"Bajo fuego", el libro para entender la relación entre la violencia y las armas en Estados Unidos

Martes, 2 de octubre de 2018 16:15

|Aglaia Berlutti
armas en estados unidos

"Bajo Fuego", libro sobre la violencia y las armas en Estados Unidos, es una novela que te atrapa entre la melancolía, la desesperanza y el deseo tóxico de una sociedad que pretende definirse.



Durante los últimos años, los atentados armados en EEUU se han multiplicado de manera exponencial, y con ellos la discusión pública sobre esa polémica Segunda Enmienda en la constitución estadounidense que consagra, para bien o para mal, el hecho de poseer —con todo el sentido inquietante que pueda tener la palabra— un arma. No obstante, más allá del debate la idea es mucho más preocupante: se trata de una cultura que asume la violencia como necesaria y que, además, analiza desde cierta distancia inquieta y dura, la percepción sobre la agresión y los métodos de defensa. Norteamérica se ha convertido en el símbolo de la controversia sobre la violencia y su control, pero sobre todo, del análisis de la defensa como parte de los atributos, deberes y derechos del ciudadano común. ¿Hasta qué punto la noción sobre las armas como elemento de la cultura crea una concepción de la violencia por completo distinta? La escritora Jennifer Clement se plantea la disyuntiva, además analiza a profundidad el hecho de la violencia y la percepción del arma como derecho adquirido en su novela Gun Love (Bajo fuego), una acertada combinación entre el horror que construye y elabora la violencia como parte de un estrato de la sociedad y como una forma de respuesta a las disyuntivas que la ley no puede resolver por sí sola. O esa parece ser la cuestión central del libro, que analiza con minucioso cuidado el hecho de la agresión ciudadana y el derecho a la defensa como una expresión elemental.



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Además, hay algo dramático y lóbrego en la profusión de armas de fuego que llenan la novela. Desde el primer capítulo, la capacidad para matar parece estar en todas partes, de manera simbólica o directa. Un gran número de armas que se definen con eficiencia clínica y que parecen, además, definir la idea de la identidad como parte de algo más profundo, elemental y duro de comprender sobre la cultura norteamericana. Por supuesto, la frecuencia con que la autora describe, incluye y analiza la percepción de las armas como parte de la concepción del norteamericano sobre su seguridad personal, crea una percepción notoriamente cruda sobre cómo se asume el miedo y la autodefensa en un país donde la libertad pasa por una línea obvia de dolor. Sin embargo, Clement no sólo describe al país en guerra silenciosa, invisible y cruenta, sino a las fuerzas que se oponen a la subcultura de la violencia de manera clara. Entre ambas cosas, el libro parece ser una noción espléndida sobre la búsqueda de un sentido claro de la supervivencia —de las ideas, de las percepciones colectivas sobre el yo locus o el cómo se mira la sociedad norteamericana— y la desesperanza de un país enloquecido por la disyuntiva de las armas. Entre todas estas cosas, la idea del bien y del mal se condicionan a la desesperanza de una humanidad melancólica y los emblemas morales de un país que se cuestiona: ¿quiénes somos como parte de una concepción de la violencia que atraviesa viejas heridas?



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Por supuesto, Clement se toma el atrevimiento de retratar una Norteamérica oscura, dura y desconcertante, muy alejada del cliché añejo del american way life. Los personajes de Clement revolotean anodinos, sin perspectivas de futuro, enfrentándose a una concepción de la prosperidad que bordea una vulgaridad casi grotesca. La Florida que describe la escritora carece de refinamiento, belleza y cultura; parece ser una especie de dolorosa versión de un país desprovisto de sus principales máscaras y del brillo glorioso de una historia reciente que le encumbra como símbolo de bonanza y equilibrio democrático. El país que Clement describe es una combinación de un sincretismo rural moralista, entremezclado con una aspiración a lo contemporáneo que no llega a cristalizar. El resultado es una colección de escenas y personajes perdidos, que conducen de un lado a otro por autopistas ultramodernas con unos cuantos centavos en los bolsillos y aterrorizados por la futilidad de su existencia. Entre sus personajes, hay también una nostalgia rota que no sólo los muestra como símbolo, sino que expresa la belleza y el dolor de la violencia callejera.


Por otro lado, hay algo extrañamente visceral, duro e inquietante en la forma en que Clement describe a estos hombres obsesionados con las armas, pero que también están trágicamente enamorados de mujeres que les temen. Hay una intensidad angustiosa en la descripción de Clement sobre este romance desesperado, trágico y venenoso. Y por supuesto, la violencia está en todas partes, reconvertida en escenas sutiles en que las armas cuelgan en la pared, arrojadas de cualquier forma en la parte trasera de automóviles destartalados, entre las manos de los personajes. Las armas de pronto adquieren un protagonismo evidente, tenebroso; y es entonces cuando Clement lleva a un nuevo nivel la noción sobre la agresividad sugerida: la masculinidad se convierte en un elemento tóxico dentro de un ambiente claustrofóbico. Como si de un terrorífico cuento de hadas se tratara, Clement logra convertir su novela en un recorrido histórico y emocional que sorprende por su sensibilidad.



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El estilo sobrio, lento y meditado de Clement dota al libro de una tristeza implícita que hace parecer la narración una balada exquisita de Nick Cave e incluso —en sus momentos más oscuros— una de Johnny Cash. Con algunos momentos poéticos, hay una belleza inclemente que inquieta por su durísima mirada hacia el poder de comprender la violencia como inevitable; y es justo en esa disyuntiva que la novela alcanza su punto más alto. El libro es una mezcla de horrores y pequeñas maravillas que conmueven hasta las lágrimas; una una grieta triste en medio de un escenario desolado.


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Aglaia Berlutti

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