Razones por las que a pesar de todo seguiré siendo profesor

Razones por las que a pesar de todo seguiré siendo profesor



A veces es necesario escuchar unas cuantas palabras para inspirar y explorar aquello que realmente nos apasiona, aunque parezca que no vale la pena.





CARTA A MIS ALUMNOS —O DEL PENSAMIENTO DE UN PROFESOR


Son las 11:00 de la noche, estoy sentado frente a mi escritorio observando diez torres diferentes de hojas de papel engrapadas, con un broche grande manteniendo cada torre firme y separada, son los exámenes que acabo de calificar de la última evaluación del año escolar de mis grupos; delante de ellas hay una serie de hojas con nombres y fechas, cada una de estas hojas tiene mil y un números, marcas, cruces, anotaciones y quizás una que otra mancha de café que accidentalmente dejé al recargar mi taza sobre ellas, son las listas de asistencia y de actividades de dichos grupos; a mi costado derecho hay una vieja computadora portátil, una laptop que trabaja arduamente para soportar la página que estoy utilizando, una plataforma donde registro constantemente las calificaciones del alumnado; y a mi costado izquierdo hay una cafetera preparando su elixir un poco más cargado de lo habitual para aguantar una noche que creo que será larga.


Ser profesor no es sencillo, calificar exámenes de todos mis grupos, registrar calificaciones y trabajos en plataformas no solamente es algo desgastante, sino a veces frustrante, pues mientras ves alumnos que son excelentes en lo que hacen, hay algunos otros a los que simplemente no les interesa ni importa; pero recuerda: "a ellos no les importa, pero a ti te debe de importar", es parte del trabajo, de los roles que el profesor toma hacia el alumno para que aprenda y se lleve algo de cada clase —que no sea un reporte o una nota de mala conducta—, pero a veces simplemente no puedes cambiar la manera de pensar y actuar de tus alumnos.


Por ejemplo, hoy estaba a la mitad de mi clase escribiendo en el pizarrón, cuando de momento escuché un fuerte golpe atrás de mí, giré la cabeza y pude observar sobre mi hombro una escena algo confusa: uno de los chicos, Héctor, yacía en el suelo del salón frente a su banca recuperándose de algún impacto en el vientre, que por la expresión en el rostro, puño alzado y la posición de pie al lado del herido en que se encontraba Natanael, pude asumir que él era quien había soltado aquel golpe. ¿Pero cómo?, no habían pasado ni dos minutos de que me había volteado al pizarrón para escribir el ejercicio que realizarían, ¿En qué momento sucedió el incidente? Bueno, sólo Dios sabe. Dios y todos los demás jóvenes presentes en el salón, pero que por ningún motivo dirían cómo ocurrieron los hechos. El proceso que este evento generó después fue el rutinario, una larga y tediosa serie de papeleos y reportes, únicamente para terminar en una disculpa dudable entre ambos involucrados que al día siguiente olvidarán y seguirán con su rivalidad sin sentido.


¿No les parece que es innecesario tanto estrés? ¿No debería de ser diferente? Debería de poder llegar y dar mi clase tranquilamente, calificar exámenes de puntaje perfecto y tener alumnos con clases ejemplares, así como las que me planteaban en mis clases en la universidad donde me enseñaban métodos, dinámicas y demás elementos enfocados a la docencia; pero todos y cada uno diseñados para la clase utópica, la que todo profesor desearía tener pero que son muy pocos los que la tendrán de frente verdaderamente, aquella donde no hay alumnos problemáticos, donde todos se comportan y están en silencio, donde cada minuto de la clase es aprovechado al máximo y los alumnos aprenden sinceramente. Pero no es así, hay muchos factores que influyen en una clase, desde la ubicación del salón, hasta el chico o chica a la que mamá y papá no ponen atención en casa y la buscan de manera destructiva haciendo revuelta en la clase. ¿Debería de seguir enfrentando esto? ¿Debería de renunciar y dar clases particulares?


Cuando me pregunto todo esto regreso a la pregunta original:¿por qué soy profesor? Y recuerdo cuando mis padres se opusieron diciendo que ganaría más dinero siendo abogado o médico, que no sería sencillo conseguir empleo en una buena escuela, que la vida de profesor es sólo calificar, que no tenía la experiencia y carácter para controlar al alumnado; pero también recuerdo la primera vez que estuve de pie enfrente de un grupo, lo joven e inexperto que era, el miedo que me generó el tener que controlar a tantas personas y no poder perder ese control.


Muchísimas veces me equivoqué y un sinfín más me desesperé, pero hay algunas situaciones o emociones que simplemente no les muestras a tus alumnos. Toda esa desesperación y frustración a veces se convertía en enojo, tristeza o miedo. E incluso aún más allá de lo que conlleva emocionalmente, pues también había y hay días en los que una jornada de trabajo de ocho horas se convertían en 12 arreglando proyectos, hablando con padres, recibiendo órdenes de los superiores, tomando cursos para actualizarme, preparando clases muestra, calificando, o por clases y horas extra para poder pagar las cuentas al final de mes.

Todos los días después de llegar de clases, me siento cansado y con todas esas emociones que ya he mencionado, hay ocasiones en las que me siento en este mismo escritorio después de un día pesado, y simplemente dejo mi mente correr entre mil y un pensamientos.


¿Pero entonces por qué no darse por vencido? ¿Por qué no hacer algo menos desgastante? ¿Por qué soy profesor? Porque cuando peor y más cansado me siento es cuando me doy cuenta de que amo con todo mi ser lo que hago, de que me llena y no lo cambiaría por nada, que todo ese cansancio y desgaste es tan sólo un reflejo de mi esfuerzo que me es bien remunerado. Y es bien remunerado por un sólo y único motivo: los alumnos. Porque ellos son quienes me inspiran para seguir y tratar de mejorar, porque yo sigo aprendiendo de ellos, porque ellos son la innovación, ellos son el nuevo mañana, y que mejor manera de contribuir a ese mañana que siendo profesor.


Recuerdo perfectamente una frase que me repetía mi padre a más no poder: "si quieres dejar un legado en este mundo, tienes que hacer tres cosas: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro"; pero cuando lo pienso y lo vuelvo a pensar, me doy cuenta de que la mejor manera de dejar un legado es siendo profesor, porque llegas a tener contacto con muchísimas personas, y lo que es aún más increíble, tienes la oportunidad de compartir tu conocimiento con las nuevas generaciones, les muestras una parte del mundo que ellos no conocen pero que necesitan conocer, sentir, y tú tienes el honor de ser el guía para todos ellos, la persona que les enseñará a aprender, que les dará bases para tener una defensa en un mundo de sabiduría requerida con título integrado.


El profesor no les enseña a los alumnos una verdad absoluta, el profesor se encarga de compartirle al alumnado su conocimiento en un ambiente de mutuo desarrollo y crecimiento en el cual se les transmite el gusto por aprender, reforzando en uno mismo la pasión por educar, siendo conscientes de que estamos cambiando la vida de alguien. Y sí, hay alumnos que no aprovechan la oportunidad del aprendizaje, alumnos que no quieren estar en clase; pero eso es parte del trabajo, eso es todo parte del hacer de un profesor. Por eso hoy, a las 2:45 de la madrugada, con cansancio a más no poder y con el constante pensamiento de que quizá no vale la pena el esfuerzo, me doy cuenta de que la docencia nunca valdrá la pena a menos que yo como profesor haga que lo valga. Con pasión, amor y aprendizaje, la educación cambia vidas, y eso es algo que me engancha a mi profesión.


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Escribir nos ayuda a liberar todo aquello que contenemos en el pecho y nos es difícil expresar, así que escribe todo lo que quieras, desahógate y llena tu vida de palabras; tal como nos lo comparte una joven escritora: esta es la carta que me hubiera gustado leer a los 15 para tener más confianza en mí.




Referencias: