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No te preocupes por mí, algo habrá de pasar con tanto cuarto vacío

13 de abril de 2018

Jorge Peláez Thomas

Disfruta a continuación un relato escrito por Jorge Peláez Thomas.



Carta para tú

Comenzaste a llenar espacios vacíos de mi casa. Incluso aquellos que yo no sabía siquiera que existían. 

—¡Mira! —te dije yo. 

—Aquí era donde estaba mi duende, ya decía yo que no podía haberse ido sin avisarme —Y sonreíste confirmando lo descaradamente descuidado que soy.

Era la misma sonrisa que te vi cuando me viste encender un cigarro y supiste que mi descuido había venido a joderme 7 meses de abstinencia. ¡Pero perdona! No es sobre mis descuidos que quería yo contarte. 

Hablaba yo de cómo comenzaste a llenar espacios de mi casa, esos que incluso me parecían inhabitables, los que siempre, sin importar la hora, el día o la música. Se sentían inmensamente fríos. Como un invierno privado o como cuando ama un solo lado. Me divertía verte poner todas esas cosas en un lugar distinto y luego cambiarlas, organizarlas por cuadros, por círculos, por blancos o amarillos, hasta que todo quedaba perfecto, con una estética increíble que me resultaba incapaz de manchar. Me sentía tan mal desordenándola. ¡No quería que dijeras que no lo apreciaba! Pero me divertía tanto verte andar de aquí a allá llenando con cosas los espacios que no me servían y tú hiciste que me sirvieran todos. Por ahí encontraste un tambor viejo e intentaste tocar con él una marcha, pero te dije que aparte de viejo era necio, que sólo tocaba sincopado intentando siempre una especie de jazz mal logrado en la que sólo él podía escuchar los metales —no trates de ordenarle algo— te comenté. Y sólo te quedaste mirándolo de lejos con ganas de tocarlo. Discúlpalo es irremediable su rebeldía y él toca siempre a su ritmo, está un poco loco y el muy bruto piensa que es un sabio.  



Fue por ese entonces que yo te entregué unas letras de varios tamaños que guardaba en el cajón y que me servían para contar cosas de esas que se me ocurren, y así deje de escribir mientras estuviste ahí conmigo. Ahora que lo recuerdo; ése fue un grave error mío. Ni siquiera tuyo. No debí darte mis letras, en ese entonces eran mucho más celosas que ahora y ya no se dejaron ver por mí. Seguramente se escondieron o quizás se fueron de viaje. El caso es que una mañana de noviembre las encontré debajo del buró de mi recámara, murmurando quién sabe qué cosas, fue el murmullo el que me despertó en la madrugada y me levanté para buscar por todas partes el origen, me dio mucho gusto encontrarlas, les ofrecí una disculpa y hasta café. Y por fortuna ahora andan a mi lado sin despegarse, hemos vuelto a nuestro romance. 

Tú llenaste todos los espacios de mi casa, organizaste objetos, encapsulaste aromas. Y vuelvo a repetir que no quiero ser malinterpretado y creas que esto no me gustaba ¡al contrario! debo decir que me encantaba y que incluso ahora mismo me hace tanta falta. Porque el aroma se lo ha llevado el aire, y mi desorden ha terminado por consumir la casa, incluso los duendes de la madrugada me miran con rabia. Y yo te recuerdo tanto, en todas partes, en todo tiempo, en cada música, sales de todos los rincones y me atrapas. No quiero decir aquí que son todas las cosas las que te extrañan, quiero decir que es a mí a quien le haces falta. ¡A mí y solamente a mí me faltas! y es que ya no duermo contigo, ya no estás para decirme nada. En algún punto a mi escándalo le hace falta ese orden que te cargas.

 Recuerdo que un día me abriste el pecho mientras yo soñaba y descubriste una cueva de esas grandes en las que el eco suena cada vez que uno habla. Durante mucho tiempo te dedicaste a llenarla de cosas que a ti te gustaban, pintabas en las paredes con las manos, llenabas de amarillos y de azules ayudada de mis duendes, te pasabas horas guardando cosas, retratos viejos, canciones con velas, sonidos y hasta un sofá que hizo cómoda tu estancia. Hasta que el eco de la cueva desapareció, cosa que me imagino debió de haberle caído bastante mal pues hace tiempo que él vivía ahí sin problemas. ¡Corriste a mi eco! ¿No sé si eso te hace mala? Recuerdo todavía como me cociste el pecho con tu pelo, delicadamente fuiste dando cada puntada y yo respiraba lleno de cosas tuyas mientras los días pasaban. ¡Si vieras cuánto tarde en sacar todo de ahí una vez que te fuiste! No es que no quisiera tenerlas, lo que pasa es que no sabía qué hacer con ellas. ¡Con todo! y es que resulta que yo no sé ocupar el color amarillo como tú. Use Ron para lavar las paredes y no te imaginas la de cosas que pase para sacar todo. Sucedía en las noches, revolcándome en la cama que buscaba yo aquella hebra de pelo que ocupaste de hilo, es que me hinchaba, me dolía, me quemaba. ¡Buscaba y buscaba y no la encontraba! Así que tuve que aprender a sacar con lágrimas todo lo que habías guardado ¡porque no di como abrirme el pecho! así se fue saliendo todo, pero fue un proceso lento y cansado. A veces este proceso no me dejaba dormir y al otro día era imposible disimular los ojos cansados ¿cómo explicar que destilaban historias? Esas que nos dieron tanto. Son cosas que no pueden decirse, cosas que nadie te pregunta, y si lo hacen. ¿Para qué contarlas? si nunca entenderán lo mucho que me gustaba verte debajo de la luna con aquellas mariposas azules a tu lado. 



¡Llenaste todos los espacios de la casa! Ahí en el armario metiste el tambor viejo y querías que te hiciera otro. Que lo construyera o que un día, ¡así de pronto!, amaneciera a nuestro lado un tamborcito pequeño, brillante, retumbando de verte, con redobles dirigidos únicamente a ti. No te gustó mi tambor viejo, ni sus baquetas dañadas, ni su “tam-tam” sincopado, ni ese “pum” ni ese “tras” que consideraste ruido. Y no te culpo, yo sé muy bien que hace ruido, sólo que al principio creí que el ruido te gustaba. Ahí quedó encerrado en el armario, ¡y lo extrañe tanto!, era mi amigo de mil batallas, traía golpes ganados, vino en las orillas, Ron en el cuero, quemaduras de cigarro, golpes de música vieja. He de confesar que a veces ni yo me acostumbro a él, suele ser cansado cargarlo, por eso se va durante noches enteras a cantar con borrachos, va tirando ritmos en la acera hasta que encuentra algunos brazos. Pero no fue así mientras estuviste, se quedó quieto, ordenado, le gustaba saberte cerca y que te animaras a acariciarlo. 

Mi casa tiene varios espacios vacíos y ahora no sé cómo llenarlos… ¡Qué carajos! Antes ni siquiera me parecían vacíos, antes no sabía que estaban vacíos, antes… Ahora no sé qué poner en todos lados, lo dejare así todo, los cuartos, la cueva del pecho, las mariposas azules que andan ahí fuera, los duendes que desde aquí a la distancia te miran por la rendija que olvidaste. Estoy bien, no te preocupes. Solo quiero saber si con todo esto no pudiéramos construir un puente que te avise cuando quiero café y haga frío o me diga cuando tengas ganas de leer mis letras y escuchar ruido. Que avise cuando mi desorden quepa en un mundo así como el tuyo. En algún punto nos encontraremos, en algún lugar del puente podremos vernos. Mientras tanto te dejo esta carta aquí afuera. Las mariposas o las luciérnagas habrán de llevártela, quería que supieras todas estas cosas que por aquí pasan, aunque quizá; no tenías muchas ganas de saber de esta vieja alma mía, ni de sus tambores, ni de lo que sucedió con esos espacios que con tanto esmero y dedicación llenaste con tus cosas, a lo mejor consideras un insulto saber que de nuevo están vacíos, y no lo es, tal vez es hasta un homenaje. Quizás no quieras saber nada de esta agitada vida que tengo. Pero si acaso quisieras, puedes encontrarme en el bar de la diecisiete, aquél donde descubrimos que tus ojos se sinceran después de dos tequilas. El mismo que se llena de personajes surrealistas de esta urbe que tanto nos gustaba y que ahora se nota tan gris aunque no llueva. Ahí donde pedias que pusieran a Queen y agitabas la cabeza escuchándolos. Ahí te espero; con algo de Ron en la mesa para que puedas mentirme a gusto. Ya suena en el reloj las seis. Voy tarde. No te preocupes por mí, algo habrá de pasar con tanto cuarto vacío. Con tanto duende insomne, con mi escándalo, con mis alas, con esos descuidos míos que hasta me hacían olvidar que te amaba mientras me entretenía viendo un par de luciérnagas que allá fuera, en el jardín; se dedicaban a jugar tirando luz por todos lados. Sigo igual de distraído, y aún no sé qué poner en estas cuevas que dejaste, por ahí si tienes un instructivo envíalo, que yo nunca he sido bueno decorando.

*

Las imágenes que acompañan al texto son propiedad de Dario Torre.

***

El amor es eso que nos motiva a levantarnos felices, a vernos al espejo con una sonrisa, a desear hacer lo correcto, por eso, 
estos poemas sólo los podrás dedicar
 a quien verdaderamente amas.

TAGS: Cuentos Nuevos escritores Desamor
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Jorge Peláez Thomas


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