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LETRAS

Nunca te aferres a todo aquello que no te haga vibrar

Por: Eduar Said Beltrán28 de septiembre de 2017

Me lo contó una noche. Una de esas tantas noches de romances apasionados, en las que se cierne la lujuria y el pecado. Esto que tenemos no es más que la complacencia de momentos inolvidables. Esto, mi amigo, es el signo conjugado del trópico.  

Fue así que continúe descifrando los misterios que se le atribuyen el ser dueño del otro. Pero no del otro físicamente, que anda a ciegas y con la docilidad del cuerpo quebrantado.

A menudo nos convertimos en la servidumbre de la clemencia que lidia con las desgracias ajenas. Somos almas suplicando un amparo, un amparo haciéndole el desprecio a la muerte, moderando los prejuicios del corazón y manifestando en vana ostentación el suplicio de la placidez.  

—Me decía: "Nunca te aferres a todo aquello que no te haga vibrar". En cierto modo, parecía algo justo y razonable, no era conveniente quemar el furor de la vida en banalidades y, mucho menos, en una felicidad tan esquiva. Era como si el azar se hubiera ensañado contra nosotros, jugándonos un absurdo; y en ese afán tan desenfrenado, estuviéramos orquestando una nueva emoción. Nunca hubo presunciones en el placer de ir, ni pormenores en la urgencia de llegar. La nefasta adicción se fue convirtiendo, entonces, en algo más imprudente. Una imprudencia que elogia los propósitos de la satisfacción.  

Pasé eternas vigilias tratando de descifrar el resultado de lo que éramos, y en el máximo esfuerzo de discernir la lucidez de la mente, caí en innumerables reproches infundados en el mérito de mi proceder. Engañosa virtud que cumple con su deber en los infortunios del deseo.  

¿Cómo es posible? ¿Qué aconteció? ¿Será que me enamoré? Esas respuestas sólo las sabrá el tiempo, tiempo que jamás alcanza y menos cuando de amar se trata.  Seremos causa de opinión ajena, causaremos malestar e indignación; pero qué aburrido sería si no lo hubiéramos hecho, solía murmurarme.  

Hoy, el tirano de la vejez me acecha, pero aún recuerdo con exactitud aquellas palabras que evocan la avidez de nuestros impulsos: "No se puede sacar de la cabeza algo que se quedó en el cuerpo".  

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Cuando el corazón toma la decisión de amar a alguien, todo se convierte en un tsunami: "Mi corazón es una ola que destruye y arrastra todo a su paso".


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