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LETRAS

Piensas en la vida y en la muerte, en el tiempo y el amor

Por: Enrique Ocampo 27 de septiembre de 2017

A raíz de lo ocurrido en el sur y centro de México en los últimos días, emociones de todo tipo han brotado como un rasgo de identidad colectiva, de solidaridad y de esperanza. El joven autor mexicano Enrique Ocampo, autor del libro de relatos Salto de fe, indaga de una forma orgánica y sutilmente planteada en ese imaginario, con esta anécdota. Disfrútala a continuación.

Más arriba del cielo

En cualquier lado, cualquier día, te sientas. El aire tranquilo, la música encendida, los pies ligeros. Un sol de posibilidades fluye por la ventana, liviano y etéreo. El suelo seguro y la mirada al frente. Sin presagio ni advertencia, las paredes tintinean, las ventanas ululan, las luces parpadean. El aire se vuelve pesado, la música ausente, los pies desencontrados. El sol se apaga en un soplo negro y agobiante. El suelo desfallece y la mirada opaca.

Unos cuantos tiempos transcurren, densos y ansiosos, entre el humo y la oscuridad. La humedad se antoja opresiva y sabe a tizne y desesperación. “¿Hola?”, preguntas ingenuo. Nadie te escucha y lo sabes. Nadie en el mundo más que la cimbra plomiza y un lejano siseo eléctrico. “¿Alguien?”, la zozobra traiciona a la razón y elevas la voz. Un hilo salado y escarlata hace mella en tu mejilla y se cuela dentro de tus labios. Respirar se siente como una punzada. Parpadear como un escalofrío. La seguridad de la casa te abandona y se vuelve en tu contra, te oprime aborrecible y te arrebata de golpe la esperanza. La brisa se enfría y los ruidos de la calle se convulsionan. “¡Por favor!”, el alarido te carcome y te rasga la garganta y te hiere el pecho.

Un minuto. Dos. Diez. La vela del optimismo palidece, trémula, en lo más profundo de tu corazón. "¿Y ahora?", piensas en un suspiro endeble. Por un recoveco se cuela un único rayo de luz, enjuto y nervioso, y con él tu única baliza de confianza. Te escuecen los oídos y asumes, lenta y progresivamente, que esto fue todo. Que tu tiempo se ha marchitado. Piensas en la vida y en la muerte, en el tiempo y el amor, en el futuro abolido y los sueños averiados. Cierras los ojos vidriosos y esperas. Y esperas. Y te resignas. Y esperas.

Foto: El País

Un golpe seco vibra por las paredes y te saca de tu estupor. Abres los ojos, confundido, y el haz de luz tirita sobre tus hombros. Un clamor ininteligible se forma, vago y sonoro, más allá de las ruinas. Golpes. Gritos. Pasos. “¿Hola?”, te acabas el aliento. Una nube amorfa de sonidos ahoga parcialmente tu aullido. Golpes. Pasos. Golpes. Una ingrávida capa de polvo te empaña las heridas. Una ínfima convulsión de paredes y techos y suelos te despierta por completo. “¡Aquí!”, exclama tu espíritu. Metal contra metal. El sonido va cobrando forma. Un indicio de conversación. Una pizca de pregunta. “¿Dónde?”, un ángel pregunta y te da la impresión de escucharlo dentro de tu cabeza, como si el sonido no viajara por el aire, sino directamente hacia tu mente. “¡Aquí!”, sientes los pulmones flaquear. Un conato de sonrisa empieza a iluminar tu hueco oscuro y solitario. Un minuto. Dos. Diez. El orificio luminoso se agranda casi imperceptiblemente, entre el quebrar de los vidrios y el chirriar del metal. Aguzas la mirada y el resplandor te ciega. Ropas sucias, botas pesadas, palas viejas. “¡Por favor!”, quieres gritar, pero tus labios lo exhalan como un susurro débil y moribundo. Estiras la mano lacerada y con el índice intentas tocar la luz. Pero temes cubrirla para siempre. Con la última fibra de energía, gritas de nuevo. “¡Por favor!”, pero esta vez las palabras suenan solo en tu cabeza. Y la luz se cubre para siempre.

Foto: La Nación

Flotas entre los escombros y un ardor mordaz te envuelve por completo. La luz palpita después de tus párpados cerrados y el ruido aumenta insoportable. El índice que habías visto, sabiéndolo la última imagen de tu vida, ahora se enreda suavemente alrededor de una palma, ajena y tibia. Percibes el movimiento como demasiado real. El miedo como demasiado lejano. Te aventuras a abrir los ojos y ves tus pies avanzando entre la destrucción, tus ropas rotas y tu cuerpo herido. Un par de brazos te conducen cada vez más arriba. Un rostro sin cara y una voz sin timbre llora contigo y sobre ti. Pero llora de alegría. En un esfuerzo inhumano, te apoyas en el codo extraño y plantas los pies en la tierra. La claridad es irreal. Te miras las manos y compruebas que están ahí. Mueves los dedos y recuerdas que puedes. Bajo tus pies hay una montaña agresiva y crispada, pero estás de pie. Tras de ti hay una polvareda inclemente y ocre, pero ya quedó atrás. Frente a ti hay un hombre, con mejillas sucias y piernas firmes. Le sonríes, entendiendo, para darte cuenta de que él lleva ya un rato sonriendo. Te abraza como un hermano y la calle frente a ti se aclara por completo. Respiras profundo y la gente aplaude. Se ríen. Lloran. Toda la multitud es México y aplaudes tú también. La calma te embriaga, dulzona, y sabes, con una certeza que no habías sentido nunca, que por fin estás en casa. Que por fin estás con tu familia. Que México nunca se derrumba. Que México está siempre más arriba del cielo.

***

Dejar ir a alguien siempre nos tomará tiempo, sobre todo cuando sabes que aunque no te hablen y no te escriban, sabes que todas las noches piensan en ti. Pero para combatir esas noches de soledad, puedes leer los libros que te ayudarán a superar una ruptura amorosa cuando sientes que has fracasado.


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