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Me tumbaste en la cama y con ojos pecaminosos me devoraste

25 de junio de 2018

Ivonne Méndez

Tu boca se encamino a mi forma, dibujándome arcoíris en la piel

Algo me sacudía desde el fondo de mi ser, me encendía y me tenía ansioso. Daba vueltas en mi cama, de un lado a otro sin encontrar reposo. Sabía que estabas del otro lado del muro a tan sólo unos pasos de mí. Intentaba dormir, impedir esas ideas en mi mente, pero el cosquilleo aumentaba, imparable. Me llegaban imágenes de tus ojos encontrándose con los míos. De mi mirada que sin querer te desvestía desde la primera vez que te descubrió.


Impulso, instinto inevitable seguía hirviendo en mis venas, me agitaba, me estremecía y seguía deambulando en mi habitación, girando en la cama, como animal enjaulado, vuelto loco. Ágil, una sensación se apodero de mí y de un salto estaba llamando a tu puerta, todo estaba en silencio, no hubo respuesta, sigiloso abrí despacio; la habitación en tinieblas me invitó a pasar, caminé cuidadoso. Frente a la cama ella dormía, apenas recordaba su nombre, pero desde mis entrañas crecía una necesidad imparable, un deseo gigante. Pensé quedarme un rato observando su sueño, su cuerpo sudoroso.


Era una noche acalorada, un pijama apenas envolvía su cuerpo, atónito, seguía embelesado mirándola, su respiración mecía su pecho delicadamente, a un ritmo hipnótico, atontado la observaba dulcemente, deleitándome. Sus piernas acunaban el camino a la gloria. Decidí sentarme, aquel paisaje era merecedor de unos instantes más, mi rostro enrojecido me evidenciaba, mi respiración entrecortada delataba mi goce.



Pleno de paz y confianza giré para sentarme, cuando torpe tropecé con la pata de la cama, el estruendo me espantó, apreté los ojos y la miré, esperando bramidos y reclamos. Ella me observaba, no me perdía de vista, de rodillas tratando de cubrir sus pechos, temblando y palpitando agitada. Ninguno desviaba la mirada, yo quería gritarte que te deseaba, que tu piel me llamaba, seguías manteniendo esa lucha de miradas, yo estaba resignado a retirarme así mudo.


De pronto, relajaste la postura, bajaste la guardia y con tu mano acariciaste tu pecho, de inmediato tus pezones saltaron. Extendiste tu brazo hacia mí llamándome, también tu cuerpo me deseaba, también tu piel me anhelaba. Mis piernas no tenían ímpetu, inmóvil me quedé, cimbraba todo mi cuerpo quieto y por dentro ardía.


Te acercaste, mis latidos eran incontrolables, el pecho parecía que me estallaba. Tomaste mi mano y la llevaste a tu cuerpo cálido, jamás había experimentado esa sensación. Rozar tu piel, una maravilla, seguía inerte, dejándome llevar. Tembloroso y agitado, reuní el valor preciso para acercarme a tu boca, te besé ansioso, conteniendo todas mi ganas, me besaste y en un instante estábamos entregados a ese robo de aliento, con las ganas crecidas que nos devoraron por dentro.


Te aparté y religiosamente te quité la ropa, quedando desnuda frente a mí. Exaltado, acaricié todo tu cuerpo, llenándolo de besos, encantado recorrí el majestuoso camino hasta tu flor, me detuve ahí una eternidad, saciándote, queriendo complacerte y tu humedad creció.    

 


Me tumbaste en la cama y con ojos pecaminosos me devoraste, mientras que tu boca se encaminó a mi forma, dibujándome arcoíris con tu lengua, mi pene se endureció aún más. Mi esencia inflamada, todo mi cuerpo alerta. La ejecución más exquisita. Ahora tu cuerpo sobre el mío, entro lentamente.


Nuestras formas parece que se reconocieron, encajaron y emprendieron ese juego, esa lucha por alcanzar el placer del otro, nos tallamos con todas nuestras fuerzas, jadeamos, olvidamos ser silenciosos, nos olvidamos de ser precavidos y dejamos que toda nuestra furia se liberara. Toda mi pasión desbordada sobre tu cuerpo, todo tu deseo inundando mi ser. Recostada sobre mi cuerpo sin un hilo de aliento me miraste y sonreíste, acariciaste mis labios, no podía soltarte, no quería hacerlo. Quería guardar ese instante para siempre. Ese perpetuo soplo de frenesí.



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TAGS: Erotismo Cuentos
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Ivonne Méndez


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