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"El oficio de la venganza": razones por las que el amor nos vuelve personas cobardes y vengativas

30 de abril de 2018

Cultura Colectiva
Aún cala en los corazones que alguien luche por su honor.
La imaginación es el fuego que aviva los celos.
La venganza tiene la fuerza de darle un nuevo sentido a la vida.




"Las personas cobardes son las más rencorosas: odian al otro porque no se atreven a contravenirlo ni a ser como él. La cobardía es un bicho que se esconde bien y sabe ocultarse en las entrañas del espíritu, como los camaleones en la floresta".


¿Qué tanto harías por amor? ¿Son más fuertes los celos y la venganza que el amor? ¿Puede el cobarde dejar de serlo para lavar su honor? A todas estas preguntas se enfrenta Aristóteles Lozano cuando es estafado por Cristóbal San Juan, antiguo inquilino del departamento que habita con Julieta, su novia escritora y Jamón, su bulldog francés; toda esta historia se desarrolla en el libro El oficio de la venganza (Alfaguara, 2018) de L. M Oliveira.


Es así como Aristóteles pronto descubrirá que Cristóbal es un pájaro de cuentas, un timador y un cínico que envuelve a todo aquel que se le acerca. Ellos no son la excepción: su vida en pareja, rutinaria y sin preocupaciones —él, crítico literario; ella, escritora en ciernes—, se verá trastocada de tal manera que, una noche, Julieta huye con Cristóbal, llevándose con ellos al perro y la estabilidad emocional de su prometido.



A partir de ese día, Aristóteles hará todo por encontrar a Cristóbal San Juan y en su búsqueda descubrirá que "Cristóbal es un hombre solitario, atormentado, inseguro, insatisfecho, que dejará tirada a Julieta cuando menos se lo espere". Se dará cuenta de que es un personaje complejo, un hombre que busca la transformación, la purificación del alma, ¿un místico o un loco? Aristóteles Lozano se adentrará a lugares insospechados: los vericuetos del alma.


A ojos del buen lector, Cristóbal es un estafador que no deja títere con cabeza, tima a su novia, a su mejor amigo y hasta a su madre; sin embargo, en su huida, se vuelve un "misionero católico que abraza la fe de los aztecas" y en lo profundo del bosque michoacano fundará una aldea: Utopía.


En El oficio de la venganza, el autor L. M. Oliveira analiza emociones básicas del ser humano: los celos, la venganza, y la cobardía; además, realiza una velada crítica al mundillo literario mexicano y, como si fuera la crónica de un cazador, a un hombre despechado y humillado que busca justicia, la que se hace por mano propia, por lo que acompañaremos a Aristóteles Lozano tras de su presa: Cristóbal San Juan.



Igual que una road movie, Lozano armará el rompecabezas que es San Juan por distintas ciudades del mundo, Guanajuato, Isla Mujeres, Nueva York, Barcelona, Londres, Morelia y los densos bosques de Michoacán, tomados por el narco y las autodefensas. Atestiguaremos la transformación de Cristóbal San Juan, de cínico a místico; y de Aristóteles Lozano, de cobarde a guerrero, quien hará todo por aprender el oficio de la venganza.


En su aprendizaje clasificará los tipos de venganza que existen, la reactiva, la ofensiva y la venganza fría, como la del Conde de Montecristo. Conocerá a personajes complejos, profundos, seductores como Cristóbal, quien es "capaz de hacer cualquier cosa para dominar a los demás". Lozano descubrirá que el antiguo inquilino de su departamento, en los años 80, lideraba a Los Divinos, un trío de estafadores compuesto por Tristana, su novia de ese entonces, y Cabaca, su mejor amigo, quienes estafaban más por diversión que por necesidad, porque para Cristóbal San Juan "una buena estafa era poética".


Al final de El oficio de la venganza descubriremos que todos tenemos un "código de honor medieval", que respiramos por las heridas y que por amor, celos o venganza, dejamos de ser cobardes, "esclavos de los acontecimientos".




A continuación, te compartimos un adelanto de la novela:


Antes que nada, el bosque. Es lo primero que distingo: su perfume se presenta como el azahar, los nardos o el mar. Su frescor cubre mi piel igual que un velo fino y suave. Luego advierto el dolor y la oscuridad: tengo las manos atadas y los ojos vendados. Hace unas horas que viajamos rumbo a Utopía, una villa en medio de la nada. Por los movimientos bruscos de la camioneta, supongo que la carretera se convirtió en brecha. Después de varios atascos, el vehículo queda absolutamente varado. Y por más que el conductor intenta avanzar, los neumáticos sólo resbalan, como si fueran lisos.

—Bájalo —ordena el conductor con voz aguardentosa.

El copiloto desciende con rudeza, abre la puerta de atrás y me jala del brazo. Mientras me aleja de la camioneta, doy un traspié y él, para evitar que caiga, tira de mi chamarra. Nuestros cuerpos chocan y así descubre que llevo algo en el abrigo.

—Este cabrón trae un teléfono.

El conductor sale del atascadero y entonces contesta.

—No pasa nada, en este pinche cerro a veces parece que no existe ni el sol. Mejor ponte a las vivas, no vaya a ser que los de Nueva Belén anden merodeando.

El tipo toma el teléfono y me regresa con violencia al asiento trasero. Entonces continuamos nuestro camino a Utopía.

Después de varias horas, por fin nos detenemos. Escucho cómo abren las puertas del vehículo. Luego tiran de mi brazo para sacarme de la camioneta. Ahora desamarran mis muñecas, cuando están libres me quito el vendaje con un movimiento rápido y los busco con la mirada. Las luces del vehículo están encendidas, es lo único que nos alumbra en la noche cerrada de la montaña boscosa.

—Este no era el trato.

—Cállate y échate a correr —dice el copiloto carcajeándose—, que empieza la cacería. 

—De qué hablas —digo y lo empujo—. Llama a Cristóbal, quiero hablar con él.

El conductor saca su arma y dispara al piso:

—Échate a correr, que con el próximo tiro te dejo cojo. Tienes un minuto para esconderte y salvar el pellejo.

Corro en dirección contraria a las luces de la camioneta.

—Dale cinco minutos—alcanzo a escuchar que dice el otro—. Si es un pobre chilango…

No pienso detenerme. Pero la luz de los faros deja de ser suficiente, y es difícil avanzar sin luz a través del bosque y su suelo irregular. Sigo mi huida, a tientas. A lo lejos los escucho gritar.

—¡Ya vamos por ti, chilanguito!”.


Los edificios viejos, cuando están en buen estado, suelen ser más sólidos, espaciosos y bellos. Me costó mucho trabajo encontrar alguno que satisficiera mis expectativas. De entre los tres o cuatro que más o menos tenía en la mira, ninguno valía realmente la pena. Pero un día encontré el adecuado. Fue así: después de una larga jornada de búsqueda infructuosa, tomé asiento en una terraza y pedí un expreso. La luz del sol era tan apacible y cálida que aquel momento también pareció bueno para leer. Saqué el best seller que me ocupaba esos días y un cuaderno de notas, pues debía anotar mis impresiones; así lo exigía mi profesión de crítico literario: tenía una columna, que escribía bajo seudónimo, en la que cada semana hablaba de estructuras, personajes, influencias, debilidades, inteligencia, valentía, fuerza del lenguaje. El nombre falso me daba la seguridad de la que carecía en la vida. Si todo fuera tan fácil como esconderse detrás de una careta… 


Después de leer un par de capítulos hice una pausa y levanté la vista del libro, quería procesar alguna idea y apuntarla. Entonces, la mano de una mujer que ponía un letrero de “se vende” en una ventana del edificio de enfrente me distrajo. Qué casualidad. Miré con otros ojos la edificación, parecía, al menos por fuera, justo lo que buscaba: sólida, antigua, bien cuidada. Así que pedí la cuenta para ir a informarme, no dejaría pasar ese golpe de suerte. Pero más se tardó el mesero en traer el cambio, que la mano de un hombre en retirar el susodicho cartel. Esto, tras un jaloneo con la frágil mano femenina que, unos minutos antes, lo colocó en la ventana. Supuse que se trataba de una disputa de pareja: ella quería vender el departamento y marcharse para siempre; él, en cambio, fincaba todas sus esperanzas de tener un hogar en ese piso con vista al parque. Pronto descubrí lo equivocadas que eran mis cavilaciones.


Pude ser más enérgico o cabrón, pero no era mi carácter. Julieta me besó y me llevó a su casa. Era un tipo recatado y convencional. Esa noche Julieta me dejó intrigado, tenía una maestría con la que nunca antes me topé. Y claro, yo no era ningún experto en la cama, pero hallé algo completamente desconocido. No hablo de acrobacias ni de ningún tipo de movimiento gimnástico inusitado; era algo en la sensualidad de su cadencia, en los sonidos de su boca, no sé cómo lograba cubrir con candor su cachondez. Me enamoré y ella seguro halló algo en mí. Dudo que todo ese tiempo que pasamos juntos fuera una farsa. Sólo una gran actriz habría sido capaz de llevar a cabo una actuación de esa calaña. Y Julieta no era gran actriz, sólo era hipócrita. Además, ¿por qué motivo habría mantenido aquel teatro? ¿Por dinero? Seguro que no, su familia era rica, no necesitaba un peso. Además, cuando se marchó, no se llevó nada. Bueno, al perro, y también el anillo de compromiso que le di, pero eso fue idea de Cristóbal. Me lo dijo Julieta cuando la volví a ver.


Algo en la franqueza de Cristóbal me hizo decirle que acababa de comprarme una botella de vino, y le pregunté si le gustaría tomarse una copa. Ojalá nunca hubiera dicho aquello, porque no tengo duda de que esa noche decidió estafarme. El señor entró y con un gesto de la mano pidió permiso para dar una vuelta por la cocina y la sala. Se lo di, por supuesto. Después de echar un vistazo dijo que tenía muy buen gusto, que el departamento en mis manos estaba más hermoso de lo que jamás estuvo bajo las suyas: 




—Aunque, eso sí, seguro que en esto alguna mujer te ayuda —dijo con un tono muy cordial, sabía agradarle a las personas. Preguntó si podía encender un cigarro. 

Le dije que sí podía prender su cigarro y que mi mujer lo tenía todo hermoso: 

—Es escritora, pasa muchas noches conmigo, pero otras tantas se queda en su estudio, sobre todo cuando la inspiración le suspira, como hoy. 

Descorché el vino, fui por dos copas y le ofrecí asiento. Cristóbal preguntó a qué me dedicaba: 

—Aunque no publico mis versos, soy poeta —omití decirle que era crítico, mi anonimato era invaluable. 

—A mí también me gustaría vivir de escribir, pero de eso no se come. 

Me daba un poco de vergüenza reconocerlo, pero también le dije que mi hermano y yo éramos dueños de una fábrica de tinacos: 

—Eso me deja algunas rentas. 

Él tomó la botella de vino y con otra expresión de la mano preguntó si podía servirnos: 

—Claro. 

—Yo intenté hacer lo mismo que tú —dijo—: dedicarme a escribir, leer y vivir de las rentas de mi madre. Pero para ella resulta simplemente inaceptable. Si tomo algo que es suyo dice que le robo y que soy la peor mierda que ha pisado el planeta. Pero cuando mi abuelo hizo su fortuna tenía en mente a la familia entera, no sólo a mi madre. ¿No te parece un poco contradictorio que ella viviera toda su vida de lo que le dejó su padre y que a mí no me permita vivir de lo mismo? —de buenas a primeras entendí que su situación y la mía no eran tan distintas: yo vivía de bienes heredados y no hice nada para merecer mi vida. Si doña Lorenza estuviera muerta, Cristóbal estaría en el mismo lugar que yo, pero no recibía su herencia porque su madre seguía en pie—. Pero bueno —continuó—, no tiene ningún sentido hablar del asunto. Yo ya estoy en otro lado: hace tiempo que busco a Dios...



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Si también quieres saber por qué todos poseemos una creencia irracional que nos hace pensar que no merecemos nada en la vida, entonces tienes que leer esto.

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