Todos los payasos son malvados, sólo se quieren alimentar de tu risa
Letras

Todos los payasos son malvados, sólo se quieren alimentar de tu risa

Avatar of Hermes Moncada

Por: Hermes Moncada

8 de junio, 2018

Letras Todos los payasos son malvados, sólo se quieren alimentar de tu risa
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Por: Hermes Moncada

8 de junio, 2018

Aquella noche asistí a la función de un pequeño circo. Su ambiente era lúgubre. Carteles con imágenes bizarras y morbosas adornaban el lugar; sin embargo, las presentaciones fueron excepcionales, al menos casi todas.

Odio a los payasos. Me parecen vulgares, ridículos y huérfanos de humor; y a pesar de todo, uno de ellos, por destino o azar, centró su interés en mí. Todo en él era un triste cliché: zapatos chillones, nariz roja brillante, pantalones abombados y una chaqueta adornada con una pequeña flor que lanzaba un débil chorro de agua. Lo intentó todo para arrancarme, al menos, una sonrisa.


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De regreso a casa me detuve a observar un globo rojo atado a una señal de tránsito. Algún padre debió de castigar a su hijo quitándoselo, pensé. Al llegar a mi casa me percaté que sobre la alfombra de la entrada había confeti esparcido; me tomé el tiempo para sacudirlo. Entré, estaba exhausto. Me dirigí a la cocina en busca de algo que comer, al abrir la nevera me sobresalté, estaba repleta de tartas de crema que desprendían una fuerte fetidez. Contuve el vómito en el momento. Cerré la nevera de un tirón y corrí al lavavajillas a vomitar. Dejé corriendo el agua del grifo, incliné mi cabeza hacia abajo y cerré los ojos, tenía un fuerte dolor de cabeza. Un chillido me provocó un escalofrío.

Volteé lentamente, el impacto de algo sobre mi cara me tiró al suelo. Pasé mis manos sobre mi rostro limpiándome lo que era crema de tarta y gusanos. Vi a mi atacante. Parecía un cadáver recién exhumado: traje roto, suciedad en todo su ser y un hedor fétido que llenaba la habitación. Aun así, era imposible no reconocerle. Era el payaso.


Presionó la flor de su traje. De ella salió un chorro de sangre que me empapó por completo. El hedor me oprimía, se me dificultaba la respiración. Hizo un pequeño baile: saltos pequeños y algunas volteretas. Me miró dibujando una sonrisa que dejaba ver sus fauces repugnantes: "¿Te ríes ahora?", preguntó. Yo estaba paralizado, sentía cómo los gusanos se movían en todo mi cuerpo; la sangre, la crema, el maldito hedor…. Gritó más fuerte: "¡¿Te ríes ahora?!".


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Claro que reí, reí a carcajadas, con todas mis fuerzas y todavía lo sigo haciendo. Por nada del mundo dejaría la seguridad de mi habitación acolchada. Sé que el día que lo haga me estará esperando, con una expresión de triunfo en su rostro grotescamente maquillado, y balanceando una de sus asquerosas tortas sobre la mano.



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Referencias: