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Marcel Proust pagó para que el mundo leyera sus libros

11 de noviembre de 2017

Diego Cera

No es un secreto el hecho de que la fama y la gloria tienen un precio elevado. Sin embargo, este escritor estuvo dispuesto a perder mucho con tal de que su trabajo fuese apreciado por el mundo entero.



Si en algún punto de la historia tuviésemos que ponernos de acuerdo con cuál es el precio exacto de la gloria, seguramente tardaríamos siglos en saberlo exactamente. Para algunos artistas como Robert Johnson o Giuseppe Tartini, después de que el mismo Diablo los ayudase a levantar su carrera, el precio de la fama sería un alma. Sin embargo, una muy buena cantidad de personalidades dirían que el hecho de vivir en el corazón de la gente para toda la eternidad es la vida misma, y es que si consideramos que a figuras como Van Gogh y Kafka no pudimos conocerlos del todo sino hasta después de su muerte, la sentencia no es del todo descabellada, sí lamentable, pero cierta.



No obstante, considerando que tanto fama como fortuna son dos asuntos muy de este mundo, dentro de nuestro concilio de muertos glorificados no faltará un grupo de acaudaladas pero prudentes personalidades que dirán, con toda serenidad y sin burlarse de nadie, que esa eternidad que los humanos percibimos como señal de grandeza sólo se obtiene con dinero. Sí, el más necesario de todos los males es capaz de darnos lo que el Diablo y la muerte ofrecen a un costo aun más alto ¿Pero quién sería esa figura dotada de tal astucia y elegancia capaz de presidir tan selecto grupo? Quizás el más apto para subir a ese nada despreciable trono sería Marcel Proust.



A pesar de que hoy es considerado uno de los monumentales monstruos de la Literatura Universal, el autor de En busca del tiempo perdido tuvo que jugárselo todo con el único fin de que su obra obtuviese el reconocimiento del mundo entero. Era lógico que a principios del siglo XX —al igual que ocurre en nuestros días— pocas editoriales iban a arriesgar tiempo, material y dinero con escritores novatos, mismos que en su sed de gloria lograban entregar manuscritos pobres y de muy poco valor. Sin embargo, lo que Proust llevaba bajo el brazo no era sino el inicio de una carrera que auguraba un éxito rotundo; tras presentar el borrador de Por el camino de Swann a una buena cantidad de editores y ser rechazado e insultado por todos ellos, decidió confiar en sí mismo y autoeditarse.



¡Claro! Si en medio de una guerra de independencia un tal José Joaquín Fernández de Lizardi había impreso un librito que, bajo el título de El periquillo sarniento, posteriormente vendió afuera de la catedral de México; cuánto más no le podría funcionar a un dandy francés hacer casi lo mismo un siglo después. Del bolsillo de Proust salió el dinero de la impresión y edición del libro de la que, evidentemente, se deslindó contratando a un editor, mismo que se encargaría de los pasos siguientes.



En un acto quizás inocente, el primer editor de Por el camino..., Louis Brun, decidió encuadernar su ejemplar del libro, numerarlo y guardarlo junto con una serie de cartas enviadas por Proust en las que el escritor le solicitaba de 300 a 600 francos de 1913 —lo que hoy serían unos 100 euros— a los críticos más importantes de la época para que reseñaran su libro e insistieran en su magnífico talento literario. Finalmente, para ese momento nadie sería tan tonto como para desconfiar del criterio de alguien que tuviese una columna en algún periódico importante. Tras enfrentarse de nuevo al rechazo de varios reseñistas, por fin tres fueron los personajes que accedieron a la oferta de Brun: Jean Cocteau, Edith Wharton, Leon Daudet. Casualmente, tres de las plumas más influyentes de la época.



Hacer que el libro tuviera impacto, sin embargo, tomó todavía más tiempo. Conforme fueron apareciendo las buenas críticas en los mejores periódicos de París, también lo hacían los comentarios de quienes auguraban para el escritor una fama pasajera si no es que nula. Pero la perseverancia del escritor le regaló por fin la oportunidad de brillar cuando Gaston Gallimard, uno de los editores en negarse a publicar la primera novela de Proust, comenzó a buscar al autor para, además de pedirle disculpas, cumplir sus deseos de publicar lo siguientes libros que éste decidiera escribir.



Todavía hoy, casi un siglo después de la gran inversión proustiana, su obra nos sigue pareciendo un verdadero monumento del legado literario de Francia. Sin embargo, tras descubrir el contenido de la correspondencia que el escritor sostuvo con Brun nos hace preguntaros si es que en verdad toda la gloria que ronda alrededor del su nombre tienen que ver directamente con el dinero que invirtió para que el mundo lo conociera. Aunque, para ser sinceros, es algo que hoy ya no debería importarnos demasiado...


TAGS: Recomendaciones de libros Datos curiosos novelas
REFERENCIAS: Lecturalia ABC

Diego Cera


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