Me excitaban sus mentiras, sus celos, su locura

Lunes, 19 de febrero de 2018 16:14

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poemas alberto ceja una de estas noches



El amor y el sexo son pequeñas batallas que libramos con el corazón en la mano. En los siguientes poemas de Alberto Ceja, los cuerpos se contradicen entre besos, noches y cuerpos que se consumen unos a otros.



poemas alberto ceja una de estas noches 1



SOBREVIVÍ


Me odiaba y creo que yo también la odiaba. Celosa, psicópata, enferma

compulsiva que me odiaba, pero me excitaba.

Me excitaba la forma en que mentía.

Me excitaban sus secretos.

Me excitaba imaginar cómo otros la cogían.

Me excitaba lo cruel que podría ser y pensar que aplastaría mi corazón

contra el piso aún latiendo.

Me excitaba su cuerpo renacentista, su asqueroso aroma a humano podrido

y el repugnante olor de su boca a carne cruda.

Me excitaba que no creyera ni una mierda de lo que yo decía y que se tocará

frente a mí, tirada al suelo. 

—¡Mierda! Era el mismo diablo—

Me excitaba cómo pedía obscenamente que le escupiera, a gritos, como una

loca.

Me excitaba cómo sus manos estrangulaban mi cuello, con coraje y odio,

mientras nuestros pubis chocaban el uno contra el otro, exprimiendo jugo.

Me excitaba pensar que Dios nos vigilaba por el cerrojo de la puerta,

sorprendido y caliente, como un niño viendo porno.

Me excitaba pensar que un día, cualquiera, se volviera totalmente loca y

clavara un cuchillo en mi cara, mientras hacíamos eso que llaman "el

amor".

Pero sobreviví. Pero sobreviví…


ME PIERDO

 

Podría besar las cuatro estaciones de tu cuerpo desnudo y a cada una

de esas mil almas que te transforman en mujer.

Tienes a Dios en los labios y un manjar de secretos que lamo como un gato

a su pelaje.

Me pierdo. Me pierdo ahí, en el momento en que me miras, en tus

movimientos, en la forma en la que hablas, en la que ríes, en la que callas y

observas.

Ahora no se cual de los dos pertenece a otro planeta.

 

UNA DE ESTAS NOCHES

 

Una de estas noches quizás entre tus manos delgadas, dedos de pianista y

uñas de felino que rasgan mi carne a sangre fría, tendrás mi corazón,

punzante y al rojo vivo. No te detengas y exprímelo, báñate en su jugo, lame

los fluidos que escurran por tus labios, vuélvete loca, grita, gime, muérdelo

sin piedad alguna, mientras me miras obscena. Devóralo todo, todo hasta

que no quede nada, absolutamente nada del músculo rey.

 

—¿Y tú? —preguntó ella sarcásticamente, con una sonrisa puesta y

mordiéndose el labio— ¿qué harás mientras yo hago todo eso?, ¿eh?

—¿Yo? Sólo te observaré y esperaré con ansia enferma mi turno de

probar el tuyo. Ya lo puedo oler, ya lo saboreo. Tal vez la única manera de

ser eternos, libres, Dioses, sea esa, ¿no lo crees?

—No cabe duda —dijo asombrada, cubriendo su boca con las manos—

estás com-ple-ta-men-te loco.


Ambos nos echamos a reír. Se tiró de un salto de nuevo a la cama,

jugueteando y buscando mis labios con los suyos.

Esa noche fue buena, tuvimos sexo como nunca. Y a la mierda con ser

eternos, libres o Dioses.


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El texto anterior fue escrito por Alberto Ceja.


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