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Londres: Primero bigote antes que velo

Letras Londres: Primero bigote antes que velo



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En 2002 abrí el ordenador y encontré un correo extraño. Mi perfil personal estaba inscrito en una web de contactos. Un hombre en inglés me escribía que el sistema le había referido a mí porque, según su búsqueda, yo era su “perfect match”. Vivía en Londres. Empezamos a decir: Hello, darling, a diario y me gustó que me insistiera con una decena de llamadas para que fuera a conocerlo.

En menos de un mes busqué unos días para faltar a la Facultad y terminé en Bilbao para cogerme un avión hacia Heathrow. Mi hombre tenía un nombre un poco raro, pero es que no era inglés sino pakistaní.

No me imaginé que me recogería con conductor. Esta fue mi faceta de SoyunaLady. No podía creer que un hombre pudiera ser tan adorable con una desconocida, con una niñita de veintipocos que todavía estaba estudiando la carrera y que no sabía muy bien para dónde iba, pero que adoraba las sorpresas. Y en eso el hombre, en lo de dejarme atónita, se ganó varios premios.

Su vecina de puerta era Halle Berry, y su apartamento también parecía de película. Desde ese piso veíamos girar el London Eye y el Támesis parecía nuestra piscina. La cama la tenía llena de almohadones blancos con las sábanas más suaves que yo recordaré en mi vida, así que resultaba imposible no emocionarse un poco.

Me preguntó que qué era lo que más me gustaba y le contesté que el cine y la música. Pude haberle dado otras combinaciones como los libros y zapatos, el mole mexicano y un masaje de cabello, o la salsa y conocer gente extraña.

Como él no bebía porque era musulmán, me compró tabaco y me llevó a que eligiera pelis y discos nuevos en un sitio que me hizo conocer la locura. Fue el karma compensatorio, fue lo que los demás no pudieron ser.

Tener una relación en un idioma que no era el mío me resultaba bizarro. Los chistes no funcionaban, las palabras se apelmazaban en la boca y el pensamiento iba como un tren lento por entre esas 20 frases que se usan en honor a la fluidez. Un novio en inglés estimulaba mi cabeza pero a veces era un coñazo, y mucho más si tenía en cuenta que salir con un musulmán podía ser muy diferente a mis costumbres occidentales de mujer festiva y libre de yugos.

Déjame ver fotos de tu familia, dije una mañana.

Hombres de bigote. 40 mujeres cubiertas desde la cabeza hasta el suelo, joyas y vestidos de colores. Velos. Metros y metros de velo.

Primero bigote antes que velo, pensé. ¿Si voy allí tendría que ponerme esos trajes?

En Islamabad, sí, en Londres, no.

¿Quién es? Le pregunté al ver la cortada en la cara.

Mi hermano. Esta marca la hicieron sus secuestradores para chantajear a mi padre, que es político.

Después de esa confesión tragué saliva, mucha saliva, porque me quedé sin respuesta al imaginarme que de nuevo el peligro me mojaba los pies con los que corría por el planeta sin brújula.

El hombre vino a Madrid un par de veces. Nos hospedamos en el Palace. A mí me desafiaba la idea de tener un wealthy muslim como enamorado, todo parecía único, difícil de resolver.

¿Qué diablos iba a hacer yo en Islamabad cubierta de trapos? Me imaginaba que iban a suplir mis carencias con joyas, masajistas de cabeza, viajes, vestidos tipo bata, y siete millones de discos y películas. Me convertiría en la mujer occidental, en la gema traída de Suramérica, en la rareza más incomprensible. Ignoro si hubieran entendido lo que soy, dudo que lo que escribo les hubiera hecho gracia. Tal vez me hubieran dejado comer jamón serrano y beber vino a escondidas. Tal vez me hubieran pedido que escribiera literatura infantil en lugar de todo esto que me sale del cerebro. Tal vez habrían tenido que enviarme a Londres de por vida, lo cual no me habría importado, pero a él lo hubieran casado con una perla pakistaní, de velo amarillo sobre su frente morena, que no hablara de política, ni de sexo, ni de vino, ni de viajes, ni de nada que pudiera incomodar.

Mi noviazgo era tan demente que me parecía divertido, pero no quería tomarme muy en serio que pudiera convertirse en mi destino. Pero cuando me fijaba en él caminando por Londres, me saltaba la vena de intentar un matrimonio, de convertirme en residente inglesa, en millonaria casada con musulmán. No lo hice. Elegí al hijo de un obrero que terminó siendo catedrático. Y acabé dando el sí quiero en un pueblo que no aparece en los mapas.

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