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Se sintió como la primera vez

21 de noviembre de 2017

ZURC



En el siguiente cuento de ZURC, el protagonista conoce que podemos vivir nuestra "primera vez" muchas veces, porque el placer tiene muchas puertas.





MI PRIMERA VEZ


Noche fría y solitaria, 08:15 pm, solo en mi habitación en una ciudad que devora al ser humano; fatigado por el estrés, sin familiares, sin amigos, sin una “amiguita”. Me sentía aburrido de la monotonía, de los mismos pasatiempos. Empecé a ver porno y a sentirme muy caliente, con todos los polvos en la cabeza, con todo el tiempo sin tener sexo. Quise de verdad tener a esa “amiguita”.

 

Recordé a un compañero de trabajo que siempre hablaba de mujeres que, él decía, no era tan difícil llevar a la cama. Le llamé y le pregunté si tenía alguien a quien presentarme para pasar la noche; le dije que organizáramos algo bien loco o que saliéramos fuera a rumbear. Dijo no poder salir, pero que él me colaboraba con lo otro. Aunque debía tomar en cuenta que es complicado que una mujer a la primera se fuera a la cama con alguien, pero que conocía a una chica prepago, muy bonita. Me dio el número del teléfono de aquella mujer, la llamé. Evidentemente ella me preguntó “¿quién te dio mi número?”. Mi compañero mencionó que tenía que decirle que él me la había recomendado, eso la haría sentir tranquila. Demoró 20 minutos en llegar a la unidad donde yo vivía. La esperé en la portería, pagó el taxi y al verla inmediatamente pensé “¡es hermosa!”.

 

Por la tarifa al pagar el taxi supe que no venía de lejos. Al pasar la portería de la unidad, el vigilante en turno quedó más bobo que yo al verla. La tomé de gancho procurando total naturalidad, pero creo que se me notaban los nervios. Tenía alrededor de 20 años, piel canela, ojos claros color café, labios no muy delgados, pero tampoco voluptuosos, un rostro muy bello y un cabello castaño hermoso, un cuerpo espectacular, senos pequeños y respingados, trasero natural y redondo, unas piernas de ensueño. Vestía una blusa suelta que dejaba ver su abdomen plano, unos jeans rotos, tenis y un bolso grande. No llevaba maquillaje.

 

Llegamos hasta el apartamento. Al entrar fue directo a mi cama y dijo: “muy bonita tu habitación”. Le dije que se pusiera cómoda, pero ella ya estaba sin zapatos sobre mi colchón. Le ofrecí algo de tomar y dijo que quería una cerveza; lo cual estuvo bien porque era lo único que tenía en mi nevera. Le pregunté su nombre, procurando entablar una conversación y, por supuesto, saber con quién me iba a acostar, porque ésta era la primera vez que pagaría por sexo. Yo ignoraba que para quienes se dedican a eso es un código no dar su nombre real; hasta hoy creo que aquella mujer se llama María del Mar. Encendió el televisor y comenzó a preguntarme cosas que yo le respondía sin problema; pero cuando la situación se invertía, ella no era tan específica con sus respuestas.

 

Entre sus tantas preguntas, hubo una que dio pie a pensar en el sexo. “¿Qué te gusta que te hagan en la cama?”. Le contesté que encontraba más placer al darlo que al recibirlo. Ella, como una estocada de un torero, me dijo: “yo no estoy aquí para que me des placer, estoy aquí para hacer lo que tú quieras”. Con un beso me cerró la boca. Comenzó a quitarme la camisa, la detuve y le dije que apagara la luz, que con la luz del televisor era suficiente. Le pedí que se desnudara enfrente de mí, yo quería verla quitarse la ropa. Como lo sospeché desde que bajó del taxi, era una mujer hermosa. Me dijo que también quería verme. “Si quieres ver, te toca quitarme la ropa”, respondí. Sin pensarlo saltó sobre mí, terminó de quitarme la camisa, soltó la correa, bajó mi pantalón y coló su mano en mi entrepierna. Tomó mi pene, lo sacó, me preguntó “¿lo puedo besar?”. Yo estaba feliz y le contesté que podía hacer lo que quisiera. Lo llevó a su boca y mi cuerpo se estremeció; me masturbaba, lo chupaba, lo lamía y lo besaba. Yo estaba como loco, sin medir el tiempo le dije que me iba a venir, que tuviera cuidado.  “Yo estoy aquí para darte gusto, si eso quieres, hazlo”, llené su boca de aquel líquido blancuzco. Ella lo bebió todo.

 

Le pedí que se acostara y empecé a besarla toda: su cara, su boca, su cuello, sus pechos, su abdomen. Ella tomó mi cara y me dijo “¿qué haces?”. A mí no me importó que le estuviera pagando. Yo nunca había estado con ninguna y no vi problema con besarla toda. Era delicioso ver cómo su cuerpo se estremecía, y escucharla gemir. Se volvió loca y tomó mi cabeza, apretaba mi cara entre sus piernas flexionadas, sabía que no podía parar y de pronto sentí el dulce néctar de su ser. Quise penetrarla inmediatamente, pero me dijo que parara, que le diera un momento. Me quedé quieto al lado suyo mientras ella dejaba de temblar. Después de unos minutos comenzó a masturbarme. Cuando estuve rígido, tomó un condón de su bolso, lo colocó rápidamente y se puso sobre mí introduciéndome en ella. La tomé de la cadera y procuré que mi cuerpo siguiera su lindo baile. Tocaba sus senos, la miraba, sentía un gran placer. Sus movimientos aumentaron de velocidad y me excité muchísimo. Yo no quería que ella se bajara de mí nunca. Me decía: “te gusta, para eso estoy aquí, disfrútalo, te gusta esta puta”, sus palabras se sumaban a mi excitación y ya no podía aguantar más. Apreté fuertemente sus caderas y le dije que no parara hasta que me vine.

 

Se acostó al lado mío y mientras nuestros cuerpos se recuperaban, empezó a decirme alabanzas. Yo creí en ese momento que esto era parte de su trabajo, que a lo mejor siempre les decía eso a sus clientes y no presté mucha atención. Cambié el tema y empecé a indagarle la vida, ella por supuesto no permitió que yo supiera mucho y así se pasó el tiempo. Con un par de cervezas recuperamos el aliento. Mientras hablábamos, yo no podía dejar de mirar su cuerpo, me empecé a llenar de ganas de ella. La comencé a tocar, mis dedos estaban muy mojados gracias a los líquidos de su vagina; le abrí las piernas con la intención de penetrarla, ella colocó sus manos en mis hombros y me dijo: “¡espera!, ¿y el condón?”. Sacó otro de su bolso y lo destapó. Algo apurado, me lo coloqué y por fin pude ingresar en su cuerpo. Empecé a moverme tan lento como pude, tratando de sentir cada centímetro de su ser, coloqué mis manos tras su cuello y apoyado en mis codos sosteniendo mi cuerpo la besaba. Comenzó a gemir suavemente en mi oído y a decirme que acelerara, como si yo simple y llanamente fuera un utensilio o un robot. Obedecía sus órdenes al pie de la letra y empecé a moverme más y más rápido, ella aumentó el volumen de sus gemidos; entre más gemía y me hablaba, yo más me movía. Si seguía a ese ritmo me vendría muy pronto, así que paré de un momento a otro y le pedí que cambiara de posición. Me cabalgó de espaldas a mi cara de inmediato, con una mano la tomé del cabello y con la otra le seguía el ritmo colocándola en sus nalgas. Ella giraba su cabeza para ver mi expresión de gusto, hasta hacerme venir, Tras haber llegado al éxtasis, nos acostamos. Ya era tarde y preguntó si podía quedarse. Recuerdo que despertamos hasta la tarde siguiente, nos duchamos, preparé un café y salimos hasta el parador del bus. Allí ella tomó un taxi y al despedirse me sonrió, me dio un beso y dijo: “espero te haya gustado y, aún más espero que se repita, a mí me encantó”.





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Los cuentos eróticos son siempre mejor leerlos en pareja, por eso te recomendamos los siguientes 10 relatos cortos para despertar sus fantasías. Así como los 15 consejos de grandes escritores para provocarle un gran orgasmo a tu pareja.



TAGS: Sexo Cuentos Nuevos escritores
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