Como no tengo tiempo que perder, te arranco la ropa y te muerdo los labios

jueves, 18 de mayo de 2017 8:09

|Enrique Ocampo



La prosa de Enrique Ocampo se caracteriza por su carácter orgánico, visceral y de ritmo trepidante. Su universo trasciende sobre lo real, indaga en los imaginarios lingüísticos como metáforas de hechos exaltados. El erotismo y el simbolismo unifican un texto impecable, perteneciente a su libro Salto de fe, el cual puedes adquirir por aquí.


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Sin tiempo que perder


Sólo nos queda esta noche y lo sé. Lo sabemos. Con el primer rayo del alba colándose por la ventana te irás para siempre; desaparecerás; te perderé. Lo sé. Lo sabemos.

Esta amarga medianoche de tintos escasos y humos espesos, somos melancólicos condenados, en espera del inclemente verdugo que es el sol. No tengo tiempo que perder, pero me atrevo a gastar un segundo en imaginar si será posible juntar todo el amor del mundo, toda la pasión de los tiempos, todos los besos de la imaginación; comprimirlos en un segundo intenso y explosivo y dártelo las pocas miles de veces que podría en los pocos miles de segundos que me quedan hasta que te mueras de amor, o te mueras de pasión, o te mueras de besos o, mejor aún: te mueras de mí. Rápidamente vuelvo a la realidad etérea; me doy cuenta de que no es posible y, como no tengo tiempo que perder, te beso. Tus labios perfectos, como dibujados por Cortázar, me saben a fruta madura y al tic-tac del reloj impaciente y, sobre todo, me saben al recelo del tiempo más sincero, temeroso y frustrado que puedo imaginar. Sin embargo, como siempre, tus labios me saben a fresa.


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Temeroso, miro de nuevo el reloj; con la garganta hecha un nudo y colgando de la misma mano que pronto voy a usar para acariciar tu cabello, miro de nuevo el reloj. Sólo ha pasado un minuto, pero es un minuto que me suena a que me arrancan los huesos.

Ingenuo, aventurado y con tonta esperanza, me atrevo a pedirle en mi mente al reloj que se detenga un instante. Que me regale un segundo, que nos fíe un momento. Al abrir los ojos, entiendo que el reloj no me ha escuchado y nos ha clavado en el alma otro par de pares de segundos. Como no tengo tiempo que perder, paso mi mano entre tu cabello áureo; deslizo mis dedos entre tu cabello y acaricio tu cuello. Te mato como puedo con la mirada, te revivo como quiero con caricias y me suicido como jamás habría imaginado con un abrazo surreal, largo, cálido y que me sabe a ansiedad y al rítmico pasar de los segundos pero, sobre todo, me sabe al frío y asustado sudor de poeta resignado que ha visto un futuro donde se queda mudo. Sin embargo, como siempre, tu abrazo me sabe a azúcar.

Exaltado y como viendo sin ver, le dedico una mirada al reloj y se me vuelven de vidrio todos los músculos del cuerpo. Han pasado ya diez minutos y el infeliz e inexorable segundero no parece dispuesto a retrasar su carrera.


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Loco, crédulo y expectante, me atrevo a pedirle en voz alta al reloj que nos conceda retrasarse un poco. Que nos apadrine un minuto, que nos dé a préstamo sesenta segundos. Le doy un instante para escuchar mi petición y, cuando me doy cuenta, sé que me ha ignorado y nos ha inyectado en la sangre otro par de venenosos segundos. Como no tengo tiempo que perder, te arranco la ropa, te muerdo los labios, te rasguño la espalda, te apuñalo los ojos con la mirada y dejo de preocuparme por el reloj. Juego contigo y juegas conmigo. Jugamos a jugar y jugamos a herir y me susurras poemas de Sabines al oído y te canto canciones de Sabina a los labios mientras te quito la sangre de las venas con los dientes y nos matamos y nos morimos y me destruyes y me reparas y jugamos y peleamos y reímos y lloramos y el cielo se cae a pedazos escarlata sobre nuestras cabezas aturdidas por el frenesí de labios y saliva y uñas y dientes y cabello y muslos y miradas y lluvia y frío y calor y el vino de la tarde y el pan de la mañana y el humo de siempre y el sol de ojalá nunca, y los animales y las plantas se acercan y los planetas se extinguen y las estrellas explotan y la música suena y las cascadas se desbordan y la luz de las velas inunda el cuarto y nos moja y nos quema y nos sofoca y, cuando por fin nos ahoga, caemos rendidos, extasiados, muertos y vivos en un mar de sudor y lágrimas y risas y almohadas y golondrinas y peonías donde el tiempo no existe.

Pero el tiempo, que se detuvo para nosotros, nos pasa la factura más temprano que tarde y miro el reloj y el espíritu se me va a todos los círculos del infierno cuando veo que una hora más se ha ido en el tren del olvido, dejándonos parados y congelados en la estación de la nostalgia.


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Desesperado, casi inconsciente y agonizante, me alejo de tu lado y me paro y me desvivo a gritos contra el reloj; le exijo una prórroga, le suplico que deje de avanzar; le lloro un río y luego un mar a cambio de que nuestra última noche dure para siempre. Como única respuesta obtengo el tac del pérfido segundero que me clava en la cara la decisión final de no apiadarse de mí, de no bendecirnos con su silencio perpetuo.

Pierdo la razón. Ignoro tus brazos amorosos que me llaman de vuelta a la cama y exploto contra el reloj, insulto al tiempo y mato diez mil veces en mi mente a todos los segundos que han pasado en la historia. Grito y chillo y le escupo directo al alma a todas las manecillas de todos los relojes de todos los mundos. Tú te levantas, me recuerdas con una seña que no tenemos tiempo que perder, pero yo apenas te veo. Sé que no tengo tiempo que perder y lo aprovecho en destruir los cimientos del tiempo mismo. Le llueve ácido al tiempo y ahogo y quemo y asfixio y enveneno y apuñalo y destazo y desuello y desmiembro y mutilo y torturo y golpeo al reloj y luego vuelvo a empezar otra y otra y otra vez hasta que lo he hecho un millón de veces y tú me gritas que no tenemos tiempo que perder y yo ya no quiero saber del tiempo nunca más hasta el día en que me muera; el tiempo es un traidor, un inexplicable, maldito e impertérrito traidor.


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Cuando salgo de mi trance, tú ya estás dormida. Me duelen los ojos y me sangran las manos y me palpita el pecho y no me queda un solo demonio dentro. Es hasta entonces cuando entiendo mi error. Veo el reloj, intacto, y todos los demonios se me meten al cuerpo de golpe y me atropellan y me laceran y me hacen sentir náuseas. Faltan menos de diez segundos para el amanecer. Mi tiempo contigo se acabó y lo desperdicié y me odio mucho y te amo tanto y siento que llevo ya mil años extrañándote. Me acuesto junto a ti en los últimos segundos; ya casi puedo ver el primer rayo del sol entrando por la ventana y secuestrándote para siempre.

Como ya entendí que es inútil pedirle algo al reloj y como sé que no tengo tiempo que perder, te beso en la frente con toda la ternura de la que un hombre es capaz y cierro los ojos cuando nos queda poco más de un segundo juntos.


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Un segundo. Dos. Diez. Todavía siento tu calor junto a mí. Veinte. Cincuenta. Consternado, abro los ojos y te veo despierta y sonriendo y con el amanecer llenando toda la habitación excepto la cama. No entiendo qué pasa hasta que veo el reloj. Casi guiñándome un ojo que no tiene, el segundero se detuvo justo un segundo antes de que te fueras para siempre. El reloj estaba inmóvil, la habitación estaba iluminada a medias de un modo fantasmal y, más importante, tú estabas junto a mí. No sabía si el reloj había decidido complacerme por lástima o si el tiempo se había roto o cualquier otra increíble alternativa, ni sabía cuánto tiempo duraría este segundo junto a ti, pero, aunque sólo durara un segundo —lo supe en cuanto sonreíste— sería más que suficiente.

***

La intensidad de los momentos más cruciales se magnifica con la narrativa, los elementos estéticos del lenguaje y la capacidad creadora de una voz que hila y conduce imágenes como un sueño dirigido. Cortes rápidos, instantes de pausa. Sobre el cuadrilátero, todo luce como una batalla existencial en la que el amor da náuseas.

TAGS: cuento
REFERENCIAS:
Enrique Ocampo

Enrique Ocampo


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