Nunca nos amamos al mismo tiempo

viernes, 19 de mayo de 2017 13:32

|Janet Sanchez



¿Cuánto tiempo nos toma entender que el amor se ha muerto?, ¿cuánto nos toma separar los caminos que parecían unidos para siempre? A veces lo difícil no es saber la verdad, sino aceptarla, y en el amor no es la excepción. Creemos que a base de rutina y buenas intenciones todo es posible, pero las relaciones necesitan un toque mágico para funcionar: sincronía.

En el siguiente cuento de Janet Sánchez, los protagonistas aprenderán de lo peor manera que a veces amar no es suficiente.


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Dejé que te fueras para ser felices los dos. Te encontré un día en casa de tus padres con ganas de no conocer a nadie. Estabas enfermo de tanto estar solo, eras tan joven y tan viejo. Dijiste que las mujeres no podían soñar, que eran débiles, pero en ese momento yo me vi soñando contigo. Mi falta de experiencia y mis ganas de vivir te llevaron directo a mis piernas vírgenes.

Me colé en tu casa y en tu vida, nos llenamos de sexo y de amor loco. Tú eras un pintor que tenía un corazón lleno de mi nombre, yo apenas un intento de escritora. Hacíamos todo juntos, comíamos, bebíamos, reíamos, hasta llorábamos juntos. En ese tiempo sólo estábamos experimentando nuestra joven fuerza que hacía que te tomaras muy a pecho las cosas.

Me tuviste muchas veces desnuda, con mis pechos que eran una perfecta compañía para tu boca y tus manos, y mi mano para tu cabellera lacia, tu piel morena con olor a ti, ese olor que hasta la fecha no puedo olvidar. Tu sabor era tan liso, puedo aun sentirlo en mi lengua. Tuvimos sexo en todas partes, en tu casa, en la mía, en el baño, en el hotel de siempre, en una camioneta, en el coche de tu papá, en la sala de tu tía, en el monte, en la calle cerca de mi casa. Y todo era dulce cuando terminábamos despiertos a media noche y yo estaba encima de ti.

Un día yo quise dejarte, porque tu amor loco era insoportable. Era tan joven que no sabía que el destino me marcaría para estar de nuevo contigo. Entonces vivimos juntos. Me prometí hacer bien las cosas contigo, amarte y quererte, no tener hijos y vivir feliz junto a tu flaquísimo ser; con tus pinturas de mí, con tus malditos celos y conmigo también. Siempre ha sido un problema estar conmigo, siempre encuentro algo nuevo que hacer para no estar con las personas eternamente, y claramente fue tu caso.


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Cuando viví contigo tuvimos más sexo, todos los días teníamos sexo, estaba extasiada de tenerte sin ninguna restricción. Odié ser una mujer que se quedaba en casa a esperarte; odié ser tu mujer, la que lavaba tu ropa y limpiaba tu casa, la que te hacía de comer y tenía que servirte cada vez que llegabas; odié ese maldito encierro en el que me tenías. No podía estar sola, siempre me seguías o me mandabas con algún maldito chaperón, siempre estabas ahí y no me dejabas respirar. Tu amor tan entregado y tan obsesivo me estaba matando. No tenías cadenas, porque de otro modo me las hubieras puesto cerca del cuello y no me dejarías ir nunca.

Encontré la juventud loca de la que nos estábamos olvidado en brazos de otro, al que tú odiaste con todas tus fuerzas. Sentiste pena por ti y yo también la sentí, porque tu amor era tanto que no dejabas que me fuera. No fue bueno para ninguno de los dos, todas las mañanas tú me necesitabas, pero yo siempre amanecía enroscada en el cuerpo de otro.

Nos dejamos de ver por un tiempo, lloramos por separado las ausencias, por tus sueños perdidos, por los míos, por nuestra falta de experiencia, por todos los pretextos que uno se puede inventar para no sentir culpa. Tiempo después fuiste a mi casa, dormías de nuevo conmigo y hablabas con mi familia. Ya no querías ni casarte ni tener hijos, pero sí seguir conmigo. De nuevo nos íbamos a los bares juntos, terminábamos borrachos, después en una cama, luego hacíamos soñar esos colchones tan viejos, justo en aquellas calles del Centro Histórico. Estoy segura de que la gente que pasaba por la calle podía escuchar todo lo que pasaba adentro. Teníamos sexo en el baño con agua caliente, te abrazaba,  veía tus pies, con tu dedo chueco, volvíamos a tener sexo.


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Después nos volvimos a dejar…

Regresé porque me hacías falta, sorprendentemente ahora yo quería casarme contigo, quería estar a tu lado siempre y tener muchos hijos para enseñarles de nuestros sueños, de nuestros libros, de nuestras obras y del amor. Pero seguramente tú ya habías conocido otras piernas en las cuales posar, donde te desconcertaba el amor frágil pero sin pasiones. Conocí la soledad de cuando estás acompañado. Fuimos a beber de nuevo a un bar que está cerca de la calle de Regina, ahí escuchamos a algunos escritores declamar sus más sinceras plagas plasmadas en papel. Volvimos a terminar en un hotel de mala muerte; no fue lo que yo esperaba, ya no éramos los mismos, más bien ya no había amor, ni entrega, incluso me dolió el alma. La verdad es que ya no tenía sentido desnudarnos cada vez que nos encontráramos. Ya se había acabado todo, el amor y toda la entrega, sabíamos que nos teníamos que dejar ir.

Así fue, no nos vimos durante mucho tiempo.

A pesar de eso nunca te olvidé, te llamé en cada cumpleaños, pregunté por tu salud, nos volvimos a ver unos años más tarde. Fuimos más serenos y nos mantuvimos en la línea, después de tanto sexo, después de tanto llorar, nos despedimos como los adultos que ahora somos, nos deseamos mucho bien y no nos volvimos a ver.


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