Mamá, perdóname por morir

Viernes, 17 de noviembre de 2017 11:13

|Cultura Colectiva
mama perdoname por morir de adriana avila moreno

La violencia de género y el feminicidio componen una problemática que socava la moral de las sociedades y demuestra que la desigualdad y la injusticia puede adoptar las formas más despreciables. Asimismo suele quedar invisibilizada tras la cortina mediática de las estadísticas. A pesar de la cantidad de casos y los procesos para disminuirla hasta detenerla, se sigue suscitando y escandalizando a la población, sobre todo en México. Andrea Ávila Moreno expone, con una voz cercana al testimonio, un relato descarnado, que seguramente aporta una sensibilidad diferente para abordar el tema.


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Mamá, perdóname por morir

“Una bala le quitó la vida”, decía el periódico el día después de que mi mamá me encontró, pero yo sé que fue algo más que una simple bala lo que me mató. Yo desaparecí desde el 19 de noviembre que salí de mi casa sin decirle a mi mamá a dónde iba; para todos fue como si la tierra me hubiera tragado, pero ella me localizó 15 días después en la Semefo. Ese maldito día la escuché emitir el alarido más estremecedor en los 26 años que compartimos. Yo estaba postrada en la plancha cuando la oí y quise, como jamás había deseado algo, levantarme para abrazarla, pero no puedo porque Carlos decidió sobre mi vida, sobre mi cuerpo, sobre los sentimientos de mi familia y me convirtió en una cifra. El 19 de noviembre de 2013 fui una de las siete mujeres asesinadas a diario en México.

Ese día me encontré con mi novio (bueno el hombre que decía ser mi pareja) en el Motel París. Le propuse vernos ahí porque necesitaba privacidad y sabía que ni en su casa ni en la de mis papás podríamos tenerla. En ese cuarto blanco, en el que ya habíamos estado en otras ocasiones, le dije que creía que estaba embarazada, que me sentía asustada y que no quería tener un bebé porque eso complicaría la maestría que haría en Chile. Él me empezó a gritar de forma desesperada que yo no podía decidir eso, que también le correspondía elegir y que era una señal de que no debía irme, que me quedara y nos casáramos. Me sorprendí mucho porque jamás pensé que él quisiera tener una familia, pero yo tenía claro que no sería feliz si me quedaba, le pedí que se calmara, entonces él me aventó contra una pared y me dijo que cómo podía decirle eso si yo quería asesinar a nuestro bebé, yo sólo pude levantarme y pedirle nuevamente que se tranquilizara, pero él parecía entender todo lo contrario. Después me dio una cachetada y sentí mi mejilla izquierda punzante y caliente, en ese momento me enojé y le regresé el golpe. Eso lo enfureció aún más y me tumbó al suelo. Ató mis manos a la cabecera de la cama con su cinturón de cuero, después me subió la blusa y el brassier hasta la barbilla, me quitó el pantalón y comenzó a darme puñetazos en el estómago. Yo empecé a gritar e intenté patearlo. Entonces él me golpeaba más fuerte, diciendo que si seguía moviéndome sería peor, sintiendo que el estómago me reventaba, subí mis piernas para intentar ponerme en posición fetal, Carlos agarró mi cara con sus manos grandes para que lo viera a los ojos y me dijo que me soltaría si le prometía que iba a tener al bebé y si no le contaba a nadie lo que me había hecho. Estaba aterrada, así que creí que si le decía lo que quería escuchar se tranquilizaría y me podría escapar, le respondí que se lo prometía, pero que me desamarrara. Él lo hizo, me levantó para sentarme en la cama y me abrazó, dijo que no quiso hacerlo, pero que yo lo provoqué, entonces saqué fuerzas que no sabía que tenía y lo derribé, corrí hacia la puerta pero se levantó muy rápido y me tomó por la espalda. Yo pataleé, él me sacudió de un lado a otro, entonces me dejó caer al suelo y se sentó sobre mi torso sosteniendo mis muñecas contra el piso, luego me arrastró hasta la cama para volverme amarrar.


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Carlos se fue al baño y me dejó llorando de terror y confusión, además sin ninguna posibilidad de escapar. Escuché caer agua y después de los 35 minutos más largos de mi vida regresó. Estaba desnudo y mojado porque se había metido en la tina porque según dijo necesitaba relajarse, pues mis gritos y mentiras lo habían estresado. Entonces arrastró una silla a los pies de la cama, se sentó, prendió un cigarro y comenzó a decirme que estaba muy enojado porque yo era una mentirosa y que después de eso ya no podría confiar en mí. Yo le grité que me dejara en paz, que ya no quería nada con él y menos un hijo, que lo odiaba, que era un loco y que por eso todas sus novias lo habían dejado. Entonces fulgurando de ira se me abalanzó y comenzó a quemarme en las piernas, los brazos y la vagina, el dolor se hacía cada vez más insoportable. Grité, pero él dijo que me callara y que si me había gustado coger con él debía aceptar a su bebé y como no quise tenerlo ese era el castigo. Después de 5 quemaduras se acabó el cigarro. Me sentí aliviada, pero duró muy poco porque prendió otro. Después de 15 heridas dejé de contar, para las 20 me desmayé.

Me desperté cuando mi cabeza se golpeó contra una piedra, vi que estaba vestida y que me arrastraba por el camino para llegar al mirador en el que un día fuimos juntos a ver muchas luciérnagas durante la madrugada, le pregunté qué me iba hacer, pero Carlos no respondió, no dijo nada ni siquiera cuando me apuntó directo en la frente con una pistola pequeña. No habló ni aun cuando le supliqué que no lo hiciera, ni en esos momentos emitió alguna palabra. El sonido de un disparo fue su rotunda respuesta.

Nunca imaginé que él podría hacerme eso, decía que me amaba y yo odio admitir que lo quise más que a nadie en el mundo. Me enfurece pensar en eso porque una parte de mi dice que fue mi culpa, que debí alejarme desde el día que discutimos y nos golpeamos. En mi cabeza se repite incesantemente que me mató creer que sólo era una etapa, que podríamos superarlo. Odio recordar que creía que algún día pasaríamos la puta lucha de poder, que nuestra relación maduraría para convertirse en algo más que enamoramiento y se transformaría en amor verdadero. Todavía repudio pensar todo esto porque me siento como una pendeja por creer en eso. Me hace sentir como si fuera mi culpa que me matara, pero después recuerdo que no es así, sino que Carlos fue quien me mató. Él me quitó la vida con su odio, sin embargo decidí que no merece ningún sentimiento, ni siquiera rencor, porque eso significa que sigue teniendo poder sobre mí, aún después de muerta. Sólo espero que mi mamá también crea eso, que no me odie por morirme y hacerla llorar. Que sepa que luché por mi vida hasta el último suspiro sólo por pensar en que no quería lastimarla jamás.


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Aunque mi mamá es una mujer fuerte, sé que fue desgarrador para ella ver mi cuerpo tan herido, pero al final de cuentas tiene derecho a saberlo. Muchas veces deseo que nunca se hubiera enterado. Tal vez su angustia sería menor. A lo mejor no se pelearía con todo el mundo desde que a mí se me ocurrió morirme. Sé que ella es hostil con la gente porque repasa en su cabeza las atrocidades que mi novio me hizo, que desea haberme salvado, que trata de imaginar lo que pasaba por mi mente mientras me torturaban.

Nadie sabe dónde está Carlos. Eso significa que tampoco dónde está la justicia para mí. Lo peor es que mi madre sufre por eso, pero si pudiera hablarle le diría que ya no piense en mí, ni en Carlos, que ya no hay remedio y que sólo me hace falta un abrazo suyo para que me consuele. Le diría que la necesito como cuando era niña y siempre me caía en charcos, lo que hacía sentir muy avergonzada o como los días en que iba a la universidad y creía que nada de lo que hacía era suficiente. Decirle que sólo me hace falta que me acaricie el cabello como el día que dijo que me iba a amar siempre y que nada de lo que yo hiciera borraría sus sentimientos por mí.

A tres años de eso, los átomos de mi cuerpo siguen teniendo prohibido formar parte de otro ser vivo hasta que pueda conseguir que los brazos de la señora Victoria me rodeen de nuevo y me diga que no fue mi culpa, que lo repita muchas veces hasta que mi corazón lo crea, que me perdone por hacerla sufrir y que siempre voy a ser su tesoro, como me lo dijo el día que cumplí dieciocho años.

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Las imágenes que acompañan al texto son propiedad de Hamus Reptiler.

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Las historias pueden ayudarte a comprender mejor esos esquemas y estereotipos que podrías padecer. Por eso deberías leer este relato de Cecilia Cabrera.

REFERENCIAS:
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