Perdona a este cuerpo que no hizo otra cosa más que intoxicarte y dañarte

Lunes, 25 de junio de 2018 17:06

|Escribidora GzNv
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"Lunes antes del amanecer"


1:58 de la madrugada. El silencio se apodera de nosotros, no escucho nada más que el ruido de las hojas en los árboles moverse con el viento. Mi sombra en el piso me hace sentir en soledad, y no me doy cuenta que estás conmigo. Me miro al espejo, cada vez más delgada la figura, sin color en el rostro, el cabello que alguna vez jugaba irreverente con el viento ahora luce apagado, tan serio, tan ligero. Mis pies sin fuerza para moverse, quisieran correr hasta donde aquella vez te encontré: con el cabello alborotado, de figura robusta, con una enorme sonrisa en el rostro, con tantos sueños, con el mundo como un balón. 


Es tan terrible el vacío que siento aún cuando te tengo conmigo, es un vacío que me llena los ojos de lágrimas y me hace sentir que vivo, pero no existo. Mi pared azul, aún recuerdo cuando juntos la pintamos, la primera vez que salimos de aquella sesión en la que parecía que habíamos encontrado una salida. Mi pared azul tan colorida y yo con esta falta de aire, con estas ganas de desaparecer entre su color infinito. 


No quiero ver más la luz del foco, me lastima más el alma que los ojos, me recuerda los días en los que leíamos y escribíamos mientras tú no dejabas de confirmarme que ese era el camino correcto, nuestro sitio, nuestra raíz de felicidad. Ahora que apagué la luz, quizá sienta un poco más de valor, y es que el dolor me recorre cada centímetro del alma, me dueles tú, me duelo yo, me duelen todos. 


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Ahora miro al cielo para encontrar una respuesta, el dolor me pone de rodillas, mis lágrimas caen una a una al suelo y me abrazo de ti, con la mano derecha sobre mi cintura, quiero sentirte aquí, quiero que no sufras, que no tengas compasión por mí. Hubo un Dios en el que creí, ¿recuerdas cuando juntos lo conocimos? ¿Recuerdas que todas las noches miramos las estrellas sabiendo que él nos veía, porque él tenía la respuesta? Dime que lo recuerdas, dime que aún lo sientes, dímelo y regálame la esperanza de luchar por ti y salvarme. Hablas tan despacio y tan pausado que el dolor sigue siendo más fuerte, esta desesperación que no logro controlar, que por más que quiero aún tiemblo. 


Sin ruido, sin luz, sin un Dios que me mire, sin tu voz dándome aliento, sin el coraje ni la valentía, trato de mirarme de nuevo en el espejo, y no me miro, no te miro. Logré levantarme del suelo, una vez más, para buscarnos en el espejo, y al no tener un reflejo encamino mis pasos al baño. Abro la puerta, de frente la tina blanca con esa regadera que tanta paz me dio, después de los días más agobiantes, pienso que tal vez merezca una oportunidad para nosotros, me aproximo, entonces, y abro la llave, escucho el agua caer, pero el ruido de mi llanto es aún más fuerte. Caigo al suelo por cuarta ocasión, víctima del dolor, y de nuevo te busco en mis entrañas, me aferro a ti y sigo llorando. El agua cae, la oscuridad de mi alma invade la habitación y mis lágrimas caen, me recuerdan que aún estamos vivos.


Es entonces cuando la fuerza viene, pero no llego sola, llego acompañada de la valentía, me levanto de un sólo golpe, tomo la silla y la coloco en un punto exacto, ahí donde estaba el tapete verde que compré con mi primer sueldo, dejo de escucharte, no quiero oírte más. No tendré más contemplaciones contigo, me fallaste, me trajiste hasta este punto, te olvidaste de la confianza, del amor, de la fuerza y el coraje para buscar una solución, preferiste escuchar a los demás, siempre las cosas malas, siempre lo que nos hacía llorar a solas por la noche, hiciste que nos olvidáramos de ese Dios piadoso, me fallaste y te fallé, llegó el momento de dejarnos.


Me subo a la silla, mido el diámetro exacto de la parte de mi cuerpo más perfecta que conocí, esa que muchos admiran y tú nunca me obligaste a valorar, ató la corbata a la regadera, cierro los ojos y te pido perdón. Porque siempre fuimos dos: yo y tú hablándome siempre ahí dentro, justo en el lugar en el que ahora está la corbata. Eras mi perfecta compañía, y muchas veces mi peor enemigo. Fuiste la mejor parte de mí, precisamente porque yo te concebí, eres tú siendo yo, y yo soy tú.


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Mi voz interior, mi alma, mi ego, mi reflejo en el espejo. Perdóname por llevarte conmigo, por defraudarte allá cuando teníamos 15 años y todos los sueños juntos. Disculpa esta falta de fortaleza y el exceso de cobardía. Perdona a este cuerpo que no hizo otra cosa más que intoxicarte, dañarte, dejarte en la inexistencia de los actos. 


Son las 2:20 de la mañana y ya no lloro, ni pido disculpas, no escucho más el ruido del viento, la luz está apagada, mi voz interior me ha dejado abandonado, ahora sí estoy en completa soledad. Una silla tirada, mi cuerpo yace atado de una corbata, mis pies fríos y mis ojos desorbitados, mis manos testigos de una noche entera de desesperación y llanto quedarán a la espera de que al amanecer alguien me encuentre. No pido más que un poco de paz y silencio para curar este dolor, la soledad y mi profunda desesperación. 


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El amor nos vuelve locos, niños alegres, entusiasmados con ese sentimiento que recorre todo el cuerpo... y si ahora mismo estás experimentando eso, desearás dedicar el poema "La amor, así, loca, y quiero que se vuelva más loca conmigo".


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