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LETRAS

19 años después descubrí qué significa un verdadero proceso de terapia

Te compartimos este texto que aborda para qué sirve ir a terapia y cómo es el camino para llegar a ella, a la más adecuada para cada persona ya que es claro que todos tenemos un proceso diferente para abordarla.

"Don Juan" de Carlos Castaneda nunca existió, o eso es lo que también se dice sobre la figura que aparece en los libros del antropólogo. Que éste fue una creación para materializar la sabiduría que reside dentro de él mismo, pero que sólo fue un invento. Tratando de mostrar esa sabiduría que todos contenemos, esa voz, o cosmovisión que, casi siempre, está silenciada por el ego. Por lo que, tal vez, esta figura o mediación a la que llamó "Don Juan", era necesaria para Castaneda porque de esta forma terminaba por no alimentar (en exceso) a su ego. Te compartimos este texto que aborda para qué sirve la terapia y cómo es el proceso tan personal para llegar a la adecuada.

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A los 16 años acudí a terapia por primera vez, fue en la ciudad de Mexicali, Baja California, y fue por el rompimiento que sentí dentro de mí debido a la separación de mis padres. Mi vida, hasta cierto punto, tuvo un antes y un después por eso. Anteriormente a su separación hubo orden, belleza y todo era simple, aunque no perfecto, la mayoría de las experiencias que tenía me brindaban más alegría que desaliento. Tras el divorcio todo cambió, mi realidad se volvió casi contraria plagándose de confusión, caos, complejidad y tristeza. Los paisajes se volvieron, más bien, grises. Por lo que mi tendencia hacia destruir comenzó a ser natural y, en cambio, rechazaba crear, construir, o conservar cualquier relación, actividad o plan que tenía. 

El primer terapeuta con el que acudí, del que nunca supe cuál era su método, y al que fui porque había materializado mi desesperación cayendo en un trastorno de bulimia, me dejó como “tarea”: comprar una maceta, vomitarle y guardarla en mi clóset. Supongo que no tengo que aclarar que no volví a la siguiente sesión. El terapeuta que siguió pasó totalmente desapercibido. Después hubo una monja que me invitaba a rezar, y como yo había acudido a una escuela de monjas durante la primaria y secundaria, busqué regresar a esa determinación de depositar mi fe en algo, o en alguien, que estuviera más allá de mí, pero fue inútil. Había dejado de creer en Dios, en la vida, en mí misma y en mi familia. Dejé de buscar terapia, comencé a salir a correr como ejercicio y escape, y debido a que mi cuerpo regresó a su delgadez, volví a sentirme segura y esto me llevó a conocer a alguien, enamorarme y, por lo tanto, a tener una pareja estable y a sentirme bien. De nuevo me gustaba el paisaje que me ofrecía la realidad. Hasta que, dos años después, rompimos nuestra relación. Entonces, y debido a la gran depresión en la que caí, busqué de nuevo terapia. Terminé con una psiquiatra que me introdujo a los ansiolíticos. Estuve seis meses viviendo sedada para soportar el dolor y así logré “olvidarme” de la relación que había tenido para buscar mi propio camino. 

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Posteriormente me mudé a la Ciudad de México, y no volví a buscar terapia hasta seis años después. Fue debido a que me dejé llevar por casi cualquier experiencia que se me presentó en ese lapso de tiempo, incluyendo las drogas, también probé sesiones de yoga, diferentes trabajos y relaciones, y con esto quiero decir que estaba abierta a irme de un extremo a otro en intensidad de vivencias. Pero debido al insomnio que comencé a sufrir, pensaba en lanzarme del sexto piso del edificio de donde vivía. La terapia con una mujer que hacía masajes muy dolorosos me ayudaba a conciliar el sueño, aunque no siempre. Hasta que me rendí, dejé de insistir en la vida que estaba llevando y volví a Mexicali, no sin antes probar la Ayahuasca en Tulum. (Nótese que buscaba, desesperadamente, una salida).

Dos años después, y después de participar en varias sesiones de terapia de grupo con distintas mujeres guiadas por una anciana que había transformado la vida de muchas en Mexicali, volví a la Ciudad de México. Pero seis meses más tarde, a punto de regresar a mi ciudad de origen nuevamente porque otra vez la realidad me parecía que estaba en mi contra, conocí a Juan Mendoza. ¿A mi "Don Juan"? No, porque en este caso es una persona que verdaderamente existe. Se trata de un hombre con el me he identificado por su apertura al conocimiento y al autoconocimiento, y porque es un terapeuta que no se compromete con ninguna técnica en específico, sino que toma lo que le sirve de todo lo que va encontrando en su camino. Juan sabe los fundamentos del psicoanálisis y de la psicoterapia, domina el tema de la energía en el cuerpo, conoce la teoría de Reich, la de bioenergética de Lowen, la interpretación de los sueños, pero más al estilo de Jung, también ha integrado técnicas de diversas tradiciones espirituales, diferentes formas de meditación, Chi-Kung, y es alumno de Carlos de León. Además, es un chamán: limpia, purifica, siente, intuye y presiente. Debido a una serie de entrevistas que le he realizado sé que su camino ha sido natural hacia convertirse en terapeuta, pero no menos complejo que cualquier camino genuino en el que es necesario un trabajo constante, del desarrollo de sus talentos y fuerzas y, sobre todo, de auto-observación y humildad.

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Finalmente, puedo decir que diecinueve años después de haberme cuestionado qué es la terapia he encontrado un proceso real de ésta. Quisiera decir que ha sido fácil y bello, pero no, para nada. Ha sido complejo, difícil, doloroso. Quisiera decir que ya estoy donde me siento segura de mí misma, o por lo menos, donde me reconozco, o por lo menos que ya no sufro, pero todavía no he llegado del todo a ello. Sufro menos, pero sigue doliendo, tengo más claridad pero principalmente, tengo claro que estoy lejos de la que me gustaría ser, de esa que disfruta y comparte con mucha naturalidad el tiempo y espacio con el resto de la humanidad.

Sin embargo, lo siento posible todo el tiempo y esta es la parte que me incita a continuar. Existe esa seguridad de saber que no tengo todas las respuestas, pero sé que puedo intentarlo ¿intentar qué? Vivir, sin tanto miedo. He descubierto, gracias a la guía de Juan, que todo lo que se nos presenta es una oportunidad para nuestro conocimiento y crecimiento. He sentido que para eso estamos aquí. También, para compartir nuestro proceso. Por eso quise escribir esto. Porque si una persona lo está leyendo y busca sentir o creer que existe una posibilidad de recuperar algo que se rompió dentro de sí misma, que busca apoyo o guía para alcanzar ese camino que la devuelva a "su verdadera naturaleza", vale la pena. Verdadera naturaleza, así es como le llama Juan al proceso de terapia.

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Ver también: Formas de combatir la ansiedad sin tener que tomar terapia

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