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Poemas de Alfonsina Storni para las mujeres que están dispuestas a todo

4 de diciembre de 2017

Esther Pineda G


Alfonsina Storni, nombre que ella afirmó quiere decir "dispuesta a todo", nació en Suiza el 29 de mayo de 1892 durante una estancia de sus padres en el país europeo, quienes regresaron cuatro años más tarde a la República Argentina. A los 10 años, la precaria situación económica de su familia la obligó a abandonar la escuela y comenzar a trabajar lavando platos y como mesera en el negocio familiar conocido como Café Suizo; sin embargo, este proyecto no prosperó como consecuencia del alcoholismo de su padre.

 

Tras su muerte y la pauperización de sus vidas, Alfonsina junto a las otras mujeres de la familia se vieron en la necesidad de trabajar como costureras durante prolongadas jornadas. En este contexto, a los 12 años escribió su primer poema, época en la cual ya daba cuenta de su naturaleza melancólica, taciturna e incluso lúgubre que rememora a los poetas malditos:

 

Bajo el ombú, coloso de lo inmenso,

cuando la noche silenciosa y quieta

iba robando al día sus colores

lloré mi dicha muerta.

Testigo fue del dolorido grito

con que en las horas del dolor pasadas,

el corazón rebelde al sufrimiento

protestas levantara.

 

El trabajo de costurera y la vida doméstica no era suficiente para la poeta, quien comenzaba a sentirse insatisfecha y asfixiada, lo que la llevó a independizarse. Al poco tiempo obtuvo empleo como actriz y a su corta edad recorrió distintas provincias en una gira teatral, en la que representó obras como Espectros de Henrik Ibsen, La loca de la casa de Benito Pérez Galdós y Los muertos de Florencio Sánchez. En el año 1909, pese a que no concluyó sus estudios primarios, se propone volver a estudiar, esta vez inscribiéndose en la Escuela Normal Mixta de Maestros Rurales en la que fue aceptada por su entusiasmo, posteriormente recibiría su título profesional.



En 1912 nació su hijo Alejandro, producto de un amor con un hombre casado mucho mayor que ella, de quien nunca se conoció su identidad. Esto significó una de sus mayores transgresiones en una sociedad profundamente machista y conservadora, lo cual la convirtió en objeto de estigma. Las limitaciones que significaba vivir de la escritura y la imperiosa necesidad de mantener a su hijo la llevaron a tener distintos trabajos durante su vida, desde vendedora, repartidora de volantes, redactora, cajera, hasta docente en escuelas.

 

Realizó algunas colaboraciones en la revista Caras y Caretas, en 1916 comenzó a publicar sus poemas en la revista literaria La Nota, y algunos meses más tarde aparece en Mundo Argentino. En 1916 publica su primer poemario La inquietud del rosal; no obstante, el libro no tuvo una buena aceptación y le valió la calificación de "escritora inmoral". Cuando su madre le pregunta cuántos libros ha vendido, la poeta le respondió: "Muy pocos, mamá. Las mujeres lo rechazan. Dicen que soy una escritora inmoral. ¡Qué hemos de hacerle! No sé escribir de otro modo". Pese a las críticas y el rechazo de sus coetáneos, en 1918 publica El dulce daño; y en 1920 Languidez, texto que la haría merecedora del Primer Premio Municipal de Poesía y el Segundo Premio Nacional de Literatura. Estos galardones colocaron su nombre en la palestra entre los poetas de la llamada "nueva generación", y se convirtió en una de las primeras mujeres en codearse con los principales escritores argentinos y extranjeros, en formar parte de las peñas literarias, así como en participar en la creación de la Sociedad Argentina de Escritores.

 

En los años siguientes publicó Ocre (1925) y Poemas de amor (1926). En 1927 estrenó su obra de teatro El amo del mundo, pero, al igual que su primer poemario, no logró una buena receptividad en el público al abordar las desigualdades entre hombres y mujeres. El periodista Edmundo Guibourg afirmó que la obra de Alfonsina denigraba al hombre, mientras que el crítico Octavio Ramírez manifestó que la obra era un "alegato con el propósito de defender a la mujer"; de este modo, el machismo conspiró una vez más y llevó su obra al fracaso. No sería hasta 1932 que publica Dos farsas pirotécnicas y en 1934 Mundo de siete pozos.

 

En 1935 fue diagnosticada y operada de cáncer de mama, le realizan una mastectomía que dejó grandes secuelas físicas y emocionales en la poeta, lo que la llevó a aislarse del mundo literario y de sus amistades; sin embargo, en medio de su franco deterioro en 1937 escribió su último libro: Mascarilla y trébol. Ese año se suicida el poeta uruguayo Horacio Quiroga, con quien se rumoró mantuvo una relación intermitente entre 1919 hasta 1927; su muerte la afectó significativamente por lo que le dedicó un poema de despedida:

 

Morir como tú, Horacio, en tus cabales,

Y así como en tus cuentos, no está mal;

Un rayo a tiempo y se acabó la feria...


 

La idea del suicidio parece haber rondado desde siempre a Alfonsina; pero el suicidio de Horacio Quiroga y de su amigo Leopoldo Lugones, aunado al sufrimiento causado por su enfermedad profundizó esta idea en la escritora. No fue sino hasta el 18 de octubre de 1938 que tomó la decisión, en un viaje a Mar del Plata, alrededor de la una de la madrugada se dirigió a la playa La Perla y se suicidó arrojándose al agua desde una escollera del Club Argentino de Mujeres.

 

La obra de Alfonsina se caracterizó por la musicalidad de sus versos, por el empleo recurrente de la metáfora como recurso poético, y por la intensidad en el abordaje de temas como el amor, el erotismo y la soledad, pues como ella afirmó: "Hice el libro así: gimiendo, llorando, soñando, ay de mí". No obstante, un aspecto clave de su producción literaria fue la visibilización y la inconformidad ante las desigualdades existentes entre hombres y mujeres, el cuestionamiento de la expectativa y las exigencias sociales que recaían sobre ellas, el rechazo del dominio masculino expresado en el amor romántico y el matrimonio, la confrontación de las burlas de otras mujeres, la entereza ante la dureza de la maternidad y la soledad, la vivencia de la sexualidad sin reparos, el derecho a romper con lo impuesto y salirse del rebaño, pero, sobre todo, por la voluntad de ser dueña de sí misma.

 

Por ello y más, te invitamos a leer a esta pionera del feminismo poético latinoamericano:


"Tú me quieres blanca"


Tú me quieres alba,

Me quieres de espumas,

Me quieres de nácar.

Que sea azucena

Sobre todas, casta.

De perfume tenue.

Corola cerrada.

Ni un rayo de luna

Filtrado me haya.

Ni una margarita

Se diga mi hermana.

Tú me quieres nívea,

Tú me quieres blanca,

Tú me quieres alba.

Tú que hubiste todas

Las copas a mano,

De frutos y mieles

Los labios morados.

Tú que en el banquete

Cubierto de pámpanos

Dejaste las carnes

Festejando a Baco.

Tú que en los jardines

Negros del Engaño

Vestido de rojo

Corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto

Conservas intacto

No sé todavía

Por cuáles milagros,

Me pretendes blanca

(Dios te lo perdone),

Me pretendes casta

(Dios te lo perdone),

¡Me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,

Vete a la montaña;

Límpiate la boca;

Vive en las cabañas;

Toca con las manos

La tierra mojada;

Alimenta el cuerpo

Con raíz amarga;

Bebe de las rocas;

Duerme sobre escarcha;

Renueva tejidos

Con salitre y agua;

Habla con los pájaros

Y lévate al alba.

Y cuando las carnes

Te sean tornadas,

Y cuando hayas puesto

En ellas el alma

Que por las alcobas

Se quedó enredada,

Entonces, buen hombre,

Preténdeme blanca,

Preténdeme nívea,

Preténdeme casta.

 

"Hombre pequeñito"


Hombre pequeñito, hombre pequeñito,

Suelta a tu canario que quiere volar...

Yo soy el canario, hombre pequeñito,

déjame saltar.

Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,

hombre pequeñito que jaula me das.

Digo pequeñito porque no me entiendes,

ni me entenderás.

Tampoco te entiendo, pero mientras tanto

ábreme la jaula que quiero escapar;

hombre pequeñito, te amé media hora,

no me pidas más.

 


"Pudiera ser"


Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido

no fuera más que aquello que nunca pudo ser,

no fuera más que algo vedado y reprimido

de familia en familia, de mujer en mujer.

Dicen que en los solares de mi gente, medido

estaba todo aquello que se debía hacer…

Dicen que silenciosas las mujeres han sido

de mi casa materna… Ah, bien pudiera ser…

A veces en mi madre apuntaron antojos

de liberarse, pero, se le subió a los ojos

una honda amargura, y en la sombra lloró.

Y todo esto mordiente, vencido, mutilado,

todo esto que se hallaba en su alma encerrado,

pienso que sin quererlo lo he libertado yo.

 

"Van pasando mujeres"


Cada día que pasa, más dueña de mí misma,

sobre mí misma cierro mi mirada interior;

en medio de los seres la soledad me abisma.

Ya ni domino esclavos ni tolero señor.

Ahora van pasando mujeres a mi lado

cuyos ojos trascienden la divina ilusión.

El fácil paso llevan de un cuerpo aligerado:

se ve que poco o nada les pesa el corazón.

Algunas tienen ojos azules e inocentes;

van soñando embriagadas, los pasos al azar;

la claridad del cielo se aposenta en sus frentes

y como son muy finas se les oye soñar.

Sonrío a su belleza, tiemblo por sus sueños;

el fino tul de su alma, ¿quién lo recogerá?

Son pequeñas criaturas, mañana tendrán dueños,

y ella pedirá flores..., y él no comprenderá.

Les llevo una ventaja que place a mi conciencia:

los sueños que ellas tejen no los supe tejer,

y en mis manos ignorantes no perdí mi inocencia.

Como nunca la tuve, no la pude perder.

Nací yo sin blancura; pequeña todavía

el pequeño cerebro se puso a combinar;

cuenta mi pobre madre que, como comprendía,

yo aprendí temprano la ciencia de llorar.

Y el llanto fue la llama que secó mi blancura

en las raíces mismas del árbol sin brotar,

y el alma está candente de aquella quemadura.

¡Hierro al rojo mi vida! ¿Cómo pude durar?

Alma mía, la sola; tu limpieza, escondida

con orgullo sombrío, nadie la arrullará;

si en música divina fuera el alma dormida,

el alma, comprendiendo, no despertara ya.

Tengo sueño mujeres, tengo un sueño profundo.

Oh, humanos, en puntillas el paso deslizad;

mi corazón susurra: me haga silencio el mundo,

y mi alma musita fatigada: ¡callad!...



"Oye" (extracto)


Yo seré a tu lado,

silencio, silencio,

perfume, perfume,

no sabré pensar,

no tendré palabras,

no tendré deseos,

sólo sabré amar.


"Loba"


Yo soy como la loba.

Quebré con el rebaño

Y me fui a la montaña

Fatigada del llano.

Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,

Que no pude ser como las otras, casta de buey

Con yugo al cuello; ¡libre se eleve mi cabeza!

Yo quiero con mis manos apartar la maleza.

Mirad cómo se ríen y cómo me señalan

Porque lo digo así: (Las ovejitas balan

Porque ven que una loba ha entrado en el corral

Y saben que las lobas vienen del matorral).

¡Pobrecitas y mansas ovejas del rebaño!

No temáis a la loba, ella no os hará daño.

Pero tampoco riáis, que sus dientes son finos

¡Y en el bosque aprendieron sus manejos felinos!

No os robará la loba al pastor, no os inquietéis;

Yo sé que alguien lo dijo y vosotras lo creéis

Pero sin fundamento, que no sabe robar

Esa loba; ¡sus dientes son armas de matar!

Ha entrado en el corral porque sí, porque gusta

De ver cómo al llegar el rebaño se asusta,

Y cómo disimula con risas su temor

Bosquejando en el gesto un extraño escozor...

Id si acaso podéis frente a frente a la loba

Y robadle el cachorro; no vayáis en la boba

Conjunción de un rebaño ni llevéis un pastor...

¡Id solas! ¡Fuerza a fuerza oponed el valor!

Ovejitas, mostradme los dientes. ¡Qué pequeños!

No podréis, pobrecitas, caminar sin los dueños

Por la montaña abrupta, que si el tigre os acecha

No sabréis defenderos, moriréis en la brecha.

Yo soy como la loba. Ando sola y me río

Del rebaño. El sustento me lo gano y es mío

Donde quiera que sea, que yo tengo una mano

Que sabe trabajar y un cerebro que es sano.

La que pueda seguirme que se venga conmigo.

Pero yo estoy de pie, de frente al enemigo,

La vida, y no temo su arrebato fatal

Porque tengo en la mano siempre pronto un puñal.

El hijo y después yo y después... ¡lo que sea!

Aquello que me llame más pronto a la pelea.

A veces la ilusión de un capullo de amor

Que yo sé malograr antes que se haga flor.

Yo soy como la loba,

Quebré con el rebaño

Y me fui a la montaña

Fatigada del llano.



"Veinte siglos"


Para decirte, amor, que te deseo,

Sin los rubores falsos del instinto,

Estuve atada como Prometeo,

Pero una tarde me salí del cinto.

Son veinte siglos que movió mi mano

Para poder decirte sin rubores:

«Que la luz edifique mis amores».

¡Son veinte siglos los que alzó mi mano!

Pasan las flechas sobre mis cabellos,

Pasan las flechas, aguzados dardos…

¡Son veinte siglos de terribles fardos!

Sentí su peso al liberarme de ellos.


"Canción de la mujer astuta"


Cada rítmica luna que pasa soy llamada,

por los números graves de Dios, a dar mi vida

en otra vida: mezcla de tinta azul teñida;

la misma extraña mezcla con que ha sido amasada.

Y a través de mi carne, miserable y cansada,

filtra un cálido viento de tierra prometida,

y bebe, dulce aroma, mi nariz dilatada

a la selva exultante y a la rama nutrida.

Un engañoso canto de sirena me cantas,

¡naturaleza astuta! Me atraes y me encantas

para cargarme luego de alguna humana fruta.

Engaño por engaño: mi belleza se esquiva

al llamado solemne; de esta fiebre viva,

algún amor estéril y de paso, disfruta.



"El león"


Entre barrotes negros, la dorada melena

Paseas lentamente, y te tiendes, por fin,

Descansando los tristes ojos sobre la arena

Que brilla en los angostos senderos del jardín.

Bajo el sol de la tarde te has quedado sereno,

Y ante tus ojos pasa, fresca y primaveral,

La niña de 15 años con su esponjado seno:

¿Sueñas echarle garras, Oh goloso animal?

Miro tus grandes uñas, inútiles y corvas;

Se abren tus fauces, veo el inútil molar,

E inútiles como ellos van tus miradas torvas

A morir en el hombre que te viene a mirar.

El hombre que te mira tiene las manos finas,

Tiene los ojos fijos y claros como tú

Se sonríe al mirarte. Tiene las manos finas

León, los ojos tienes como los tienes tú.

Un día suavemente, con sus corteses modos

Hizo el hombre la jaula para encerrarte allí,

Y ahora te contempla, apoyado de codos,

Sobre el hierro prudente que lo aparta de ti.

No cede bien lo sabes. Diez veces en un día

Tu cuerpo contra el hierro carcelario se fue:

Diez veces contra el hierro fue inútil tu porfía

Tus ojos, muy lejanos, hoy dicen: ¿para qué?

No obstante, cuando corta el silencio nocturno

El rugido salvaje de algún otro león,

Te crees en la selva, y el ojo, taciturno

Se te vuelve en la sombra encendido carbón.

Entonces como otrora, se te afinan las uñas,

Y en la garganta seca de una salvaje sed,

La piedra de tu celda vanamente rasguñas

Y tu zarpazo inútil retumba en la pared.

Los hijos que te nazcan, bestia caída y triste,

De la leona esclava que por hembra te dan,

Sufrirán en tu carne lo mismo que sufriste,

Pero garras y dientes más débiles tendrán.

¿Lo comprendes y ruges? ¿Cuándo escuálido gato

Pasa junto a tu jaula huyendo de un mastín,

Y a las ramas se trepa, se te alta el olfato

Que así puede tu prole ser de mísera y ruin?

Alguna vez te he visto durmiendo tu tristeza,

La melena dorada sobre la piel gris,

Abandonado el cuerpo con la enorme pereza

Que las siestas de fuego tienen en tu país.

Y sobre tu salvaje melena enmarañada,

Mi cuello, delicado, sintió la tentación

De abandonarse al tuyo, yo, como tú, cansada,

De otra jaula más vasta que la tuya, león.

Como tu contra aquella mil veces he saltado,

Mil veces, impotente, volvíme acurrucar

¡Cárcel de los sentidos que las cosas me han dado!

Ah, yo del universo no me puedo escapar.

Y entre los hombres vivos. De distinta manera

Somos esclavos; hazme en tu cuello un rincón

¿Qué podrías echarme? ¿Un zarpazo de fiera?

Ellos, de una palabra, rompen el corazón.


"La que comprende"


Con la cabeza negra caída hacia adelante

Está la mujer bella, la de mediana edad,

Postrada de rodillas, y un Cristo agonizante

Desde su duro leño la mira con piedad.

En los ojos la carga de una enorme tristeza,

En el seno la carga del hijo por nacer,

Al pie del blanco Cristo que está sangrando reza:

-¡Señor, el hijo mío que no nazca mujer!



"El clamor"


Alguna vez, andando por la vida,

por piedad, por amor,

como se da una fuente, sin reservas,

yo di mi corazón.

Y dije al que pasaba, sin malicia,

y quizá con fervor:

-Obedezco a la ley que nos gobierna:

He dado el corazón.

Y tan pronto lo dije, como un eco

ya se corrió la voz:

-Ved la mala mujer esa que pasa:

Ha dado el corazón.

De boca en boca, sobre los tejados,

rodaba este clamor:

-¡Echadle piedras, eh, sobre la cara;

ha dado el corazón!

Ya está sangrando, sí, la cara mía,

pero no de rubor,

que me vuelvo a los hombres y repito:

¡He dado el corazón!

 

"Oveja descarriada"


Oveja descarriada, dijeron por ahí.

Oveja descarriada. Los hombros encogí.

En verdad descarriada. Que a los bosques salí;

estrellas de los cielos en los bosques pací

En verdad descarriada. Que el oro que cogí

no me duró en las manos y a cualquiera lo di.

En verdad descarriada, que tuve para mí

el oro de los cielos por cosa baladí.

Es verdad descarriada, que estoy de paso aquí.

 


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También te invitamos a leer los poemas para las mujeres que aman la libertad y no les da miedo mostrarse como son



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Las ilustraciones son del artista surrealista Christo Makatita

TAGS: Feminismo Poemas escritoras
REFERENCIAS:

Esther Pineda G


Colaborador

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