Modelos para armar

Modelos para armar

Por: JLenciso -

Después del orgasmo, echarse boca arriba. Sentir, entre los dientes y la lengua, la presencia necia de un sabor a cobre, al tiempo que se es presa de un cansancio anodino. Verla ovillada al lado izquierdo de la cama. Hallar su espalda desnuda y, en ella, escombros luminosos del farol callejero.

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  Con una mano echar la sábana sobre su cuerpo; contemplarla unos instantes y volver a destaparla.

Recordar: «¡Todo el placer que siempre deseó, sin compromisos!, ¡Belleza y silencio, todo por $5,500.00! Camila, cobreña; Lidiane, blanca; María Thereza, apiñonada. [Sólo humanos]».

Contemplar, en el cuerpo recostado al lado, sombras delgadas desde los omóplatos hasta las nalgas, como líneas de tinta negra diluida y alargada sobre un lienzo a ritmo de respiraciones profundas.

Levantarse de la cama y atisbar la habitación a media luz.

Mirar un espejo redondo en la pared de enfrente, el ojo solitario de un muro cíclope; acercarse a él y, en su reflejo, encontrar delineada una cara demasiado común, una frente cubierta por cabellos lacios que le escurren encima y disimulan muy bien las placas de los parietales; ver unos pómulos perdidos entre mejillas que denotan la rigidez de tu condición, debajo de dos mecánicos ojos verdes.

Das media vuelta y te acercas a la cama.

Ella sigue ahí, sin moverse.

Coges su mano derecha y la percibes helada; adivinas ahí una manchita, quizás un pequeño lunar azul en forma de flor, un logotipo.

Recorres con la punta de tus dedos la blandura del cuerpo que antes gozaste.

Recuerdas: «Absoluta discreción». Agradeces haber podido sortear las restricciones que impiden tener esos lujos a los que son como tú. Nadie se dio cuenta de lo que eres.

Acercas tus manos a su cuello y comienzas a acariciar su piel; lo sigues haciendo por largo rato hasta que tu mirada encuentra, en el espejo de enfrente, el reflejo de tu rostro contraído; el látex mal maquillado enfatiza un espasmo de furia, mientras te das cuenta de que ya no acaricias sino que oprimes con ambas manos el cuello aquel.

No puedes evitar que esa acometida te produzca gozo; aprietas con todas tus fuerzas, hasta no poder hacerlo más.

Te tiras sobre ella, tu cuerpo es un bagazo exprimido por algo similar al éxtasis.

La miras ahí en la cama. Sabes que no has hecho ningún daño. Está apagada, en hibernación.

Sostienes su mano izquierda, la aprietas y comienzas a girarla poco a poco, hasta desprenderla; celebras tal ligereza, tal fragilidad; destornillas el antebrazo, el hombro.

Cuando tienes sus manos entre las tuyas, las besas y las fragmentas minuciosamente, como si desactivaras una bomba mediante caricias, falange a falange.

Luego separas los senos, quitas la cabeza del tórax, zafas ambas piernas de las caderas y las desarticulas, fragmentándolas también; sigues con los muslos, las rodillas, los pies, los tobillos, las uñas.

Metes las partes en el pequeño estuche ubicado al lado del buró; aseguras cada miembro en él y lo introduces en el armario. Apagas la luz del cuarto, le echas un vistazo final y contemplas la penumbra de ese espacio secreto (sabes lo que ocurriría si alguien lo descubriera). Cruzas el umbral. Cierras la puerta. Tras de ti queda la oscuridad con el eco de tus pasos que se hace débil al alejarte por las escaleras, a toda prisa, a fin de no retrasarte.

Y empezará el terror.

Como cada noche, llegarás a casa fingiendo que te han demorado en las revisiones a los tu condición o inventarás cualquier pretexto. Después de acompañar en la cena, te recostarás en el lecho de casa, cálido, limpio, y una mujer se acercará en busca de iniciar su goce, algo efímero, por suerte; al finalizar, comenzará a desarmarte: se deleitará al girar tus manos (tus manos le gustan más que cualquiera de tus otras partes), en separarlas de los brazos, en meter, uno a uno, tus dedos en su boca, recorriéndolos con la lengua. Los ojos y el corazón son lo último que te quitará y una vez dividido meterá tu ser en el estuchito que guarda junto a ella cuando va a dormir, soñando con el placer que le producirá armarte la mañana siguiente, sin sospechar tu gran miedo (que ningún tutorial menciona entre tus sensaciones programadas): el temor de que te supla con un modelo armable de última generación, de esos que no requieren recargarse, o con un humano, y nunca te ensamble de nuevo, arrebatándote la posibilidad de volver a disfrutar de esa fuga cotidiana secreta que, sin poder explicar la razón, te da fuerzas para cumplir con tu garantía de fábrica.

* La fotografía que acompaña a esta publicación es de Riccardo Arriola y se titula "Nudité de la vérite"

 

Referencias: