Nube azul
Letras

Nube azul

Avatar of Victor Nvarro

Por: Victor Nvarro

29 de enero, 2016

Letras Nube azul
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Por: Victor Nvarro

29 de enero, 2016



nube azul

Recién empezaron mis veintiséis octubres cuando todo esto sucedió… llegó de la mano con un sentimiento de esos que sólo sentimos cuando somos capaces de salir de nuestros cuerpos… cuando somos capaces de hacernos mar, cuando somos capaces de hacernos cielo en el atardecer o de hacernos amanecer despiertos sin haber pronunciado siquiera una palabra.

Fue en un martes frío pero sin nubes… tan pronto salió el sol, un rayo de luz perdido rebotó en un charco, que a su vez se estrelló directamente en mi barbilla, dejándola ligeramente partida, el impacto me obligó a levantar la cabeza entera y mis ojos, sin perder el tiempo, la encontraron. Ella caminaba tan desentendida de todo, tan libre de incendiarlo todo… ella iba tan suelta de prisas, tan larga de pestañas… ella andaba tan domadora del tiempo, tan ausente de apuros… y es que viajaba tan ligera de pensamientos y tan roja de labios. Pasaba por la banqueta justo al frente del local que con mucho trabajo había echado a andar el febrero pasado, se organizó una gran cuchipanda en el barrio, muy llena de esfuerzos, demasiada engentada de voces conocidas y absurdamente atiborrada de personas divertidas… es más, hasta el regente del entonces barrio de la luz asistió con la más joven de sus dos esposas… que yo no sé… y creo que nunca lo sabré… pero decían que le era infiel con el talabartero del local de al lado, en fin… ¡Ella iba despedazando al tiempo!

A cada paso que acertaba, el reloj hacia mutis, aguantaba la respiración, se escondía debajo de la manga de su abrigo e imaginaba que estaba en ese tiznado y cálido taller al que el llamaba hogar, hasta que inevitablemente, el sonido de su tic tac le delataba; asiéndolo por el segundero, y el minutero, ella le retorcía las manecillas hasta hacerlas jurar que nunca avanzarían más, era como si la tierra no se sintiera digna de ser acariciada por sus pies… el planeta entero se cimbraba cada vez que ella le pisaba, era como si el mar se partiera en dos para dar paso al pueblo donde habitan sus deseos, era como si el mismo mar fuera escondido en sus enaguas… como si su semana tuviera dos domingos.

Yo con el mandil y la escoba en mano le seguí… le seguí como un ave vuela instintivamente a través de la vereda migratoria hasta el lugar que le vio nacer, me fue imposible detener mis instintos, no me atreví siquiera a cuestionarlos… la seguí por todo Revolución… quizás fueron ocho o nueve manzanas, la seguí hasta que su aroma se mezcló, confundió, luchó, rindió y finalmente desapareció ante este nuevo y celesprecioso rastro.

Sin darme cuenta me encontré en la esquina de la calle Durango y Mariano Rayón, la misma esquina donde dos años atrás me habían robado el último de mis suspiros, mi cartera con un billete de doscientos pesos, unas fotos familiares y un poco del brillo de mis ojos, y así, una vez más no pude detener mis instintos, jamás me he atrevido a hacerlo… y como si hubiera muchas más como ella, la solté… solté la estela que ese rio morado dejaba al andar y no pude hacer más nada que seguir este nuevo rastro… Basta con decir que no sé si era cielo o un mar disfrazado de noche que pretendía ver el amanecer, no sé si era un sentimiento o muchos, o una lluvia de esas que te deschavetan todita el alma… le estaba siendo infiel a la razón y no sabía nada de lo que ocurría… bueno, realmente no me interesaba saberlo… lo estaba gozando tanto como aquellas prolongadas temporadas llenas de familia y amigos que gasté en el campo, en un pequeño rancho que solía tener mi familia en el pueblo de Molcaxac[1].

Era una esencia tan desconocida y tan llena de sombras en este día tan sin nubes-tan sin gente, era como si sólo existiéramos este olor y yo… era un aroma tan lleno de cantos bellos y lunas redondas, era un hogar hecho manjar, era una familia entera hecha voz; poco a poco esta voz me penetró.

La acera se hizo amplia, casi tan amplia como la calle… los sonidos de la ciudad fueron apaciguados uno a uno hasta quedar solo esta melodiosa voz. Voz parecida al sonido del amanecer saliendo, voz parecida al sonido de setecientos ríos corriendo hacia el mar, voz parecida al sonido de los arboles creciendo después de una sequía de cien años, voz parecida al sonido del cortejo del atardecer con las cigarras.

Conforme el rastro se adentró más y más en las comisuras de esa boca, todo resultó inédito, sin darme cuenta me había alejado ya desde hace rato de la ciudad y me encontraba perdido en medio de este lugar, bueno, esperaba que fuera el medio porque ciertamente no encontraba el norte, ni encontraba el sur y como era de esperarse… tampoco encontraba mi cartera; trepé a un gigantesco y arrulino ahuehuete que había sembrado en mi cabeza durante la infancia, precisamente el día en que me caí del tejado de la casa de mis padres, por estar jugando a que era ave… y a que podía volar.

Una vez que me orienté, monté un puesto de observación -que por cierto era muy acogedor-, completamente camuflado tras mis gafas de sol, fue mi hogar durante cinco largos pasos… en los cuales fui paciente, permanecí en silencio y por delirantes y extasiados instantes pude escucharla, pude observarla, pude olerla, pude sentir la corriente de aire creada por la fuerza de sus palabras, pude temerle… sentí como hirvió mi cuerpo y como mi boca se evaporó, era como si cada palabra que esta voz pronunciaba estrellara un avión kamikaze directamente contra mis labios, sentí como el verde se hizo azul con el amarillo de tus palabras, era como el amarillo que emiten dos cuerpos desnudos cuando se abrazan justamente antes de morir… como lo hacen todas las noches… exactamente igual al abrazo que se da cuando no se tiene la certeza de poder regresar. Me salí de mis pensamientos… me saque las gafas, me acerqué a la suicida línea donde tu voz termina y la mía comienza, te sonreí… y me sonreíste también… nos dijimos “hola”… y así, más perdido que nunca te encontré… querida y pomposa nube azul, sentada en un pequeño café de los portales… me ajuste el mandil, agarre fuertemente mi escoba, me monté en ella… y desaparecí contigo y con el mediodía.

[1] Molcaxac: Del náhuatl “molotl” que significa gorrión, “caxa” que significa nidal y “c” que significa en. “Donde los Gorriones Tienen sus Nidos” o “Lugar del Nidal de los Gorriones”.


Referencias: