Lord Byron retó a sus amigos a escribir una historia de terror, pero fue un sueño lo que realmente inspiró a su autora a plasmar esta aterradora historia, en este cuento sobre Mary Shelley, escritora y creadora de Frankenstein, descubre la pesadilla que le dio vida al monstruo.

“It's alive!”


Despertó empapada en sudor, aturdida se acercó al escritorio para tomar papel y pluma, “Fue una noche oscura y triste”, escribió. Le invadió una sensación de pena, y entonces, con el gotear de la tinta sobre la hoja, comprendió que a la literatura confiaba la tristeza de un sueño y los monstruos que para siempre, de él se desprendiesen.



-1-

Lord Byron colocó su copa sobre la chimenea, a la sombra de un marco enorme en cuyo óleo se observaba la imagen de un viejo terrateniente posando para el pincel del artista. Caminó sobre la alfombra, con pasos delicados, les sonrió a los comensales alrededor del salón. Cuando su camino alcanzo la brillante luz de una gigantesca ventana, que proyectaba su presencia con la fantasmagórica aparición de la luna, empezó a hablar.


Es imposible decir, hábilmente y sin el menor registro de duda, cuan hermoso es este anochecer —dijo para abrir su alocución, —somos seres de la madrugada. El invierno de este año ha sido más largo, hasta donde sabemos, quizás nuestros hijos no vean ya nunca la primavera continuó para el interés de su público, ¿Para qué más habrá inventado dios la noche, sino para infundir arrebatos es sus criaturas favoritas, sus hijos más preciados, sus queridos monstruos? Y es que, amigos, ¿no somos eso, no somos monstruos ustedes y yo? Si es esa nuestra naturaleza, ¿con que derecho podemos negarla? Aceptemos la negrura de nuestras almas y actuemos en consecuencia.


La audiencia, esparcida entre los sillones de la casa, se mantuvo en silencio.


Tan magnifica noche nos convoca dijo al momento en que dio media vuelta y se situó al frente de Percy, quien lo miraba con entusiasmo y sospecha. Hemos de hacer aquello que dicte la velada, obedientes al antojo de las tinieblas.


Habla sin rodeos, George ¿Qué quieres hacer? otro de los invitados, al extremo de la sala, interrumpió.


Lord Byron le contestó con una mirada inamovible, firme, gélida, antes de continuar.


Lo que les propongo, amigos míos, es que demuestren que son mejores escritores que yo


Por un momento creí que nos ibas a pedir que desenterráramos un muerto la risita de Percy detuvo el sermón.


Byron volvió sobre sus pasos, se aproximó a la chimenea, tomó su copa y bebió, después se dirigió a Percy.


Esa será otra noche, querido amigo y levantó su copa para confirmar la seguridad de sus palabras. Hoy no quiero que maten, ni que recurran a hechizos, que vayan con la bruja del bosque, ni que indaguen en la insondables mazmorras del castillo. Quiero que escriban al respecto, que los únicos demonios que llamen sean en sus cabezas.


Una nube pasó sobre la mansión que hospedaba la comitiva, los ventanales desaparecieron a la vista, de los muros se atisbaban escasos fragmentos de la piedra que elevaba sus torres y todo se sumió en una oscuridad sobrenatural. Los invitados se miraron entre sí, para reconocer sus rostros iluminados por la tenue luz de un fuego que amenazaba con apagarse, mientras Mary Shelley, sentada al costado de Percy, incrustó su vista en el imponente retrato del terrateniente, cuyos ojos relucían en medio de la noche y parecían vigilarla, como un espectro condenado, como los muchos otros que colmaban la casa.




¿Qué quieres que escribamos? preguntó Mary.


Un cuento de horror, naturalmente respondió Byron.


¿Se trata de un juego? cuestionó alguien más. El orador alzo sus brazos, bajo el mentón y su hombros alcanzaron la altura del cuello.


Si así lo quieren ver, en efecto, podría tratarse de un juego o una apuesta… ¿Qué tal un concurso? Lord Byron les dirigió a todos una mirada alardeante. ¿Quién aquí será el más talentoso literato en temas siniestros?


Percy jugaba con su copa, ya vacía.


No es justo objetó, Eres un reconocido poeta, George, quizás de los mayores poetas en la historia de Inglaterra dirigió su cuerpo al frente, quedando apoyando sus codos sobre sus rodillas, con la copa aun en manos, Nadie tiene oportunidad contra ti”.


Byron no negó sus declaración, solo agregó Es una época extraña, Percy. Las maquinas sustituyen al hombre y estas islas se han sumido en una temporada helada, como nunca vieron nuestros padres y abuelos. Londres es una mancha gris, de humo y enfermedad. Nada volverá a ser igual. En estos nuevos tiempos cualquier cosa es posible, como que el más torpe de los escribanos humille al escritor más brillante Byron tomó asiento en un sofá de respaldo alargado, con molduras a los bordes.


Será en once días dijo, nos reuniremos aquí, ofreceré una cena y leeremos nuestros relatos, al final decidiremos quien es el ganador y haremos de otra de estas largas noches, una velada entre amigos, y quizás olvidemos la aflicción, enfermedad y muerte que aqueja al reino.


Los mozos llenaron el cristal de los cálices y bebieron para aquietar la noche. Con los primeros destellos del sol se desocupó el recinto, tomaron abrigos y ocuparon los carruajes. Con una bata púrpura, los despidió Lord Byron, agitaba su mano mientras los vehículos marchaban, a cargo de fornidos corceles, sobre la ladera que bajaba hasta el campo.




-2-

Dentro de uno de los coches, Mary reposaba su cabeza en el hombro de Percy, quien había quedado abatido con sueño y el vino. Ella, aún atenta, miraba las sombras de la cordillera a través de los cristales y las cortinas de su aposento. Al cabo de unos minutos, también cedió a la fatiga y dejó caer su rostro. Envuelto en su cabello negro, cerró los ojos e imagino que vencía al maravilloso poeta y convertía su nombre en el encabezado de una historia que aún no descubría.


La mañana del día siguiente marchó sin extrañezas en la residencia de los Shelley, en los pasillos de la mansión caminaban las sirvientas, siseando rumores que oían o definitivamente inventaban, para dulcificar la rutina. Percy se hallaba en su estudio, revisando manuscritos y Mary, con ayuda de una doncella, se vestía en la alcoba. Al bajar, su esposo ya había abandonado el trabajo y la esperaba en el comedor.


¿Tienes algún plan hoy? preguntó la mujer durante el desayuno.


Debo ir a visitar a Lord Martin, dice tener un nuevo libro en manos y quisiera platicar directamente con él acerca de sus tendencias temáticas estiró su brazo para tomar una rebanada de pan, Alguien debe decirle que las historias de dragones están pasadas de moda”


Mary le sonrió y dijo Yo deseaba ir a visitar a mi madre


Percy la miró por encima de sus gafas, que en ocasiones usaba No deberías torturarte, querida. Es un día agradable, sal a pasear, ocupa tu mente en otras cosas.


Mary dejó los cubiertos a lado del plato y pasó la servilleta debajo de su labio, También planeo eso, distraerme quiero decir, quizás empiece a escribir la narración de Lord Byron.


Percy soltó su espalda contra el asiento, Por favor, no me vas a decir que te tomas en serio esa tontería, George lo hace para demostrar que es mejor poeta que todo Reino Unido. Lo conozco, es un pretencioso.


Ella tomó un bocado de fruta, y cuando trago, expuso, Definitivamente lo es, pero sabes que quiero escribir algo, como lo hacía mi madre, como lo haces tú, como Lord Byron. Más que nada quiero eso.


Su marido pareció meditar sus palabras, introdujo su mano derecho a su chaleco para sacar un reloj de bolsillo, corroboró la hora antes de volver a ver a su esposa a los ojos.


Entiendo, Mary Tomó su mano puesta sobre la superficie de la mesa, Aún no eres una gran novelista, pero lo llevas en la sangre, sé qué harás algo bueno, dejó la mano de la mujer y se puso de pie, cuando empezaba a alejarse se detuvo, giró y agregó, Si irás a ver a tu madre deja que Ramsay te lleve, es un camino peligroso y tiempos aún peores.



Su acompañante tenía 18 años, apenas dos más que ella, era fuerte, muy callado, su familia había trabajado por décadas con la de Percy y le profesaba lealtad. Para Mary era un hombre muy serio, melancólico, su actitud a veces asustaba, le parecía un hombre con secretos. Llegaron cerca de medio día, Ramsay se alejó un poco de la muchacha, iba unos pasos tras ella. Ambos levantaron la vista frente a un enrejado enorme, de fierro fundido, negro, con un letrero en la parte alta que anunciaba el lugar a varios metros: Cementerio.


Ramsay permaneció allí, en el acceso. Mary siguió caminando sobre el pasto del terreno, entre las tumbas. Conocía el camino se sobra, al fondo encontró a su madre. Un mausoleo de mármol la recibió, en una placa dorada se leía: Mary Wollstonecraft. Al llegar se inclinó frente a la lápida y comenzó a hablar. Se sentía vacía, muy dentro de ella había un atisbo de una soledad profunda y una necesidad egoísta de dejar testimonio, de gritar desde la cueva en su corazón, era así cada día, así desde que había muerto su madre. Los libros que leía, las páginas que escribía a la luz del candil y el calor de Percy apenas le servían para tranquilizarse, entonces iba a buscar sosiego en la fría piedra que cubría los restos inertes de un camposanto. Desahogaba sus palabras, evocando el amor que profesó por la señorita Wollstonecraft.


No he visto a papá, pero a momentos creo que me ayudaría visitarlo… dijo para empezar, pero sigo sin soportar a Jane. Esa mujer tan temperamental. ¿Sabes? Nunca lo ha dicho, pero sé que papá te echa de menos tanto como yo, no me atrevo a juzgarlo, no se cuán difícil puede ser hacerse cargo de dos niñas se dio permiso de reír, escuetamente después de todo, yo apenas puedo con la desdicha.



-3-

Ramsay permaneció mirándola de lejos, intentando leer, curioso, sus murmullos. Mary se le sugería como una mujer mimada. Tardo casi una hora en volver, la siguió hasta el carruaje y la ayudo a subir para emprender la ruta. Dentro del auto, Mary comenzó a garabatear sobre una libreta, casi al instante convirtió sus tachaduras y rayones en palabras, aún sin el menor sentido. Descanso el lápiz sobre su labio y apoyo la cabeza en el asiento, miró hacia el campo. Había una calzada que llegaba hasta el fondo de una pradera que invadía la pista y a momentos ocultaba su existencia. Una pared de piedras negras se alzaba detrás de los árboles, bajo una torre cuyas almenas empezaban a separarse y dejaban el aspecto de estalagmitas, la ajada puerta de madera del acceso apenas lograba sostenerse de sus bisagras. El conjunto parecía un monstruo que se asomaba desde la tierra, bajo la sombra de una colina que se confundía con las torres del castillo senil. A Mary le causo admiración, sus cicatrices, marcas, las huellas del tiempo encima de él y en ella, brotó una imagen. Pasaría el resto del trayecto pensando como capturarla en la hoja.




Tras llegar, Ramsay abrió la puerta de la calesa y al tenderle la mano a Mary, ella le preguntó ¿Conoces sobre aquel castillo al final del viejo camino?


Al muchacho le extraño la pregunta, ayudó a bajar a la mujer y una vez estando de frente le contestó Antes perteneció a Timothy Ives, señora.


Mary lo miró desde abajo y al momento le dijo No me es familiar el nombre.


Es mejor así… Ramsay bajó la mirada, al intentar marcharse, Mary lo detuvo sujetándole del brazo derecho, el chico se volvió.


No me ocultes nada, Ramsay le soltó al instante, el muchacho se frotó el hombro.


Tiene más fuerza de la que parece, señora por unos instantes miró hacia el pasto, antes de subir la mirada y quedar sujeto de la vista de Mary. Timothy Ives está en la cárcel.


¿A causa de qué? La muchacha lo miro confundida. Ramsay se lamentó encontrarse en medio de aquella platica.


Son tiempos extraños, hay más fabricas que iglesias, señora. No sé hoy en día que es más importante, si el sermón de un sacerdote o el vapor de la industria se acercó a Mary Timothy Ives era un hombre educado, aún más que el señor Percy, más que usted y pensó que su educación lo dejaba dominar cosas como la muerte…


La chica permanecía curiosa Sé claro, por favor Ramsay, por primera vez en todo el tiempo que había trabajado en la casa, le sonrió.


El señor Ives le pagaba a hombres por sus encargos: hígados, pulmones, corazones, riñones y cerebros, se los llevaban apilados en baldes y algunos cargaban con cuerpos completos. Ya dentro del castillo los conectaba a cables y los colocaba encima de planchas, hacía pasar electricidad a través de ellos y luego quien sabe… a Timothy Ives lo apresaron, lo sacaron a rastras de su laboratorio y lo que encontraron dentro los perturbo tanto, que le prendieron fuego al castillo.


Ramsay guardó silencio y comenzó a apartarse de Mary. Antes de marcharse, ella le hizo una pregunta más.


¿Conociste a Ives, Ramsay?


Tenso, le respondió No quiero que me juzgue, señora. Como le dije, son tiempos extraños y cuando un hombre intenta ganarse la vida en esta clase de tiempos, acaba haciendo cosas que creyó que jamás haría. Quizás saquear tumbas para un maniático.


Mary se encontró pasando sus dedos sobre los lomos de los libros en la repisa de la biblioteca, de distintos temas, de extraña procedencia, algunos apilados, demacrados, sometidos al más riguroso proceso de estudio. De momento, dio con un tomo de páginas oscurecidas, carcomido por el polvo. Lo sacó del mueble, “Comentario sobre los efectos de la electricidad en el movimiento muscular”, leyó en la tapa, de Luigi Galvani. Apenas si la presentación de la teoría de Galvani le inquietó en principio, pero conforme iba adentrándose en los intereses específicos del médico italiano, una inquietud mórbida le fue recorriendo por las vértebras.


Había en Galvani un conocimiento profundo de la anatomía, la neurología y la fuerza vital del cuerpo, pero también le habitaba una obsesión, lasciva y recóndita: reanimar seres difuntos. Luigi Galvani creía que la energía que impele al cuerpo era idéntica a las cargas de un cable, es decir a la electricidad y que con ayuda de la misma era posible devolverle la vida a un cuerpo muerto. En concreto, Galvani descubrió que aplicando el voltaje adecuado cobre un músculo, podía hacer que se moviese, concibió al cuerpo como un dispositivo electromecánico, igual que los engranajes que estaban definiendo el mundo moderno, como dentro de los enormes talleres que invadían el suelo de Europa y las alargadas nubes grises que ocultaban su cielo. Mary cerró el libro, dejó a Galvani en la mesa del costado y razonó lo que acababa de leer, quiso imaginar el mundo del futuro y entendió la naturaleza ambiciosa del hombre. El día prometido llegaría de manos de la ciencia, cuando libre de dogmas la ciencia levantará a los muertos igual que un día se había erguido Lázaro dentro del sepulcro ¿sería acaso que el mesías había vuelto en forma de hierro, cables y humo? Una fantasía invadió repentinamente a Mary, embriagada en su belleza se hundió en ella, donde ya no tenía que visitar una tumba y en lugar del desafecto de un cementerio tenía los brazos de su madre.



Esa noche Mary descansaba sobre al borde de la cama, una vela le ayudaba a ordenar sus ideas, no había logrado tejer una frase sólida siquiera. Percy entró a la habitación, dejó sus gafas encima de un mueble de cedro, dobló sus mangas y descubrió sus brazos, se acercó a Mary, acarició su piel desde el cuello hasta llegar al canto de un camisón blanco que ocultaba los hombros de su esposa.


¿Qué te preocupa?


Ella le miro desde abajo, por detrás de un mechón de cabello No es nada, y al mismo tiempo es todo, Percy ¿Puedes entender eso? él sonrió y Mary descifro su pensamiento, tan claramente como lo había venido haciendo por años.


Las preocupaciones quedaron acalladas en un beso, al principio breve; largo y apasionado al final. Un movimiento del brazo del hombre descubrió sus intenciones de vencer al decoro de Mary, el camisón se transformó en carne, como un ballet cargado de erotismo, donde los dos predecían los alicientes del otro y en donde hubo sólo un beso quedaron las sombras de una pareja, fundidos en el mismo impulso, a la sombra de una llama al final de una columna de cera, que con el paso de la noche, no tardó en extinguirse.



-4-

Los ruidos la despertaron a la mitad de la noche, en la oscuridad tentó a su costado para comprobar que estaba sola en la cama, llamó a Percy y no recibió respuesta. La imagen de la habitación se resumía a un inagotable firmamento negro interrumpido por la luz que penetraba a través del marco de la puerta. Era verano y la lluvia repicaba sobre los cristales de la casa, un relámpago iluminó la alcoba y su estruendo se confundió con los sonidos que provenían desde el pasillo. Mary caminó hasta el mango del acceso, lo giró y contempló absorta el pasadizo frente a ella, no era su casa.


Caminó a través de un corredor amarillento, irradiado por poderosos destellos desde una sala a la que conducía el camino. Mary se detuvo bajo un arco, había un entrepiso de madera desde cuyo barandal se podía asomar hasta una estancia de una decena de metros de largo, colmado de estantes, libros encimados en escritorios o sobre el piso, maquinas extrañas, ganchos y mesas; un candelabro colgaba al centro, de ramas doradas bajo una gruesa capa de suciedad. Desde donde se encontraba, Mary notó el suelo húmedo en la planta baja, eran gruesos hilos color carmesí, que destilaban desde masas amorfas que usaba el residente del lugar como materia de trabajo. Había crujidos, gritos eufóricos, ecos del tronar de los instrumentos y un hombre al centro, de pie a lado de una enorme lamina que asemejaba a una camilla, sobre ella se notaba una silueta inmóvil y cubierta por una sábana de una blancura tan pura que contrastaba con el resto de la visión.


Mary sintió vértigo, quiso tirarse al piso y arrastrarse de vuelta al cuarto pero quedó congelada, aterrada con el cuello petrificado, en un punzante miedo que presionaba su pecho, que estrangulaba su aliento y rasgaba su cordura. El hombre bajo ella tomó la punta de un cable que apenas cabía en la palma de su mano, al extremo lucía una aguja estirada; colocó su otra mano sobre el cuerpo en la mesa y con un esfuerzo obvio introdujo el aguijón en la figura, lo dejó dentro. Detrás de él había una fila de frascos repletos de sustancias de color rojo, esmeralda y violeta, conectados a líneas de tubería que llegaban hasta el suelo y luego volvían a subir para enlazarse a un intrincado aparato de funciones indescifrables. El hombre se aproximó a un aparador, dio vuelta a una palanca y levantó la manija de un interruptor, entonces un tumulto invadió el fortín y en los muros estallaron los cristales. Un bramido de luz esclareció la mirada de Mary, todo se tiñó confuso. Las esquirlas de los recipientes quedaron sobre las láminas de madera del piso, los conductos se quebraron y el hombre quedó de rodillas.


Mary escuchó un grito, cavernoso y profundo, no sospecho de donde prevenía. Un cuerpo estiró sus brazos, de forma abrupta, se movía convulso, poseído por una cólera irracional, privado del sosiego de la otra vida. Era piel y huesos pero no un hombre, su complexión carecía de equilibrio alguno, era tan solo una amalgama de piezas de animales y humanos. Sus músculos recordaban más a los de un cadáver, su tez era pálida y sus ojos amarillos y opacos. Siguió bramando, con la locura de una criatura y el hombre derrotado en el piso, su padre, palideció ante la catástrofe de su creación; de sus manos había brotado un endriago que se esforzaba violento por asimilar la vida que egoístamente le habían otorgado. Mary sucumbió a la aparición y de vuelta el telón se tornó opaco, su mente cayó en un vacío mientras aún escuchaba los lamentos del ente cuando con un murmullo agonizante dentro de su subconsciente, despertó.


Se despegó atemorizada del sueño, divisó pluma y papel desde la cama, dejo a Percy recostado y alcanzó los instrumentos. “Fue una noche oscura y triste”, quedaron escritos y así el horror de su pesadilla quedó plasmado para la vastedad del porvenir.



-5-

Once días después Mary había hecho madurar lo suficiente el relato. Lord Byron la escuchó, al final dejó la copa que sostenía sobre la mesa, con reserva tomo su pecho, cuidadoso de no hacer visible su sobresalto para los invitados, se dio cuenta de otro detalle: le temblaban las manos. Vio a Mary, detrás de la vela, con una libreta encima de su regazo, luego miró a Percy, así por unos segundos. Habían encontrado algo, de las noches insomnes en casa de Lord Byron germinó el genio de una escritora.


¿Cuál es el nombre, Mary? ella cerró el cuaderno.


Frankenstein o el moderno Prometeo dijo, íntegramente segura.


Buen título afirmó Lord Byron.


La audiencia se quedó callada, sólo por meros instantes.


¿Todo eso es cierto, Mary? dijo alguno.


No, absolutamente no… es solo una historia alegó la chica. Percy levantó la ceja.


No es esa la pregunta correcta dijo, sino si podría ser cierto… algún día.


Lord Byron se puso de pie y acercó el cuerpo a la chimenea, apoyo su brazo izquierdo sobre la balda, a centímetros encima reposaba el retrato de un fallecido terrateniente, Byron le vio el rostro y sintió cobardía, la verdad era que aquel lienzo siempre le había dado miedo, por eso lo conservaba ahí, de cara a la amplia sala, porque creía en las condiciones sabias del miedo y que sin ello no había esperanza, pensaba que existía diversión en caminar por los caminos sinuosos de bosques sombríos, que en la ferocidad de las bestias sólo había desasosiego y que en los ojos opacos de la criatura existía dulzura.


Dime, Mary dijo sin voltear hacia los asistentes, ¿Es que acaso, tienes tu proclividad por el monstruo?


La muchacha entrecerró los ojos, rió Quizá contestó finalmente, ¿No es acaso como dijiste tú, George? Todos estamos ambiciosos de cariño, buscamos aprecio, confinados a la vida carente de significado. Somos todos unos monstruos para el mundo.


Byron alzó la copa y brindó por las palabras de Mary.


Al amanecer, un grupo de mozos tocaron en la alcoba de Lord Byron. En un tono afanoso le explicaron la situación. Con bata, bajó hasta la explanada, luego caminó a la caballeriza. Las puertas estaban destrozadas, solo quedaban astillas colgando de tablas, con paja esparcida entre suciedad y hierba. Los corceles habían huido, los portillos de alrededor habían sido arrancados con violencia; en una columna de madera al centro se apreciaba un golpe, una hendidura que casi había doblado soporte y amenazaba con someter al techo a dos aguas. Byron vislumbró las huellas de un ciclón, de una agitación impulsiva y demente.


Un sirviente le acercó un trapo, aún húmedo, tan largo que hubiera cubierto completamente el cuerpo de Lord Byron; le dijo que lo había encontrado encima de un montículo de paja. Le explicó que parecía que habían entrado y deliberadamente ocasionado los daños, que alguien debió haberse quedado a pasar la noche, padeciente de la inclemente lluvia. Sin embargo, por la evidencia parecía más la obra de una bestia que de un humano. Byron no creyó que hubiese sido responsabilidad de un grupo de sujetos, los rastros de la faena le sugerían que la responsabilidad era de un solo individuo, de increíble fuerza e irascible. Le dijeron que a la primera hora del alba habían visto huir a lo que apenas pudieron describir como una sombra que penetraba en los senderos de la campiña, entre quejidos y las ordenes de los hombres en pos de él. Por un momento Byron experimentó el miedo de la criatura, vulnerable ante la hostilidad en la que había abierto los ojos, falta de reposo. Pidió a sus trabajadores dejar ropa y comida en el campo.


Entró de vuelta al castillo y pensó en los ojos amarillos descritos por Mary, apenas unas horas antes. Se la imaginó durmiendo junto a Percy, libre de temores, colmada de sueños tranquilos. Byron supo lo que Mary había liberado. Donde una pesadilla sembró una idea, quedaban las páginas escritas y una criatura que por siempre deambularía por los inagotables bosques de la imaginación. 


Referencias: