Muerte a los espejos

Muerte a los espejos

Por: Nahuel Roldan -




muerte a los espejos

"El secreto de la existencia no consiste solamente en vivir, sino en saber para qué se vive".
Fiodor Dostoievski (1821-1881) novelista ruso


¿Quién soy? Puede que sea la mayor de las preguntas, aquella que marque de dónde vengo y a dónde no pienso ir. Soy un niño, soy un hombre, soy una fecha abstracta, un mero 16 de diciembre. ¿Qué tiene este día que no tenga otro? ¿Será ese instante en el cual fui y no fui existencia a la vez? Todos los instantes, he descubierto, son mera destrucción, una simple estela de muerte. Todo instante está muerto al momento de gestarse, tan efímero es que no merece categoría de existencia.

No obstante, necesito saber ¿quién soy? Muerte andante que saliva el paladar al degustar un Merlot, el que satisface su necesidad de placebo. Esta copa ya no es la misma desde que la tengo de rehén en mis manos, ha olvidado qué es existir tantas veces desde que su elixir se posó en mis labios pero persiste en dejar impregnada su sensación de vida.

Esta sensación al paladar de frutos rojos y roble ¿puede decirse certeza de vida?

¿Vivir? ¿Se puede elegir vivir? ¿Elegir nacer bajo este plano astral? Ni siquiera sé si mis padres eligieron por mí... No obstante ellos ya están bajo el sueño de Thanatos aun antes de mi llegada. Todos y cada uno de sus átomos han perecido y siguen pereciendo. Aquellos de hace ya más de 25 años ya no son los mismos que hoy se sientan en la mesa y piensan en mi manutención, en mis comas hepáticos, en mi adicción a la depresión.

Soy dolores, soy pesares, soy una cabeza tortuosa que clama compasión. Soy una copa, soy dos o tres botellas, soy un río de alcoholes y sueños efímeros. Como el cigarro que sostengo, soy él y su ceniza; soy pasado consumido y un futuro que no acaricia... Que devora.

Soy una bestia sin creador, hijo de un cielo infantil con cara de carpintero, alas de paloma y vino a derramar.

No encontré la respuesta en el mundo más allá de los espejos. Sólo uno sabe qué encontró tras su reflejo. Las maldigo, máquinas de ilusiones; malditos sean sus dobles, maldigo su parecido, malditos reflejos de la carne (¿Y el alma?). En especial te maldigo a ti, mi íntimo reflejo... Incluso en tu decadencia eres mejor que yo.

No temes, no andas, no sufre, no sueñas, no lloras, no sientes el irrisorio paso del tiempo, no intentas huir de tu naturaleza. Te envido a pesar de depender de mí y te odio por parecerte a la persona a la que más temo. Hoy que mi mente es acechada por los recuerdos, sólo puedo proclamar... ¡Muerte a los espejos!

Referencias: