Letras

Lucero García Flores

Letras Lucero García Flores

 

Nació el 11 de febrero de 1988, es acuario, defeña por nacimiento, guayaba por convicción, feminista convencida y con definición propia; internacionalista casi titulada, lectora irremediable, matemática frustrada, profesora por herencia y soñadora empedernida. Rebelde e intensa; sin salvación.

Escribe poesía desde que tiene quince años. Ha publicado dos libros ¿Por qué las aves pueden volar? y Mírate en mis ojos (Editorial Luna Roja). Tiene un par más en el horno, además de un blog literario que alimenta frecuentemente. Desde hace poco tiempo, sufre de una peligrosa obsesión con la escritura de cuento erótico.

Es una orgullosa integrante del Colectivo La Piedra, mediante el cual crea espacios para expresiones artísticas multidisciplinarias e incluyentes. Vivió un tiempo del otro lado del charco, en Madrid; sueña, todas la noches, con volver a Andalucía. Es altamente probable que en vidas pasadas haya sido princesa nazarí y sirena. Disfruta enormemente de leer poesía en voz alta, meditar como los budistas tibetanos y estar en el mar.

 

 

Poesía

El silencio*

Ocurre que estamos solos
y esta soledad habla sólo un idioma.

Sucede que el barco avanza callado,
el mar que lo golpea no hace ruido
y aún así despierta a todos los inquilinos de sus orillas;
sucede que el barco avanza sobre el silencio:
lo tiñe, lo borda, lo parte en cuartos,
le siembra minúsculas palabras que germinan (gotitas):
nos narran el fondo:
las sirenas,
las anémonas que bailan,
los tesoros que ansían mano,
beso, cuello de dama,
arena seca de penínsulas silentes.

Pasa que al parecer nada transcurre:
el silencio pinta oasis en los ojos cansados
de los peregrinos del desierto
—ilusiones ópticas finitas, traicioneras:
estática sin volumen aparente—.

Mentira:
pasa todo, de todo:
nacen la ficción y las heridas, en silencio,
en silencio crece la piel de los amantes
—en extensión y dulzura—,
en silencio dices mi nombre y tiembla mi alma,
los violonchelos sacian sus deseos,
las caricias separan, en silencio, a Neptuno de Cibeles,
asoma Madrid en mi almohada al acostarme,
en silencio se hacen árboles los árboles
y beben agua los perros en el parque,
en silencio, caen a veces las estrellas
sobre el agua de tu espalda,
sobre nuestra cama, silenciosas,
sobre el espacio que ocupamos para hacernos,
se cuelan entre mi ombligo
y la estela que deja cada palabra en la página blanca,
en las pupilas que las desentrañan:
en silencio,
con la luz apagada,
todo pasa.

Acontece que me encuentro,
nos creamos,
construimos de vacíos la abundancia de este cuadro,
de esta escena,
de estas personas que nos sentamos con Duras
y conversamos.

Nos encontramos: aquí,
en el nítido alfiler azul que es el silencio.
Somos lo mismo:
uno sólo,
uno.

Aquí existimos:
precisamente en el magnífico paisaje de callarnos,
de prestar atención al universo,
a sus suspiros galácticos,
sensuales, de antaño.

Así somos:
la cinta celeste, sin ruido,
nos pega los pedazos,
nos llena la garganta de luceros,
nos proyecta en un espejo enmarcado con puntuales instrucciones:
Veme de frente. Camina. Sigue caminando.
No te detengas. Penetra:
en silencio, aquí,
encontrarás las respuestas.

Y es que todo brota del silencio:
las miradas transparentes que compartimos un día,
que hicieron girar mundos y lunas y astromelias;
los libros que las mariposas traen consigo,
esos que escribimos para ellas;
las palabras tensas que resuenan en las calles de los vivos,
las que quedaron en las bocas de los muertos, para siempre,
las que aparecen a las dos de la mañana
y es menester poner en una botella de vino tinto
y lanzar al agua, sin corcho,
para que salgan y contagien a las olas de poesía,
para que mojen los silencios, las mareas desconocidas,
para que bebamos, diariamente,
versos náufragos, marinos.

Y es que el silencio es vientre y fertiliza,
procrea instantes sumamente luminosos,
nos cose la soledad a las orillas,
nos regala pupilas tornasoladas
para vernos los rostros sin tener que decir nada
—sin juzgar,
sin jugar a matarnos—.

Lo que ahí ocurre es precisamente que así,
domando el ruido sináptico angustioso
—ese que ha encallado en las banquetas de la mente—,
suceden el sol y la mañana,
suceden el abecedario y los cuentos de Cortázar,
suceden los besos violetas de dos amantes anónimos que se encuentran,
después de haberse desconocido tantas vidas,
suceden las caricias, los gemidos, los orgasmos,
las voces que se rozan y los cuerpos que se prenden a mordidas,
suceden dos milagros:
el del tiempo y el del espacio:
estamos aquí y ahora,
somos, y en silencio: conspiramos.

 

*Publicado en el blog de la autora “Mis sábanas desnudas” (www.missabanasdesnudas.blogspot.com) y en la Revista Online Habitantes de Moria (www.habitantesdemoria.com).

M [email protected]
B www.missabanasdesnudas.blogspot.com

 


Referencias: