Obsesión por los animales

Obsesión por los animales

Por: Jorge Sarquis -

obsesion por los animalesPintura por Bruno Berthier García

–Yo pienso que podría cambiar y vivir con los animales, son tan plácidos y reservados– les decía la señora O´Gorman sin voltear a ver a nadie, ni siquiera a los tres sujetos sentados en la mesa. –Son tan maravillosos, no sudan ni se quejan por sus condiciones… Tiene que ver con como respiran, con como todavía no han enloquecido por ser dueños de las cosas– continuaba diciéndole a Antón, a Mariano y a Don Pedro. De los doctores presentes, ella todavía no se había percatado. El Doctor Carlos Cerval estaba atrás de ella, y la doctora Evelia Rodríguez a un costado, dándole la espalda y hablando con Carlos.

Sólo Mariano la estaba escuchando realmente, los demás estaban envueltos en sus enredadas ideas, delirios de mente. Sobre todo el viejo Antón, que permanecía balbuceándole unas palabras a lo que él creía que era una bocina que salía de la suela de su zapato. Viejo curioso, los doctores decían que era un caso realmente extraño, pues sus ideas siempre eran los mismos balbuceos sin sentido, concretándose en ofuscaciones continuas y aleatorias.

–El juicio es intuitivo, personal, global y concreto; vemos como están las cosas en relación unas con otras y consigo mismas. Este marco es, precisamente, lo que le falta al señor Antón– les decía Cerval a los pasantes cuando los llevaba a aquella mesa, donde todas las mañanas se sentaban los mismos cuatro pacientes a pasar el día; y ahora se lo decía a la doctora Rodríguez.

Mariano estaba aislado en un momento solitario, en una laguna de olvido que lo hacía un hombre sin pasado ni futuro, perdidamente atado a instantes tan confusos como ecuaciones mal copiadas de un pizarrón por un disléxico alumno de preparatoria. –Él es un ejemplo claro del síndrome de Korsahov– también llegó a decir a los pasantes Carlos Cerval, actual director general, y también se lo repitió aquel día a Evelia. Cuando se le metía algo al doctor C. C. en la cabeza, era imposible que éste lo olvidara. Él mismo decía verse como una persona recta, moral y cautiva, y aunque sus palabras no eran más que pura mierda entre basura, con el tiempo se había ganado el respeto de la mayoría. Cosa que, años antes, le había ayudado para concursar por el puesto de director general tras la el infarto del Dr. Genaro. –No creo que haya sido la mejor decisión, nunca había habido un director tan joven– se dijo en secreto entre pasillos, baños y en los cubículos de la entrada.

De Don Pedro, el interno que más años tenía de los cuatro, se decían demasiadas cosas, ni se imaginan cuántas. Él era uno de los consentidos del las enfermeras y no decía ni una sola palabra, con excepción de las secretas  buenas noches que siempre le daba a la señora O´Gorman antes de acostarse. A Don Pedro ser el consentido le traía ciertas ventajas sobre los otros internos, y él era totalmente consiente de ello, por ejemplo: en los comedores le daban ración extra de gelatina, o lo dejaban quedarse en el pequeño cuarto/biblioteca hasta la tarde, y en ocasiones él era quien tenía que cerrarlo.

Incluso un día llegó una enfermera a la oficina principal a decirle al doctor C.C. que Don Pedro no estaba tan loco como se creía; cosa que el neurólogo negó rotundamente. –Está equivocado doctor, el viejo sólo divaga, hasta el punto en que muy pocos pueden tejer los hilos de sus carreteras incoherentes– y con ese argumento le contestó a Cerval, y él cerró su libreta diciéndole que después platicarían al respecto, que estaba muy ocupado. Y aunque la señora Andrea O´Gorman compartía la misma opinión de la enfermera, generalmente fallaban al intentar, todos las mañanas y las tardes, sacarle un poco de plática a Don Pedro.

–¡Si esas bestias no me engañan! ¿Por qué creyeron que podrían hacerlo ustedes?– les decía Andrea unos instantes antes de empezar a darse cuenta del lugar en el que se encontraba, manicomio gris y frío, institución erróneamente diseñada como una palabra mal tecleada o pronunciada, como un murmullo que se pierde en el espacio. De esta forma, entre el par de calcetines sucios que la ruborizaba y lo que trataba de decirles, y lo que realmente les decía, la señora O´Gorman estaba entrando en una crisis matutina.  

–Es normal– dijo el doctor C. Cerval a la doctora Evelia Rodríguez que, como ya he dicho, lo acompañaba a su izquierda, a su costado. Ella no dijo nada, pero volteó su vista a Andrea y Cerval la tomó del brazo. 

–Todos los días deduce que se encuentra hospitalizada en un sanatorio. Créame, todos los días de manera diferente pero a la misma hora y con comentarios de animales, algo único. Lo decía con un tono diferente, intentando causar algo de gracia. Ella intervino, sin haber hecho caso alguno a las palabras del doctor y tras tirar con fuerza su brazo para liberarse, para calmar los nervios al borde de un ataque de la señora Andrea O´Gorman. El Doctor comúnmente la dejaba darse cuenta sola, en parte porque le divertía, en parte porque con el tiempo ya estaba cansado de explicarle lo mismo todos los días.

Don Pedro, tras la agitación de la señora O´Gorman y el desacuerdo disimulado entre los doctores, acercó su cara al centro de la mesa, redonda y de madera. Inclinando la espalda, estaba a punto de decir algo. Y como eso sorprendió a todos, se hizo un silencio ambiguo…

­–Ese hombre ha perdido una parte de su propio cuerpo. Él sabe que la ha perdido– dijo a sus compañeros y después volteó su mirada fijamente hacia el doctor Carlos Cerval. Sus ojos reflejaron algo de cariño, ese cariño de un viejo cuando mira la inocencia de un joven o de un niño.

–¡El yo! Se ha perdido a sí mismo y no puede saberlo– dijo y, una vez más, silencio, los cinco se quedaron en absoluto silencio, con su mirada perpleja y puesta en el viejo que estaba a punto de decir más cosas. ­–Doctor, usted ya no es el mismo, es como si hubiera olvidado o perdido algo y no pudiese encontrarlo, ni mucho menos recordarlo. Sin embargo, aún cree estar radiante y saberlo todo– Don Pedro agitó la cabeza, continuó. –Yo creo que tiene miedo de algo, se ha dado cuenta que los hombres estamos perdidamente atados al final de nuestras vidas. Si no me cree, pregúntese usted mismo qué ha hecho de su vida, a dónde fue la fantasía de cuando era niño…

Ahí paro, lo hizo de repente como si se le hubiera acabado el comestible que articula las palabras, como si hubiera dado la última brazada en el río que es la vida. Se cree, equivocadamente, que fueron sus últimas palabras, pues el viejo murió en cama esa misma noche, tras un infarto nocturno y repentino, pues a pesar de su edad Don Pedro se encontraba de la mejor forma. (Pero no nos adelantemos, volvamos a un día antes)

Hasta la señora O´Gorman había olvidado su escándalo, Don Pedro por fin había dicho algo concreto y no sólo palabras aisladas, solitarias. –Yo creo que lo mejor será que me acompañe, es sorprendente lo platicador que ha despertado esta mañana– dijo el doctor C.C. en tono un tanto sarcástico. –Será mejor hacerle un par de pruebas al viejo, tiene años sin decir tantas oraciones– concluyó, sin muy buen juicio, con la doctora Rodríguez.

–Nada más difícil que mirar a las cosas sin prejuicios, los animales lo hacen sin ningún problema y los hombres lo intentan a través de juicios racionalmente ridículos– replicó la señora O´Gorman, la cual no había tenido su ataque matutino por primera vez en años, cuando el doctor Cerval se había llevado al interno, cuando estaban solos.  

–Yo creo que al final llega a dar lo mismo, sólo aprendemos a pensar en determinadas circunstancias, los animales piensan a través de sus instintos todo el tiempo, como lo hacen los tigres, camellos, elefantes, o incluso los alacranes– dijo mirando fijamente al viejo Antón, que tenía media cara paralizada y su cuerpo yacía bajo una manta de cuadros marrones y rojos en una silla de ruedas metálica.

Sin Pedro la tarde les pasó más rápido de lo que esperaban y por la noche la señora Andrea se sintió un poco mareada, por lo que decidió irse a acostar temprano. Los peses que tenía a un costado de su cama normalmente le ayudaban a conciliar el sueño, o al menos eso es lo que le decía a todos en el manicomio.

–No enciendas la luz, escucho mejor en tinieblas, parecido a como lo hacen los búhos y los lobos– le dijo al viejo que estaba asomado en el marco de la puerta.

–Buenas noches Andrea– dijo el viejo y se retiro lentamente de la vista de la señora O´Gorman.

–Que tengas un buen sueño, yo soñaré con los treinta y ocho hermosos perros callejeros que tuve alguna vez en casa– susurró y Don Pedro ya no alcanzó a escucharlo. Esa fue la última vez que aquellos dos se vieron.

Esas fueron las últimas palabras de Don Pedro.  

Al día siguiente, temprano en la mañana y tras el descubrimiento del cadáver, en el sanatorio se encontraba un ambiente más tenso y pesado que de costumbre, no sólo los pacientes y el personal de limpieza se preguntaban la causa de aquella muerte repentina, sino también la mayoría de los internos y los familiares de los internos que estaban en ese día, Domingo de visitas. Mariano le dijo a la doctora Evelia que él sabía la respuesta, que al señor Pedro se le habían acabado las palabras. También le dijo que la señora O´Gorman no había salido de su cuarto, y a eso último fue a lo único que Evelia le hizo caso; por el resto, tan sólo se limitó a preguntarle si ya había tomado su medicamento.

Al entrar al cuarto, la doctora Evelia vio a la señora O´Gorman parada, mirando por la ventana, perecía que estaba petrificada. La saludó con una sonrisa fingida y giró su cabeza para mirar fijamente la pecera.

–Hay días en los que pienso que los animales son completamente distintos a nosotros, no se sienten agitados, inquietos o perdidos por los conflictos entre hombres… Se muestran profanamente atentos a la belleza y a al magia del mundo, sensibles a las estaciones del año y a todas esas constelaciones– dijo sin apartar la vista de la ventana la señora O´Gorman. Ese fue su saludo inesperado, Evelio siguió con su mirada puesta en la pesera.

–Yo en ocasiones los veo mirando a las estrellas como millones de ventanas encendidas, por las luces de las velas que hacen evidente que alguien vive dentro de ellas– y siguió mirando a través de la ventana al cielo, mientras en su cabeza sólo habitaban animales.  

Evelia Rodríguez no quiso, o no pudo entender, nada de lo que dijo la señora O`Gorman, por lo que se quedó pensando si de casualidad el pez que flotaba de cabeza, muerto, sería el pez dorado que la señora había nombrado Pedro por el interno fallecido esa mañana.

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