Letras

Médula Quimera


Transcurría el año de 1800, una época de frío acechaba. Los cerros se pintaban de blanco y en aquella casa pequeña cerca del lago, habitaba un científico desmesurado. Con una barba enorme y de cabello escaso, se encontraba el Dr. Juxe rodeado de cuatro paredes blancas –demasiado sucias –en las que había pegado historias de amor de los grandes escritores de la literatura de cien años atrás. Papeles tirados por doquier. Una pequeña ventana daba a los escasos rayos de sol, y el bullicio de las tablas del piso eran agobiantes.

Sentado en esa silla vieja a punto de romperse, observaba su reloj de bolsillo del que se percibía el pasar de los minutos. Un poco viejo y polvoroso, abría y cerraba viendo transitar las horas como si tuviera un pendiente por atender. Los grandes descubrimientos que se estaban dando poco le importaban, su soledad era visible ante los ojos de sus pensamientos. En las hojas sucias escribía y desarrollaba una fórmula para encontrar el amor, para evitar ya no vivir en la mísera melancolía, tan distante de la felicidad y tan cerca de la tristeza y añoranza.

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Empedernido en lograr descubrir aquella sustancia química, preparaba los componentes en tubos de ensayo, algunos rotos. Pasaron las horas los días, no comía ni dormía: solamente veía pasar ante sus ojos la agonía y desesperanza de no poder encontrar dicha fórmula. En un último intento, trasladado al pensamiento de que se tomaría lo que le saliera de aquella sustancia química, decidió sin mediar entre el sí y el no hacerlo, de un solo golpe fue a parar ese líquido hasta lo profundo de su estómago.

Pasaron 5, 10, 15 minutos en lo que esperó algún posible efecto. No pasaba nada. Fue hasta una hora después. Se levantó de pronto para ir por un cigarrillo del que solamente quedaba la mitad de tabaco, lo sacó del cajón de recuerdos en el que guardaba lo más preciado, se lo llevó a la boca. De su mesa jalaba un candil para encenderlo y en la primera fumada, ante el ritmo lento del tabaco quemándose y el humo saliendo por su boca, una sensación extraña atravesó su cuerpo.

En sus ojos se podía ver un movimiento misterioso. Repentinamente un silencio absoluto lo invadió. Se había quedado inerte, su cuerpo no se movía. El cigarro se consumía estático en su boca; las pequeñas cenizas caían al suelo, las manos se le entumían por el frío. La fogata de su chimenea toda negra y vieja estaba a punto de apagarse. Cayó al suelo. Faltaba poco para la llegada de la noche, transcurrieron tres horas; no sabía qué le había sucedido, la cabeza le daba vueltas y de repente al levantarse vio que el reloj estaba botado a tres metros de él. Fue a levantarlo y se lo acercó al oído para rectificar que todo estuviera bien. El sonido de la maquinaria del reloj ya no se escuchaba. Lo abrió, y así pasó. Las manecillas se habían detenido exactamente a las nueve de la noche. Lo observaba lentamente. En ese instante se convirtieron en amigos, confidentes, creían haberse conocido hace mucho tiempo.

Rápidamente fue a su caja de herramientas guardadas en el cajón más valioso para arreglarlo y el tiempo siguiera en marcha. Divisándolo estáticamente alguien le susurraba con voz de mujer. Ante el asombro, volteó a todos lados. Claramente nadie podría ser porque estaba solo. Seguían insistiendo con murmullos. Se acercó poco a poco, los sonidos parecían provenir de aquel reloj. Juxe, incrédulo de la situación, veía pasar ante sus ojos a una mujer, no de ensueño, pero era su primer acercamiento con una. Por el pequeño vidrio del reloj observaba a dicha mujer acompañada de pinturas, un cuadro blanco y cuantiosos pinceles. Creía estar alucinando, pero recordó que horas antes había consumido su fórmula. Por fin estaba logrando conseguir su objetivo: tener por primera vez una mujer a su lado.

Ella, artista común de otra era, pintaba con pinceles desaliñados, el tamaño de las pinceladas desvariaba en su obra. Carente de un brazo, trataba de pintar y pintar, jamás se cansaba. El doctor colocaba su cara cada vez más cerca al reloj para ver lo que pintaba. Quería descifrar las pinturas. Pasó un rato, se cansó de buscar y determinó acabar de arreglarlo. Lo volteó para destapar, retiró una pieza, volvió a girarlo, y se dio cuenta de que desaparecía la mujer. No podía creerlo. Asustado, decidió poner de nueva cuenta las piezas en su lugar. La imagen poco a poco retornaba.

Un respiro de alivio le regresó la sonrisa, tenía que interpretar aquello. Justo en el momento exacto recordó la piedra preciosa que guardaba en el cajón más preciado. La sacó, colocó el reloj en la mesa y con un ojo, acercando la piedra, comenzó a desentrañar la pintura de la mujer. Asombrado ante los hechos, logró darse cuenta que aquella mujer pintaba a un Dr. creando la maravillosa fórmula que llevaría a los dos a estar juntos. Temeroso de perder su nueva gran compañía, corrió hacía los tubos de ensayo a seguir preparando la sustancia. Se dio cuenta que si dejaba de crearla y tomarla, desaparecería aquella mujer.  

 


Referencias: