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Nuestra historia tenía que terminar

Letras Nuestra historia tenía que terminar




Nadie dijo que superar el dolor luego de perder a alguien sería fácil; sin embargo, no es imposible, como lo narra Andrea Monroy en el siguiente cuento:




Estaba sentada al lado de un montón de cajas. Era momento de tomar mi destino, había unos cuantos libros tirados que me rodeaban, una cinta para pegar y unas fotografías que me faltaban por guardar para completar la mudanza. Era primavera y yo estaba lista para la nueva ciudad.

Condujimos durante seis horas. Cuando entré al departamento, en el tercer piso, olía medio a nuevo, a viejo y a un montón de humedad, pues la casera mencionó que había goteras en la cocina. Pronto acomodé las cosas, mi diseñadora de interiores llegó para darle toques de naturalidad y paz al nuevo hogar.

Casi se hacía de noche y las persianas no estaban aún en su lugar, el ventanal reflejaba mis velas en el piso y cajas por doquier. Por eso me tropecé y me golpeé justo en el tobillo con una mesa que sostenía dos álbumes de fotografías que guardaban todos los recuerdos de él.


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Lo conocí cuando tenía 23 años y aún estaba en la escuela, era nuestro último año; él, un joven culto que me entretenía con sus temas sobre el espacio, las galaxias y de una que otra tontería que para mí lo eran todo.

Yo me empeñaba en coquetearle cada vez que lo veía, me acomodaba los rizos y hundía mis dedos en los bolsillos de mis pantalones, jugueteaba con la cinta de mi mochila y le hacía unos ojos muy pícaros cada que, accidentalmente, chocábamos en el pasillo.

Le contaba las pestañas largas y finas que colgaban de sus ojos claros, me perdía siempre en su cabello alborotado y sus dientes que parecían mármol cuando hablábamos durante el almuerzo. Mis encantos lograron lo cometido, y al mes de conocerlo me pidió que fuera su novia; era un sueño hecho realidad.

Siempre llegaba en su camioneta de forastero, vestido con su chamarra de pana. Tocaba el claxon y yo corría para subirme a su auto. Todo era perfecto; sin embargo, al paso del tiempo todo se volcó, las peleas aumentaron de volumen, ya no sonreía, mis salidas con él se volvieron aburridas y estaba cansada.


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Decidida a dejarlo, fui hasta su casa, le grité que no lo amaba, que no lo quería y que estaba harta. Tomó las llaves de su auto, azotó la puerta y salió envuelto en furia. De regreso a casa, lloré con todas mis fuerzas porque sí lo quería, sí lo amaba, pero no podíamos seguir así.

Por la noche su hermano tocó mi puerta y tenía una cara de horror. Me agarró del brazo y me jaloneó, me dijo que todo estaba destruido y que tardó cinco minutos para cerrar los ojos; yo no entendía nada hasta que vi la pulsera que le regalé hecha pedazos dentro de una bolsa de hule.

Pasaron casi tres años para que me recuperara del dolor que sentí cuando me dijeron que jamás volvería a verte. Un psicólogo y un montón de café expreso sirvieron para dejar de sentir que te habías accidentado por mi culpa, que nuestra historia tenía que terminar, pero no de esa manera.

Hoy me duele más el golpe de mi tobillo que aquel torbellino en mi cabeza.


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Cuando perdemos de manera repentina a la persona que amamos, es difícil aceptar que nunca más regresará; pero debemos pasar por un duelo para poder sanar la herida, y aunque siempre nos hará falta, sí es posible tener una vida feliz luego de perder a alguien... lee más aquí.


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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Natalie Alien.





Referencias: