No la juzgo señorita, usted es así…

domingo, 8 de enero de 2017 14:11

|Santiago H



No la juzgo, señorita.

No la critico si cree que por tener un buen cuerpo posee el derecho de hipnotizarnos como si un pintor hubiese derramado pintura en un cuadro. No me voy a poner a criticar su demora ante el espejo tratando de planchar su cabello para darle otra identidad mientras estoy allí, con la gaseosa muriendo entre mis labios y el vaso durmiendo en mi mano. Son momentos de apuro en los que ansío que diga "vámonos", esperando la hora en la que deje por fin esas botellitas que hacen sus pestañas más negras.

Me voy a juzgar a mí por verla como un prófugo de su presencia. Yo ya estoy mirando a otro sitio cuando intenta dirigirme la palabra; veo las paredes pintadas de rojo y blanco en toda la sala, donde usted aún lucha por verse bella con un poco de pintura. Lucha y lucha como si fuera una artista que no se acomoda nunca a las circunstancias, y espera hasta que el lienzo diga basta y el labial decore su sonrisa haciendo juego con las paredes que bien pudieron ser lavadas como sus dientes el día de ayer.

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Me pregunta cómo me ha ido: yo respondo que bien, y se separa del espejo, prolongo mi declaración para que usted vuelva a terminar de alisarse el cabello. Es cuando tengo ganas de detenerla para que entienda que cuando sale conmigo su verdadero maquillaje es saber su nombre, lo que vivimos, lo que nos gusta y lo que vamos a ver en una tarde cualquiera de domingo, pero no hablo y dejo el vaso de la gaseosa que antes me sirvió sobre la mesa y le escucho decir que consiguió empleo. 

Trato de colarme en el espejo, a lo lejos, como un espectro, como su ángel guardián, tratando de ver mi rostro con barba, y de ver su rostro que todavía es natural y no posee un relieve de cosas materiales donde la gente se verá satisfecha. Usted no me ve, no creo que me piense, no creo que permita distraerse cuando el rímel se desliza por encima de sus pupilas con suaves toques de hada mágica, de mujer, y yo con deseos de detenerle el brazo para no dejar morir su belleza natural que un día quiso reemplazar. 

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Veo su ropa, sus medias veladas negras, ligeramente rasgadas, lo cual no es un pecado en su piel; el problema está arriba donde ha terminado de subrayar sus pestañas: y con ese rostro me mira de nuevo, esperando que diga algo.

Esparce el labial por la boca, coloreando como nunca hubiera difuminado alguno de los muchos dibujos hechos en tiempo libre sin que nadie la viera.  Dura poco la operación. Me dice que me invitará a un lugar para que nuestra amistad se expanda como el líquido rojo en la piel, como la tinta en las pestañas y la gaseosa en mi paladar en medio del calor de mitad de mañana. Yo le digo que estaré encantado en ir, que la ruta para llegar más rápido es en transmilenio iniciando en San Mateo, pasando por Venecia y terminando en la NQS Calle 38ª sur, lo cual es más rápido y fácil que parar en General Santander. 

Al fin acaba de maquillarse y salimos (es lindo saber que muchos habrán querido dialogar con usted, como yo lo hice), y que haya dicho estar preocupada al proclamar que las brujerías en este siglo están más vivas que nunca con el caso de su abuela. 

No la juzgo, señorita, usted es así, hace que un peatón voltee para verla y me haga poseedor de una fama absurda, de conocerla, de tenerla en mi plano visual, pintada, como quería que la mirara. 

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No sé qué pueda pasar después, pero intuyo que me dejará en casa y se despedirá de mí con un gran abrazo, haciéndome saber que no estoy solo y usted no está sola. Solos están los que no aman, no quieren, no apoyan, no aceptan errores, no se conocen, o tratan y no cambian. Sin embargo, estos tiempos usted debe comenzar a creer que la belleza la lleva desde el nacimiento y no porque haya imitado a su madre, a escondidas con los tacones más anchos del mundo, tratando de ser como ella con la inocencia de creer que es bien visto pintarse para parecer que se ha hecho una pequeña cirugía. Perdón si la ofendo, pero es lo que pienso, esta carta se desvanece como todo indicio de que al maquillar su rostro puede ser más bella. 

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Un idiota pierde a la mujer que ama pensando que hay muchas como ella; sin embargo, después comprenderá que nadie pudo amarlo de la misma manera que alguna vez ella lo hizo.

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