El libro de Stephen King que debes leer si quieres saber qué pasó después de "El Resplandor"

Lunes, 3 de septiembre de 2018 18:04

|Aglaia Berlutti
libros de terror

No cabe duda que el rey de los libros de terror, Stephen King, aún tiene mucho que ofrecer a la literatura y al cine.



Los universos literarios suelen ser complicados de elaborar por una razón bastante simple: necesitan persistencia. El escritor debe persistir —con esa fiebre sin nombre y en ocasiones sin sentido— en ampliar sus propios horizontes y elaborar algo más detallado que esa primera noción que inspiró la célebre primera línea de toda obra. De modo que un universo literario desafía no sólo al lector —a seguir las huellas, nuevas fronteras y episodios recién nacidos página tras página—, sino al escritor, que debe enfrentarse al hecho de elaborar su propia visión sobre los mundos que crea de una manera por completo distinta. A Stephen King se le da especialmente bien crear universos. No sólo gracias a la saga The Dark Tower —obra constitutiva y génesis improbable de la mayoría de sus novelas—, sino en su necesidad de brindar profundidad a las preguntas que la última página de cualquier novela deja sin responder: ¿qué ocurrió con ese querido personaje que seguimos afanosamente capítulo a capítulo?, ¿qué ocurrió con el pueblo que aprendimos a conocer como si de un lugar real se tratase, desde sus misterios hasta sus miserias? Sin duda, King conserva el suficiente pulso narrativo para crear algo más que las narraciones nucleares de todas sus historias.



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Tal vez por ese motivo no le sea en absoluto complicado volver a viejos escenarios, sobre todo los que incluso a la distancia crearon una percepción muy nítida de la intención de Stephen King sobre el miedo, la belleza y el horror. Como esa escena en la que un niño avanza pedaleando en su pequeño triciclo en un largo pasillo tapizado. Con los hombros encorvados, el rostro contraído —¿de preocupación?, ¿de miedo?— el pequeño Danny Torrance avanza de corredor en corredor mientras el Overlock observa. De pronto, en una vuelta inesperada, se detiene: una puerta cerrada invita a ser abierta. Una puerta que parece contener todos los secretos del hotel que les cobija y les contempla con el aire malicioso y envilecido de un depredador silencioso. El niño observa y la atmósfera parece espesarse, hacerse irrespirable, porque hay algo aterrorizante en la visión, en la quietud ultraterrena de las niñas que no deberían estar allí y la mirada asombrada del niño sobre el triciclo. Y de pronto, la imagen parece alargarse, hacerse enorme y contundente, porque lo sobrenatural tiene un brillo propio, una identidad ineludible. Y ese silencio que envuelve la escena, con las niñas simplemente de pie y tomadas de las manos mientras Danny las observa, lo abarca todo. Tiene su propio peso y su propia cualidad inquietante. La normalidad rota en lo inexplicable.



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Como cualquier cinéfilo que se precie sabrá, la escena que describo más arriba forma parte de la película El Resplandor, pieza de culto dirigida por Stanley Kubrick que aterrorizó a toda una generación y que aún continúa provocando uno que otro sobresalto. La película, alabada por su fría belleza y su directa manera de presentar el miedo, es sin embargo una pálida sombra de la obra en la que se basó. El libro El Resplandor, con su prosa directa de un Stephen King en plena forma, expresa de forma mucho más profunda y compleja la raíz del temor del hombre, esa oscuridad que subyace en la mente más allá de toda racionalidad. Muy probablemente tanto libro como película se complementan para crear un discurso nuevo sobre el miedo: el monstruo hombre, la víctima de la circunstancia que se escuda en la violencia. No obstante, El Resplandor como obra literaria ofrece quizás una visión mucho más completa y dura sobre esa escandalosa caída al infierno que padecen sus protagonistas, atrapados y devorados por un monstruo invisible encarnado en el mítico Hotel Overlock.


Por ello, cuando Stephen King anunció que escribía una secuela de la historia, los devotos a la novela —a su ambiente enrarecido y opresivo, al horror que nace de esa progresiva caída en el desastre cotidiano— se preocuparon. Y con razón, El Resplandor es considerada una de las novelas más terroríficas del siglo pasado, reverenciada no sólo por su capacidad para elaborar un discurso poderoso sobre el origen del miedo y la violencia como parte del espíritu humano, sino combinarla con una visión de lo sobrenatural como ente maligno. Con gran pulso, King logró combinar esa visión pesimista del hombre moderno, la caída en desgracia del héroe cotidiano y además recrear de manera muy convincente el terror tradicional. Porque en la historia que cuenta El Resplandor no hay inocentes, quizá sólo víctimas propiciatorias de un demonio tan viejo como abstracto: el mal sobrenatural en estado puro. Ese terror que nace de la brecha entre lo racional y lo que no lo es, lo que se esconde más allá de lo que asumimos evidente y lo que tenemos pueda esconderse junto en el límite de lo que podemos comprender. ¿Pero podría Stephen King mantener no sólo la fuerza de la historia que se cuenta, sino añadir algún elemento nuevo que haga atractiva la reinvención? ¿Qué podría agregar el autor a la idea? ¿Podría profundizarla? ¿Y qué ocurre con esa noción de la historia única, de la narración que encaja como un mecanismo invidisible? En otras palabras, ¿qué quedaba por contar dentro de la Historia que cuenta el libro “El Resplandor”?



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Durante años, muchos de sus lectores le preguntaron a King sobre qué había ocurrido con Danny Torrance, el niño que sobrevive junto a su madre al infierno desatado detrás de las paredes congeladas del Overlock. Admite que lo que comenzó como una idea apenas esbozada, comenzó a obsesionarle. ¿Qué podría estar haciendo el hoy adulto Danny? ¿Cómo sobrevivió a sus recuerdos de la terrible experiencia que padeció bajo el asedio del mal y el terror? Finalmente, la necesidad de contar la historia fue insoportable para King: “quería contar la historia detrás de la historia de El Resplandor, de los huérfanos del miedo y lo que ocurrió después”, comentó en una reciente entrevista. Y es que quizás era el momento idóneo para hacerlo, luego de resucitar en las cenizas de sus propios errores y aciertos, el escritor estaba listo para crear una historia que a pesar de estar basada en la original, tiene su propio brillo y profundidad. Así es como nace El Doctor Sueño.


El Doctor Sueño es una historia de terror a toda regla, en la tradición de las mejores obras del escritor; pero también es una secuela propiamente dicha de El Resplandor. Hay constantes referencias a la historia original y una mirada renovada a los personajes y el planteamiento pesimista de la novela. Pero también es una visión mucho más cruda y esencial sobre el mal, sobre la raíz del miedo que en El Resplandor sólo se esbozaba a medias; muy probablemente gracias a los matices de un Danny Torrance adulto, consumido por su propia historia y enfrentándose a sus propios demonios. O tal vez se deba a que el escritor construye una nueva perspectiva del mal en estado puro que permite al lector mirar lo ocurrido en El Resplandor desde otro ángulo, uno mucho más inquietante y personal.



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¿Qué podrá encontrar entonces el fanático lector de Stephen King en El Doctor Sueño? Probablemente mucho más de lo que esperaba, pues el autor logra crear todo un nuevo replanteamiento sobre la historia original. Quizás se lamente un poco la perdida de la profundidad argumental en beneficio de la argumento central, y preocupe un poco la manera como la historia parece avanzar en ocasiones con cierta torpeza. Aún así, el escritor no pierde el norte, la narración se alimenta de pequeñas referencias no sólo al universo de El Resplandor, sino que crea uno propio, y entre ambos hay una interpretación del miedo mucho más elemental y evidente, pero igualmente efectiva. El temor ya no forma parte de una idea sobrenatural abstracta, misteriosa y que se crea a medida que los personajes se adentran en él, sino que lo maligno —como figura y elemento narrativo— existe más allá de eso.


Quizás lo que mejor pueda describir la visión del terror de El Doctor Sueño sea la última linea de su epílogo, donde su autor, además de explicar con su habitual buen sentido del humor la experiencia de escribir sobre personajes tan significativos en su carrera como escritor, deja bien claro que el miedo siempre podrá reinventarse: “Siempre habrá oportunidad de preguntarse quién te mira desde la oscuridad”.


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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti


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