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LETRAS

Leerte, vida mía

De ser un libro, aseguro que no estaría en una biblioteca, aunque envidiaría ese olor a ‘eshoradetomar lavidaenseriocontantaletra’. De ser libro, aseguro que no estaría en la mesita de noche; no, no te arrullaría, ni sería tu pareja de vela. Si fuera un libro, mi pasta sería dura, con toda la intención de que memorices mis versos, mis coplas, mis capítulos, con toda la intención de merecer un espacio en la memoria colectiva. De ser tu libro, tendría varios separadores en mis páginas: presente, pasado y futuro.


Abriste las páginas en el segundo separador. Aquí, ahora, siempre, hoy. Hoy, nuestro hoy, no tiene mucho de mañana, sólo dolorosos ‘aún’ que no controlo, que no tolero. Ese escritor que hoy, desconozco, me sacó de la autoría y me puso voz en un guion enfermo, en el espontáneo diálogo didáctico con Tánatos, personaje introductorio a la conclusión de mi fábula, tan llena de animales que parlan durante tantas páginas para enseñarme que siempre algo puede pervertirme. El dolor me conduce a la catarsis literaria, desempeña como elemento purificador que me llevará al estado de gracia, el estado más puro que un ser humano puede alcanzar sin confundirse con las voces del diálogo ni con los personajes secundarios que pudieran ser héroes o antihéroes de mi novela negra. ¿La novela negra puede exponer un estado de gracia? Mientras existan voces, un principio y un fin, siempre habrá un escritor con tinta, con dedos que deseen confesar su alma turbia a través de ese cuervo ‘sueltaquesos’, de ese hombre miserable, de esa fémina emancipada; en mi caso, este escritor es perezoso y me trazó simple con el detalle genuino del final dramático.

El pasillo está brillosamente silencioso, blanco, viste el perfecto cliché hospitalario, nada le sobra, nada le falta. El roce de mi piel se escucha hasta dos habitaciones atrás y tres adelante. Es el sinónimo auditivo del pasar de página del libro (que no soy yo) de la mesita de noche. Las caricias en mi piel suenan al pasar de páginas en este pasillo lleno del cliché Sector Salud. Las gotas caen emocionadas por entrar a mi cuerpo y leerme por dentro, lubricar mi narrativa desahuciada, mis últimas páginas en las que un lector profesional acelera la caminata ocular porque sabe que los párrafos contundentes están a la vuelta de hoja y que cerrará un libro más en su vida plena, en su vida lectora, en su experiencia voyerista. Soy esas últimas hojas que comes para cerrar un ciclo más de tu día, de tu hora, ¿estás listo para el micro duelo que dejará la ausencia de mi historia? Sí, tendrás un duelo imperceptible; el cariño que conseguí fundar en ti; la confianza que provocó entrar a mi mente, a mis pensamientos, a mis mayores miedos se desvanecerá en cuanto cierres este libro para siempre. Sé que evadirás, como siempre, mi ausencia consiguiendo un título nuevo, una recomendación inmediata, una ojeada a la librería para conseguir pronto, lo más pronto, una silla con tu nombre en el ser respaldo: ‘LECTOR’, por no poder decir espectador.

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La historia se asfixia, no hay más aire en la voz principal, sé que también tú lo sientes, me lees con ansiedad y sabes que este apretar de sábanas sudorosas es la acotación de muerte, del fin. Olvidé respirar y es muy tarde para soportar la curva de aprendizaje; no hay espacio en el cerebro de un moribundo, no hay más que seguir el guion estoicamente y terminar con el alma bien erguida, pues debo quedarme en tu memoria, porque soy ese libro de pasta dura, soy ese libro que llevas a cualquier parte y no sólo sacas cuando te aburres o cuando la batería de tu teléfono te ha fallado. Soy libro de un solo dueño, que no compartirás, que no tienes necesidad de recomendar porque sabes que nadie lo sentirá como tú lo sientes. Soy ese libro que te da vida, ese libro que lloras cuando cierras, ese libro que tomas contra tu pecho porque cada vez que lo tocas llena ese espacio en el que va el alma. Cada párrafo tiene una de las edades de la mente, cada capítulo comienza con la ética mundana; cada final con la práctica divina, no hay casualidades en mí y tampoco hay autoayuda. El libre albedrio escribe en la contraportada de mi título, pero se edita en la gran imprenta de la vida. Soy ese libro que deberá ser leído en el idilio, soy ese libro que pide requisitos de valentía, porque soy esa vida que necesita ser leída.

 

 

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Etiquetas:cuentos
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