Marchito corazón

Marchito corazón

Por: Andres -

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Sueños, planes, acciones, rutinas, deseos, reticencias, abandonos, ironías, recelos, reservas, miedo, ansia, expectativa, hambre, desenfreno, aromas. Como esponjas absorbemos conceptos.
Los ciclos nos marcan y refrendan el compromiso que lleva la vida hasta la muerte.

Nos inventamos una existencia para no morir en la desesperanza. A través de un camino nos vamos descubriendo en situaciones propias,elegidas o padecidas. Buscamos en un mañana la respuesta a nuestros respiros.

Nos vamos consumiendo el aire mientras el tiempo nos reta.

¿Qué es más importante que estar presente en cada lapso que nos despliega el momento? A la distancia lo es todo: La prisa, el logro, el afán, la duda, el miedo, la ilusión... y así puedo continuar sin terminar la lista. Cuando el corazón falla , el de a de veras, el que bombea mientras escribes, bailas, te contoneas, te embruteces, te acuestas, entonces sí, dejas de dudar . Todo puede ser banal, insípido.

La moral, pena, fracaso y tantos adjetivos mundanos dejan de tener un valor. Nada importa más que preservar el equilibrio. Entonces sí, las cosas que se vislumbraban relevantes ahora apestan. La brisa se aprecia, la indignación se minimiza , el Sol se extraña, una mirada cautiva seduce a cualquiera. Hasta un abandono toma relevancia. En estricto sentido nos quejamos de más, sufrimos por nada, nos morimos por nimiedades. Un paseo en la zona de urgencias de cualquier hospital basta para abrir los ojos. Recomiendo el del Seguro Social. En el ISSSTE el dolor se aprecia desde la puerta. Te indigna y lastima. Si eres insensible sólo te incómoda y revuelve el estómago.

Hoy he visitado a mi madre. El corazón le falló sin avisar. Ingenuo, creí que tendría que hacerlo. Ese músculo que no cesa hasta que se fatiga, se avería, se revela. Ese pedazo de carne que tiembla cada segundo y que nos mantiene vivos en esta rebatinga de argumentos y acciones. Ese mismo nos tiene en vilo, a la espera de una respuesta.

Son las dos de la mañana de un jueves cualquiera. En la sala, como describía, sólo aprecias dolor, impaciencia, desesperanza. Antes de que me llamen, los llantos se desbordan en torno a un paciente. Ha perdido la vida sin mayor remedio. La familia entera berrea a moco tendido. Desde la niña hasta la vieja. "Me ha dejado con hijos !Qué voy a hacer!" Por lo que se percibe, la que gime y se lamenta con fuerza es la esposa o compañera del fallecido. Se arremolinan en bola y se ponen a llorar al unísono sin reserva. ¿Qué más da si la vida de su allegado se les ha escurrido? La urgencia ha dejado de serlo, ahora hay que darle paso a la pena sin consuelo. Ya no hay espacio para nada más. Sin consciencia, sin respiro, sin mañana. Tieso e inerte yace el que recién "estiro la pata". Eso me conmociona un poco.

Sigo esperando a que me llamen. Nada, ni un silbido. La enfermera llena datos en una hoja de requerimientos. Lo sé porque a la distancia la husmeo. Camino de un lado a otro, regreso a mi asiento, me reclino, cierro los ojos. A mi lado hay una señora de unos cincuenta años, está esperando a su marido. Le van a incrustar su segundo marcapasos. A sus setenta y ocho años aún patalea y lucha por seguir en el ring.

Ella podría elegir otro hombre, si no mejor, al menos más sano. No la culpo ¿Quién podría estar a la altura de la costumbre aferrada a las arrugas y al tiempo consumado? No tiene mala pinta, la señora, aun cuando luce demacrada y acabada.

Me platica en voz baja, como si estuviéramos secreteando improperios o cotilleos peligrosos.
-¿Hace cuánto está aquí ?- pregunto.

-Hace siete horas. Estábamos cenando, festejando nuestro aniversario y le vino de pronto el paro. Menos mal que llegamos a tiempo-, respondió.

Le mostré una sonrisa ligera. Acto seguido ella preguntó por mi presencia.

Le conté lo de mi madre. Se compadeció y me soltó un ánimo sincero pero hueco, vacío. Los dos sabíamos que todo se puede esperar en una sala de urgencias. Sobretodo, olíamos la muerte. Silencios pesados se apoderaron del ambiente.Yo seguía intentando distraerme en la espera. Era inútil. En mis narices vi llegar dos pacientes más en camilla y bien cableados. Iban dormidos o inconscientes. Una verdadera variedad. La señora había salido a fumar.

De pronto, como un aviso condenatorio, escuché el llamado: ¿Familiares de Pilar Sepúlveda?, brinqué del asiento y me puse frente a la enfermera.

-Sigame por acá ...

Mi corazón latía sin control. Esperaba lo peor. Era mi teoría ante esos casos eventuales. De nada servía . En el fondo yo quería esperar lo mejor. Al llegar me postré a su lado. Ella, dormida, mostraba una cara compungida y semblante triste. La tomé de la mano y comencé a llorar por verla allí , vencida, a ella, la que me parió hace ya tantos años. No estaba consciente.

Me dijeron que era un momento crítico, que habría que esperar una respuesta. "Lo peor ya paso , pero no se descarta un contratiempo. Es mejor que se quede aquí, a su lado". Así lo hice sin decir nada más. La tomé de la mano y le besé como nunca había besado a nadie. Con cariño, piedad, dulzura, ternura, alabanza, mansedumbre. Ella y yo, yo de ella y ella por mí. Ahora se debatía entre sus ritmos cardiacos. Yo me desfondaba en mi pasado. ¡Nunca le dije te amo! Me mantuve en la línea de la indiferencia compartida.

No caben las dudas en la desgracia. En la comodidad del momento sobran y se apechugan con esmero hasta formar una barrera espesa de incertidumbre. En la realidad inminente se disipan. Alguna vez me dispuse a besarle y acariciar sus manos, decirle que a pesar de los tratos y desencuentros fui feliz a su cuidado y empeño hacia mi persona. Me faltó ímpetu. Me excusaba con pretextos inútiles para decir cualquier estupidez que escondiera la gana de expresarle mi sentir. Hoy, a la postre, me desvivo en halagos y caricias. ¡Valiente hijo! Me maldigo, me levanto de la silla, le ordeno que despierte. Ella no responde. Sólo con los ruidos de la máquina que emite sonidos críticos . Sólo con mis arrepentimientos, sólo y el porvenir.

De pronto la puerta se abre. Es la enfermera. "Es momento de que salga. Deberán practicarle una intervención". Me piden que firme la autorización para meterle escalpelo e inducirle unos estímulos que reaviven de manera regular el corazón. Sin nada que decir estampo mi rúbrica en la hoja de trámite.
Me vuelvo hacia la sala de espera. Ya son las cuatro treinta de la mañana. El tiempo es lento. La señora cincuentona sigue allí, esta vez la sonrisa de su cara irradia esperanza. Al parecer el viejo la ha librado.Ni siquiera tuve curiosidad por preguntar. Aguardo con impaciencia. Más me vale entender que los instantes son efímeros. Que nada es igual que ayer y que mañana no será eterno. En circunstancias de verdadera desgracia el pasado, presente y futuro son sólo ideas que conducen al vacío. El verdadero fondo de la nada se tiene adentro de las entrañas cuando la emoción no se pasea por el alma. Mi madre estaba rendida a capricho de un músculo. Yo me encontraba abatido por no saber sentir la vida, sus colores y sabores. Derrotado por esperar, fiel a mi vicio: ¡Que se hunda el barco para comenzar a mostrar mi reverencia sincera, mi afecto escondido! Deseaba que se acabará todo y para siempre. Los pensamientos intrusivos me absorbieron por completo. No es la muerte en sí lo que temía. Es la certeza de que una vez que uno expira, deja de estar atento a esos pequeños detalles que revolucionan un espíritu. Tenia sospecha de que mi madre no despertaría de aquel suceso. Era el inútil lamento del desperdicio de oportunidades para expresar lo mínimo al ser que me trajo a esta aldea. Esperé hasta cabecear y babear. Me despertaron con un empujón suave: "¡Señor! ¡Señor!".

Jalé aire y reaccioné.

-Pase a verla, dijeron-. Apuré el paso y la miré. Lucía rendida aún. Un ligero brillo en sus ojos me propició esperanza. No podía hablar con la boca, pero lo hacía a través de su mirada. Aún había esperanza. Intenté hurgar en el tiempo perdido, declamar lo omitido, expresar lo pensado. Sólo pude abrazarla y acariciarle con los ojos cerrados. La besé de pies a cabeza, lo hice con vehemencia. Me volvieron a sacar de allí en pleno besuqueo infantil, de un hijo a su madre, como si tuviera de nuevo unos seis años y ella unos veintitrés.

Fue la última vez que la miré con vida. Falleció poco después de mi visita.

Tal vez sea eso lo que esperó antes de partir: un gesto de cariño sincero, de amor verdadero. Tal vez tardé demasiado en hacérselo sentir. Su soledad fue más grande que mi timidez. Nunca lo sabré. No hubo palabras ni enmiendas, mucho menos tiempo. Perder a una madre es morir bastante. No hay superación a algo que es irremplazable. Al menos hoy, cuando me levanto, en la mañana abrazo a los seres que están allí, compartiendo una existencia, sea duradera o efímera.

Los perros que antaño me ladraban han percibido un ligero cambio en mi temple. Menean la cola cada que paso frente a sus patios en el barrio. Sigo siendo hosco, grotesco y frío. Aún así ya puedo decir "te quiero" sin trabas o reflujos gástricos y sin estar borracho. No he vuelto a Urgencias, hasta hoy. Espero no hacerlo. Aun cuando todos estamos al borde del agujero o de la prisión, es mejor creer un poco en la suerte y la buena fortuna, por salud mental, por amor propio, por sabiduría.

Referencias: