Las escritoras que se imaginaron un mundo en el que los hombres le tienen miedo a las mujeres

Martes, 20 de febrero de 2018 17:38

|Aglaia Berlutti
naomi alderman mary beard escritoras

“Cuando ves ejemplos de mujeres silenciadas en el mundo antiguo, es fácil concluir que forman parte de una discriminación general".



Mary Beard es conocida como la “intelectual de moda en el Reino Unido” y es autora de Mujeres y poder. Su noción sobre lo femenino con real arraigo y sustento histórico es una idea relativamente nueva. Y lo es porque durante buena parte de la historia occidental, la mujer ha sido ignorada y ha sufrido un inmerecido anonimato contra el que aún debe luchar. No se trata sólo de la idea de que la mujer con poder —profesional, artístico— es colocada al margen desde cierta visión cultural, sino que se transformó en un tema tabú. Por ese motivo, es evidente la incesante persecución hacia las mujeres con algún tipo de influencia sobre las masas o el pensamiento colectivo —como lo demostró la quema de brujas—; pero también hay un notorio prejuicio hacia lo femenino. Para Beard no se trata de otra cosa que una versión de la realidad que valora al género como un prejuicio primitivo.


Para la académica inglesa, la concepción de lo femenino como menor, secundario, incluso peligroso, tiene raíces tan antiguas que resultan casi imposibles de rastrear. “Necesitamos comprender que son problemas profundamente arraigados en la historia de la cultura occidental desde hace milenios. Con eso no quiero decir que estemos atrapados en ellos, pero debemos buscar soluciones diferentes”, comentó Beard en una entrevista reciente al periódico El País, de España. “Cuando ves ejemplos de mujeres silenciadas en el mundo antiguo, es fácil concluir que forman parte de una discriminación general. Pero lo que muestra la Odisea , por ejemplo, es que es más que eso. Para dejar de ser un niño y convertirse en hombre, Telémaco debe aprender a callar a las mujeres. Es un silenciamiento mucho más activo. El poder del hombre está correlacionado con su capacidad de silenciar a las mujeres. Toda la definición de la masculinidad dependía del silenciamiento activo de la mujer”, añade. Se trata de una presunción inquietante que analiza las duras relaciones de poder entre las mujeres y los hombres a través de la historia; pero también la forma en que nuestra cultura internaliza y normaliza la discriminación al momento de concebir lo que consideramos poderoso. Según el análisis de Beard, la historia condiciona la comprensión del poder —quién lo ejerce y la manera en que lo hace— desde un ámbito netamente masculino; convierte a la mujer que lo aspira en una excepción, como si la mera idea de la capacidad convalidada para la influencia intelectual e incluso económica fuera exclusiva del sexo masculino. 



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Por supuesto, durante mucho tiempo las mujeres han sido invisibles. Como la magnífica Mary Wollstonecraft, que vivió una vida intensa y extraordinaria y hoy poquísima gente la recuerda. O la filósofa Simone Weil, que creó toda una visión sobre lo femenino y sus alcances, que luchó contra el poder de una Francia empeñada en comprender lo femenino desde un punto de vista tradicional limitante. Tantas mujeres que desaparecieron arrasadas por una ola de anonimato. ¿Quién recuerda ahora a Lady Ottoline Morrell? Esa mecenas que se enfrentó en solitario a los escombros del siglo XIX en pleno albor del racionalismo, que brindó refugio a muchas de las grandes mentes inglesas de la primera mitad del siglo XX. O a la cuasi anónima María Lejárraga, esposa del dramaturgo Gregorio Martínez Sierra, que por años escribió para su esposo éxitos literarios sin reconocimiento alguno. O esa trágica Camille Claudel, desaparecida y consumida para siempre en la memoria ingrata del arte misógino. De manera que Beard tiene razón en su intento de recordar el motivo por el cual la historia olvidó los nombres de tantas mujeres, sus aportes y las implicaciones de sus respectivos legados.


Pero para Beard el asunto es mucho más complejo. Según su análisis, a las mujeres se les educa para no sentirse atraídas por las estructuras de poder, lo que convierte al anonimato histórico en una consecuencia de un sustrato moral más profundo. Para la escritora, nuestra sociedad inculca la percepción de “las estructuras de poder como masculinas y hacemos que las mujeres encajen, que cambien su comportamiento al acceder al poder. Acaban actuando, interpretando un guión. Pero no hay que cambiar a las mujeres, sino las estructuras. Hay que pensar qué es el poder, cómo hablamos de él, cómo está conectado a la celebridad, como son la imagen y el lenguaje asociados al poder. Veremos que es una versión extremadamente masculina. Poder es algo que tú tienes y yo no. Queremos grandes líderes. Pues no. Lo que queremos es grandes contribuidores”. Y es justamente esa noción sobre lo femenino como una contribución al bien colectivo —y sobre todo, a la capacidad para comprender a la mujer como parte integral de la cultura— lo que sostiene la identidad de la reivindicación actual sobre el género, la equidad y la búsqueda de la justicia intelectual que permita a la mujer recobrar y obtener poder real de cara a nuestra historia reciente. 



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Además, el tema del poder femenino parece encontrarse profundamente relacionado con la manera en que en la actualidad comprendemos el peso y el valor de la identidad, esa noción que acompaña a cualquier mujer, antes o después en su vida. Resulta inevitable recordar la primera vez en que fue notorio que el poder y la identidad femenino estaba bajo discusión; una manera de analizar el papel de la mujer en nuestra sociedad, y sobre todo, la forma en que se comprende a sí misma. Claro está, tal vez no existe “una primera vez” para creer que era necesario entender el valor de los derechos individuales, defenderlos y asumir su importancia; sino que en realidad se trata de un conjunto de ideas y percepciones que se relacionan entre sí para crear un concepto más amplio y general de lo que la mujer puede ser y aspirar.


Al pensar en el orden de estructura que pesa sobre la mujer, y la presiona para crear una visión sobre su propia vida y valor restringida por el entorno, pensamos en lecturas como Power de la autora Naomi Alderman; una serie de elaboradas construcciones sobre el género, la sexualidad, el tiempo y la identidad. Alderman se plantea una única pregunta: ¿cómo sería el mundo si los hombres tuvieran real temor a las mujeres? Alderman elabora su hipótesis, y lo hace cuestionando los motivos de ese temor hacia una osadía argumental que sostiene quizás una de las novelas más imaginativas y potentes de los últimos años. Analiza y versiona el tema del poder a través de una visión durísima sobre las implicaciones de la capacidad para herir, el terror y la represión. Por supuesto, la Ciencia Ficción ha reflexionado durante años sobre el ejercicio convencional de las relaciones de poder entre los sexos. Ya Charlotte Perkins Gilman se hacía preguntas semejantes en su novela breve The Yellow Wallpaper, y también lo hizo Joanna Russ en El Hombre Hembra, en donde especuló hasta el delirio la identidad de género y sus permutaciones. Ursula LeGuin se preguntó durante años sobre la vigencia del género y la sexualidad, en especulaciones lúcidas que asombran por su belleza. Y no podemos dejar de lado a Margaret Atwood, que llevó el teorema a un nuevo nivel con “El cuento de la sirvienta”, en donde analizó la desigualdad, el miedo al anonimato histórico y la destrucción de la identidad femenina desde el autoritarismo. Pero Naomi Alderman lleva la propuesta a una dimensión por completo nueva. En su novela el terror subsiste y se extiende a partir de la sexualidad en estado puro, y convierte esa percepción del deseo en un arma destructora capaz de cambiar el orden del mundo.



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Pero sobre todo, Alderman analiza el ejercicio del poder como una expresión individual, cuyas implicaciones están en todas partes, y hacen el cambio imparable y extraordinario. Una y otra vez la escritora describe escenas que dibujan un escenario apocalíptico impensable: las víctimas de traficantes y proxenetas asesinan a sus agresores, en plena calle y delante de la mirada impávida de cientos de mujeres que vigilan y admiran el ataque mientras los hombres huyen. Alderman plantea la destrucción de las finas líneas del entramado del poder, una fuerza tan enorme que afecta incluso la religión. Pronto, multitudes enardecidas y convertidas en asesinas en potencia buscan en libros religiosos no a líderes masculinos, sino a sus contrapartes femeninas. En medio del caos y el miedo que sacude al mundo, los viejos dioses son derribados y la divinidad femenina regresa a los altares. Es entonces cuando el libro alcanza su punto más alto de profundidad y malevolencia. Cada país de la tierra es dominado por millones de mujeres en busca de una venganza ancestral asombrosa. Alderman escribe una catástrofe que arrasa con lo masculino —la “normalidad”, como la autora insiste en más de una oportunidad dentro de la novela—; y finalmente con la última mirada al mundo masculino, la historia del mundo se desploma y cambia para siempre.


La reflexión parece mucho más amplia. Las mujeres ahora mismo tenemos poder económico, cultural y social. O al menos eso quiero creer. No obstante, esa prejuicio cultural sobre la mujer poderosa, esa excepción de la memoria colectiva continúa caminando por algún lugar de las calles de nuestra mente. Esa “excepción” ancestral sobrevive. Quizás el trabajo de toda mujer actual, como apunta Beard, sea enfrentarse a esa percepción, luchar contra ella y crear una percepción sobre el bien y el mal, lo moral y lo ético, pero sobre todo de lo poderoso a la medida de nuestras aspiraciones. Debe ser una percepción sobre la mujer por completo nueva, la mujer del futuro. Hablamos de un trabajo ímprobo, pero sin duda necesario para la comprensión de lo femenino como una forma de herencia.


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Entender el feminismo no es tarea fácil, sin embargo autoras como Simone de Beauvoir han logrado poner en palabras uno de los debates más complejos de nuestra historia. Si te interesa conocer más sobre la lucha feminista, estos son los tres libros imperdibles para conocer los principios fundamentales del feminismo.



REFERENCIAS:
Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti


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