Mi mente había viajado lejos cuando terminamos de coger
Letras

Mi mente había viajado lejos cuando terminamos de coger

Avatar of Diana Rodriguez Gutierrez

Por: Diana Rodriguez Gutierrez

4 de mayo, 2017

Letras Mi mente había viajado lejos cuando terminamos de coger
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Por: Diana Rodriguez Gutierrez

4 de mayo, 2017



A continuación un relato a dos voces escrito por Aydeé Rodríguez Gutiérrrez.

Es la última vez


Miro la nada. La oscuridad siempre ha sido buena compañera para quienes necesitamos reflexionar. Yo ahora lo necesito. Ver a Diana me ha dejado confundido.

—Ven por favor, aunque sea la última vez —me suplicaba una y otra vez por mensajes en el teléfono.

Yo no quería ir. Habíamos pasado toda la noche discutiendo, reclamándonos lo que habíamos pasado en nuestro año de relación. La despedida más larga que he tenido, cinco horas para decir adiós y ahora me insistía para que desayunara con ella.

No escucho nada a mí alrededor, hay demasiado silencio. Apenas el ruido de mi respiración es perceptible.

—Está bien, yo te voy a esperar hasta que decidas regresar —dijo cuando se dio cuenta de que no cedería ante sus insistencias.


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Maldita sea. No podía dejar que se quedara con esa idea, no quería que desperdiciara su vida esperándome. La conocía bien y sabía que era capaz de hacerlo. A los diez minutos ya estaba tocando el portón de su casa.

Se sorprendió al verme ahí parado. Creo que no esperaba que su insistencia rindiera fruto. Me invitó a pasar. Estaba en pijama, con los ojos empapados, la boca rogando por agua y un furtivo beso.

No siento las piernas. Esta extraña posición fetal me ha entumecido. Quizás debería cambiar de posición.


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—¿Te sirvo té y galletas como te gustan? —me preguntó temblando y con los ojos brillando. Era evidente que estaba emocionada, seguro pensaba que volveríamos; yo empezaba a pensarlo también.

Sirvió el té y las galletas. Comía muy despacio, como temiendo que en cuanto le diera la última mordida a la galleta yo daría las gracias y me iría. No dejaba de temblar. Sus ojos contenían ríos salados, ansiosos por correr por sus mejillas.

—Come, no te preocupes, no me iré cuando terminemos la comida —le dije para que se tranquilizara.

Las presas cedieron y el agua desbordó.


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—Disculpa, sé que prometí que no lloraría, pero estoy tan feliz de que estés aquí.

No sabía qué mierda hacía ahí. Ya no la amaba, pero la quería, aún sentía algo por ella. Y me aterraba que sólo fuera lástima…

Sequé mis lágrimas. Me había prometido contenerme y no dejar que Carlos me viera llorando. Otra vez la cagué. Esa mañana no había amanecido con hambre, pero quería que fuera a desayunar, que consolara la tristeza que él mismo me había provocado.

Sabía que iría. Aún tenía un poco de poder sobre él. Era obvio que ya no me amaba, pero aún sentía algo por mí. Sólo rogaba que no fuera lástima.

Veo la oscuridad, aún siento escalofríos en mi piel. Le prometí que vernos no me afectaría pero, como siempre, mentí.


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Comía lento, luchando contra las náuseas que sentía. No sé cómo él lograba ese efecto en mí. Él pensó que comía lento para prorrogar su ida. No era así.

Cuando por fin me tranquilicé comenzamos a platicar. Recordamos nuestros días más felices y nos reímos de las tonterías que habíamos hecho. Mi risa se combinaba con el llanto de un modo casi surreal. Carlos no sabía si seguir riendo o salir corriendo para evitarme más dolor.

Después de un rato el silencio nos invadió. ¿Qué más podíamos decir? Habíamos pasado cinco horas en la noche despidiéndonos y yo sólo pensaba en la forma de hacer que se quedara.

Estoy entumida. Me duele el cuerpo. Esta posición es muy incómoda, quizá debería girarme.

Lo miré fijamente, me acerqué a él lento y traté de besarlo. Volteó hacia la ventana, visiblemente apenado de no poder corresponder más a lo que yo sentía.

—No hagas eso —dijo suspirando y con expresión confundida. Me levanté y le di la espalda. Otra vez esas pinches lágrimas queriendo salir.

Respiré y volteé a verlo de nuevo. Un último intento, qué más daba. Mi boca sólo atinó a su mejilla y se deslizó hacia su cuello. Él no se resistió. Mi boca recorrió su cuello con ternura, dando pequeñas mordidas aquí y allá; estaba entrenada para ello. Entre besos y mordidas mis labios aterrizaron en su clavícula; me estorbaba su suéter.


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—¿Qué haces? —me preguntó excitado, seguramente luchando con sus demonios, los que le advertían que aquello era peligroso y los que sugerían que me llevara a mi habitación.

Nos despojamos de la ropa, de la culpa, del dolor; por lo menos unas cuantas horas.

Tuvimos sexo en el cuarto. Los dos sabíamos que Carlos no volvería a estar conmigo. Los dos sabíamos que no habíamos hecho el amor.

—Esto sólo es una tregua —me dijo cuando terminamos—, aún no sé qué vaya a pasar.

Tantas horas cogiendo para que dijera eso al final. La noche ya había caído sobre nosotros. Una oscuridad asfixiante nos envolvía. Ninguna posición es más incómoda que estar contra la espalda de la persona que una vez significó todo para ti.

Estaba entumido, pensando en Diana a pesar de que la tenía al lado. Mi mente había viajado lejos cuando terminamos de coger. No sé por qué chingados me dejó terminar dentro. Estoy tan confundido.

Al fin volteamos y nos vemos a la cara. La abrazo. Corresponde a mi abrazo y se refugia en mi pecho.

¿Para qué mierda vine?

¿Para qué mierda vino?

Siento el calor de su pecho en mi rostro. Ya agoté todas mis lágrimas. Me repito en silencio una y otra vez “ésta es la última vez, éste es el final”.

La dejo ahí dormida y salgo de su casa. Repito en mi mente una y otra vez “ésta es la última vez, éste es el final”.

***

La última vez es la última vez, pero si algunos pudieran regresar el tiempo, las cosas serían distintas.


Referencias: