no le falta.  El excusado se convierte así en un soporte no sólo de la exploración imaginativa y del conocimiento sino en un lugar de culto.

Quienes leen en el baño practican, sin saberlo, la lectoproedonosmia, de acuerdo con el escritor Andrés Ehrenhaus. Éste atribuye el término a un costarricense, quien lo relaciona con dar placer al olfato. La RAE, por su parte, no lo contempla en su diccionario. Georges Perec, más que un estímulo para la nariz, encuentra que “entre el vientre que se alivia y el texto se instaura una relación profunda, algo así como una intensa disponibilidad, una receptividad amplificada, una felicidad de lectura: un encuentro entre lo visceral y lo sensitivo”.  Es, en pocas palabras, un doble alivio. Marco Avilés, de quien tomé la cita de Perec, lo resume así: “Cagar nos recuerda que somos simples animales. Leer nos crea la ilusión de que somos especiales”.

Esta práctica se ha atribuido generalmente a los varones por ser quienes más tiempo tardan ocupando el también llamado aseo o servicio y, entre ellos, a adolescentes sospechosos de refocilarse en publicaciones de esas que se leen “con una sola mano”.

Un récord de libros encima de un tanque de inodoro es el de Henry Alford, columnista del diario The New York Times, quien llegó a contar 42. Seguramente habrá quien prefiera mudar el retrete a la biblioteca.

Pero no únicamente se leen libros ni revistas, sino etiquetas de jabón, de shampoo, entre otros productos. La avidez no conoce límites. Y atendiendo esa particularidad, una campaña de reposicionamiento de ventas destinada a una librería rusa logró su cometido usando un método peculiar: reprodujo fragmentos de cuatro libros distintos en etiquetas de igual número de tipos de desodorantes que repartió en baños de tiendas y oficinas. “La acción logró incrementar en 23 por ciento las ventas”, reporta el blog TEO, dedicado a creatividad publicitaria. Esto, por cierto, no nos deja claro si los lectores usaban primero el aromatizante y después se ponían a leer o privilegiaban la vista y el olfato a la par durante su disfrute.

Los orígenes de la lectoproedonosmia –aceptemos momentáneamente este nombre, a reserva de otro más convincente- se remontan a los inicios de la lectura, incluso antes de la invención y el desarrollo de la imprenta, según nos lo refiere Manguel al citar que en la Vida de san Gregorio (siglo XIII) se describe al sanitario –o a su equivalente de esos tiempos- como “un lugar retirado donde pueden leerse tablillas sin interrupciones”. Asimismo, trae a colación lo que Henry Miller decía en Los libros en mi vida: “Mis mejores lecturas las he hecho en el baño”. El autor de Trópico de Cáncer incluso admitía que “hay pasajes del Ulises que sólo se pueden leer en el inodoro si se les quiere extraer todo el sabor al contenido”. Lo que ya no cita Manguel son ideas del capítulo “La lectura en el retrete” que nutren de ambigüedad lo dicho previamente por Miller: “La mayor parte de la lectura que se hace en el retrete es lectura inútil. Las revistas gráficas, los folletines, las novelas policiales y de aventuras, y todos los cabos sueltos de la literatura, eso es lo que la gente lleva al baño para leer”.

Y nada tiene de anómalo o novedoso esta actividad. Recordemos que algunos manuales de educación de los siglos XVI y XVII, como nos lo cuenta Avilés, “recomendaban a los nobles combatir la bajeza de la evacuación leyendo tratados filosóficos. La invención del baño privado, en la era de los castillos, impulsó este curioso sistema de educación. Sin embargo, los arqueólogos expertos en la Antigüedad han hallado restos de nutridas bibliotecas en las ruinas de los baños públicos del Imperio Romano. Leer y defecar es un hábito clásico. Pero no es propio sólo de los espíritus cultos, sino de quienes han aprendido a sumar dos placeres: liberar el cuerpo mientras el espíritu se alimenta, ya sea con un poema, un cuento, un cómic o un delicado aforismo”, sea en libro tradicional o ahora en formato electrónico.

Contra ello, Miller sostiene: “Si tus intestinos se niegan a funcionar, consulta a un médico chino. No leas para distraer tu mente de la ocupación que tienes entre manos... Si acudes al retrete para eliminar el material de desecho acumulado en tu organismo, te perjudicas si empleas esos preciosos momentos en llenarte la cabeza con desperdicios”. Y recomienda: “Si por fuerza tienes que hacer algo, ¿por qué no ofreces una silenciosa oración al Creador, una oración de agradecimiento porque tus intestinos todavía funcionan?”

De los romanos a la era del ebook, de las tablillas al iPad, la lectura además de un derecho y un placer en muchas sociedades parece un privilegio. Leer mientras se reina desde el evacuatorio, ese trono efímero y reconfortante, no es un gusto al alcance de analfabetos y estreñidos, para su desgracia. El filósofo Jaime Luciano Balmes decía: “La lectura es como el alimento: el provecho no está en proporción de lo que se come, sino de lo que se digiere”. Nunca mejor dicho.

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Referencias: