Letras

Aroma a tabaco, vino tinto y orgasmos entre cuatro paredes

Letras Aroma a tabaco, vino tinto y orgasmos entre cuatro paredes



Como el vino, el amor requiere tiempo. Pero la pasión no. Es dulce, nos embriaga y nos lleva a un estupor en el que el los sueños y la realidad se fusionan. En los siguientes poemas de Alberto Ceja, la dicha se congela en besos con sabor a uva fermentada.



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UNA JODIDA LOCA EXCITANTE

 

Oscuridad, risas; juguetones pies descalzos y helados, cabellos

alborotados; cuellos lamidos, lenguas exhaustas; cuerpos placenteramente

moribundos, cuatro paredes; prendas por doquier, licor derramado; aroma a

tabaco, vino tinto y orgasmos; el caos de mi mente; la locura de la suya, la

envidia de los dioses; la anarquía de la ética y moral...

 

—esto no podrá ser eterno— susurre en su oído.

—quizá si te asfixio hasta que mueras— dijo, posando su mano en mi cuello.

 

Podía sentir sus dedos largos y delgados haciendo presión, tragué saliva

y deleité cómo acercaba su rostro, lenta y sensualmente, para besar mi

sonrisa. Estaba loca, ¡carajo! Era una puta loca que lograba excitar hasta

a mis ancestros…

 


SOLEDAD


No tenía nada, ni a nadie. Sólo era un pobre idiota triste, con ganas de

escribir tremendas.

La respiración se agitaba cada vez que avanzaban las líneas. Los ojos

ahogados de recuerdos, constantemente me tragaba mis ganas de cambiar

la historia.

Derramé el café sobre la mesa, empapando todo. Las hojas y mi

mano humeantes por lo caliente del mismo. Continué escribiendo a pesar

que el papel se hacía añicos por la humedad. Todo era un desastre, pero

daba igual, en fin, ya me estaba acostumbrando a ello. La mano me ardía,

el corazón me ardía, la cabeza, el odio, el entorno me ardía. Sólo los

sollozos nudos en mi traquea rompían ese espectral silencio.

La soledad de esa noche era mía, sólo mía. Sin alcohol, ni mujeres,

ni amigos. solo mía. Y hubiera enterrado el lapicero en la cara de quien la

interrumpiera.



EL BAILARÍN Y SU FIEL GATA


Ella detestaba mi gusto por los gatos. Al igual que yo sus asquerosos

bailes. Pero cuando nuestros cuerpos sudaban desnudos, me arañaba,

me clavaba sus dientes y humedecía a lengüetazos mis labios. Yo bailaba sin

pudor por debajo y sobre ella, mis mejores pasos. Podridos en alcohol y

convertidos en lo que más detestamos. El edén dejó de ser un jardín,

¿sabes? En ese momento sólo era el lecho de sábanas mojadas. El bailarín

y su fiel gata.


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El texto anterior fue escrito por Alberto Ceja.


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Referencias: