El escritor que quería un premio Nobel para Hitler

Miércoles, 4 de octubre de 2017 17:33

|Rodrigo Ayala Cárdenas
louis ferdinand celine



Philip Roth se refirió a él como «una persona abyecta e intolerable». Bertrand Delanoë, exalcalde de París, no tuvo palabras menos amables cuando dijo que era un «perfecto cabrón». Su tercera y última esposa, Lucette Almansor, sabía el tipo de demonios que cargaba encima cuando dijo que era un «ser desesperado, de un pesimismo total, pero que al mismo tiempo nos daba una fuerza increíble».

Louis Ferdinand Auguste Destouches, mejor conocido en el panorama de las letras como Louis Ferdinand Céline (Céline es una especie de apodo y, al mismo tiempo, el nombre de su abuela), es considerado una de las figuras cumbres de la literatura francesa, en especial por su novela Viaje al fin de la noche (1932), la cual sigue causando admiración a pesar del paso de los años mediante esa crudeza y pesimismo hacia la vida común que se transmite con el correr de las páginas. Sin embargo, así como el mundo de la crítica literaria se ha rendido a dicho libro, Céline también causó una profunda desilusión en su momento cuando sus ideas políticas y sociales salieron a la luz pública al escribir cuatro panfletos antisemitas: Mea Culpa (1936), Bagatelles pour un massacre (1937), L’Ecole des cadavres (1938) y Les Beaux Draps (1941).


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Muchos autores y estudiosos concuerdan en que, tras la publicación de estos materiales, la personalidad y la obra del escritor francés se corrompieron. John Banville, autor irlandés, afirma que «Céline se degradó escribiendo una serie de rancios panfletos antisemitas». Céline mismo arrojó a la basura el prestigio que había conseguido con sus anteriores libros al preferir abordar la sombra del antisemitismo y entregarse de manera total a ella. En ellos, Céline arremete de manera feroz en contra de los judíos. Se refirió a ellos como «estériles, vanidosos, devastadores, monstruosamente megalomaniacos, puercos», y hay más: «todo pequeño judío, al nacer, encuentra en la cuna todas las posibilidades de una hermosa carrera». Otra muestra de su profundo odio: «Los judíos, racialmente, son monstruos, son híbridos, lobos cazadores que deben desaparecer».

Sobra decir que, por desgracia, Céline mostró una admiración hacia Hitler y su filosofía racista a tal grado que no dudó en señalar que el Führer merecería ser nominado a varios Premios Nobel. De hecho, hay que recordar que Hitler, en efecto, sí recibió una nominación en 1938 por un miembro de la Academia sueca, llamado Brant, antifascista declarado. Su intención era crear polémica entre los parlamentarios suecos, y por supuesto que lo consiguió.


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Acerca de él, escribió: «¿Quién hizo más por el obrero? ¿La URSS o Hitler? Hitler. No hay más que mirar con los ojos limpios de mierda. ¿Quién hizo más por el pequeño comerciante? No es Thorez, ¡es Hitler!». Junto a Céline, otros artistas y personajes de la época como Coco Chanel, Edith Piaf, Jean Cocteau o Maurice Chevalier simpatizaron con las ideas hitlerianas, o al menos se encontraban en su círculo cercano.

Mario Vargas Llosa, en un texto publicado por el diario El País, escribió acerca de Céline: «Siempre se ha dicho que el Céline político sólo apareció después de escribir sus dos primeras novelas, cuando su antisemitismo lo llevó a excretar Bagatelles pour une masacre y otros repugnantes panfletos de un racismo homicida. Pero la verdad es que, aunque en términos estrictamente anecdóticos, estas novelas no desarrollan temas políticos, ambas constituyen una penetrante radiografía del contexto social en que el nazismo y el fascismo echaron raíces en Europa en los primeros años del siglo veinte».


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En junio de 1944 fue arrestado por el gobierno francés acusado de colaboracionismo con la causa nazi cuando ésta invadió Francia y pasó un año en prisión. En el libro L’Ecole des cadavres se puede ver la fascinación de Céline con la causa nazi y el porqué de su encarcelamiento cuando se dice «muy amigo de Hitler, muy amigo de todos los alemanes, que hacen muy bien en ser racistas».

Después de la muerte de Céline en 1961, la ya mencionada Lucette Almansor trató de justificar los actos de su esposo de esta manera: «Cuando él supo lo que realmente había pasado en los campos de concentración, se sintió horrorizado». También añadiría: «Esos panfletos, que a Louis y a mí no nos aportaron más que desgracias, corresponden a cierto contexto histórico y todavía pueden, por su calidad literaria, ejercer un poder maléfico que yo he querido evitar a cualquier precio». En 2011, cuando el gobierno francés quiso rendirle un homenaje por sus trayectoria literaria, diversos grupos de judíos se opusieron con toda justicia a ello. Serge Klarsfeld, un prominente cazador nazi cuyo padre murió en el Holocausto, fue uno de los que protestó de manera más enérgica a la iniciativa del Ministerio de Cultura, el cual, al observar el lío que estaba creando, prefirió desvincularse del homenaje.


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Céline fue un trotamundos: cursó estudios en Alemania e Inglaterra. Peleó en la Primera guerra Mundial donde fue herido y condecorado. Después dirigió sus pasos a África para trabajar como encargado de explotación forestal. Su inquieto carácter lo llevó a visitar países tan diversos como Estados Unidos, Cuba, Canadá, Inglaterra, Nigeria o Senegal. Todo este recorrido no le bastó a Céline para tener una apertura mental que le permitiera establecer una simpatía por el mundo. Fue un desequilibrado que vivió con pasión pero también con una profunda pena por la existencia. Su pesimismo le permitió hacer una obra narrativa compleja y feroz que se cuenta entre lo mejor de la literatura francesa, pero también hizo que viera a la sociedad judía como algo negativo y merecedora de las peores consecuencias. A tal grado llegaron sus ideas que su postura ha hecho que su legado se vea empañado por una estela de veneno en su contra.

 

Rodrigo Ayala Cárdenas

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