Lunares, el punto final del poema a la belleza
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Lunares, el punto final del poema a la belleza

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Por: Fernanda

11 de abril, 2016

Letras Lunares, el punto final del poema a la belleza
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11 de abril, 2016



. Este texto debía comenzar con un punto, una pequeñísima mancha de tinta que me recuerda la respuesta que le di a un amigo cuando me preguntó sobre aquello que amaba hallar en el sexo opuesto. Recorrí con la memoria aquellas manos, clavículas y cuellos encantadores con los que me he topado de frente, hasta parar en los hombros manchados de pigmento color café casi imperceptible, como salpicones de acuarela sobre papel blanco: las pecas en los hombros de aquellos chicos de piel clara que alguna vez me cautivaron. Recuerdo descubrir aquellas marcas, y en seguida, grabarlas en mi mente como una tarjeta de presentación involuntaria.

lunares

Aunque el diagnóstico de consultorio dice que las efélides (pecas) se deben a la insuficiente producción de melanina, principalmente en la gente rubia y pelirroja, o incluso a la herencia genética, prefiero creer en otras teorías, por ejemplo, en la que contaba Valeria, una querida amiga pecosa quien decía que las alegres manchitas marrón que adornan su rostro, eran tan sólo restos del polen que le salpicó al nacer de su madre: Flor.

Otra interpretación, mucho más elaborada, surgió en la cultura china del año 1700 al 1100 a.C. La filosofía de ese entonces solía ver al cuerpo humano como un plano del Universo en el que la luna es el ojo derecho, y el sol es el ojo izquierdo; de tal forma que las pecas y los lunares representan a las estrellas, e incluso pueden determinar nuestra personalidad.

pecas entre las cejas

Hoy, aún es posible encontrar dudosos restos de aquel milenario pensamiento en la práctica llamada melanomancia, relacionada por supuesto al esoterismo:“Si tienes un lunar en la barbilla eres muy trabajador, capaz y responsable. En cambio, un lunar en la cadera pronostica felicidad”. Cuando pienso en eso último, me es inevitable pensar que mi oportunidad de ser feliz perpetuamente iba a llegar a su sitio, pero se estancó en el camino, metiéndose en mi ombligo. De cualquier forma me aferro a la idea original: cada quien posee una constelación en la piel.

Los lunares no sólo se tratan de tinta indeleble derramada desmedidamente en el cuerpo, son también marcas impregnas en la memoria de quienes encontramos encanto en ellos. Quizá por eso aún no olvide a Hugo y a su enorme lunar con forma de continente cubriendo su costilla izquierda, su propia Pangea, como él solía decir. Tal vez por eso el encanto de Marilyn Monroe y su boca del deseo sigan vigentes. Basta decir que el “Cielito lindo” no se le habría ocurrido a Quirino Mendoza sin observar primero el encantador punto sobre los labios de su amada. “El lunar es el punto final del poema de la belleza”, apuntó alguna vez el inventor de la greguería, Ramón Gómez de la Serna.


lunares espaldas

Sin embargo, algo maligno tenían que poseer nuestros habitantes íntimos. Algunos se adueñan primero de una milésima parte de nosotros, después aumentan su tamaño, cambian su color o textura, y se convierten sigilosamente en una amenaza que ningún artista se ha atrevido a plasmar.

Sea cual sea la condición de nuestros minúsculos compañeros de vida, sería preciso prestarles más atención, notar siquiera cuando van apareciendo, porque nunca sabremos si en la evocación hacia nuestra persona se interponga, antes que todo, uno de ellos.


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Referencias: