Poemas malditos de Arthur Rimbaud

Lunes, 18 de diciembre de 2017 17:39

|Eduardo Limón

Palabras y versos del más maldito de los malditos para pasar una temporada en el Infierno.



Paul Verlaine era un artista de élite, casado, con un hijo, sin preocupaciones económicas y con un nombre muy grande en los circuitos de la cultura; Arthur Rimbaud era el joven poeta que enviaba palabras y generaba conexiones de correspondencia romántica con él. Este último, ejerciendo su poder creativo y escribiendo sus tormentas con destino al corazón del primero, fue el más grande de los grandes; fue un sujeto que poco a poco se convirtió en un demonio que amó y fue amado.


Las pulsiones violentas de Verlaine y la juventud retadora y voraz de Rimbaud fueron los elementos más potentes para que el amor naciera, se mantuviera y se consumara tanto en París como en Londres. Su amor rápidamente pasó de tormenta a gran diluvio, a tormento y catástrofe; la demencia que les unía terminó por separarles, el galope desbocado de sus pasiones les hizo caer y jamás levantarse.



Después de un largo período de discusiones y un encuentro fatídico en la habitación de un hotel, ambos hombres ven de cara a la ley; primero por el crimen de atentar con la vida ajena, luego por practicar la homosexualidad. Así nacen Sagesse de Verlaine y, con un impacto sobrenatural, Una temporada en el infierno; obra que encumbra a Rimbaud como El poeta maldito.


Y, ¿qué lo hace tan maldito? Sexo gay, alcohol y drogas, intimidad, rebeldía, ser el último autor renovador y máximo de las letras, un precoz que eyaculaba en turbulencia y ensordecedor silencio. Escribió sus primeras obras maestras antes de los 15 años, dejó de escribir poco después de los 21, inspiró a generaciones de artistas y en su momento fue el más incomprendido por los convencionalismos.


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"Une saison en enfer" (fragmento)


Antes, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos corrían. Una noche, me senté a la Belleza en las rodillas. - Y la hallé amarga. - Y la insulté.

Me armé contra la justicia.

Me escapé. ¡Oh brujas, oh miseria, oh odio! ¡A vosotros se confió mi tesoro!

Logré que se desvaneciera en mi espíritu toda la esperanza humana. Contra toda alegría, para estrangularla, di el salto sin ruido del animal feroz.

Llamé a los verdugos para, mientras perecía, morder las culatas de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme en la arena, la sangre. La desgracia fue mi dios. Me tendí en el lodo. Me sequé al aire del crimen. Y le hice muy malas pasadas a la locura.

Y la primavera me trajo la horrorosa risa del idiota. Habiendo estado hace muy poco a punto de soltar el último ¡cuac!, se me ocurrió buscar la clave del festín antiguo, donde había tal vez de recobrar el apetito.

La caridad es la clave. - ¡Esta inspiración demuestra que soñé!

"Seguirás siendo hiena, etc.", exclama el demonio que me coronó de tan amables adormideras. "Gana la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales". ¡Ah! Ya aguanté demasiado - Pero, querido Satán, te lo suplico, ¡menos irritación en la pupila! Y mientras llegan las pequeñas cobardías rezagadas, tú que aprecias en el escritor la carencia de facultades descriptivas o instructivas, te arranco unos cuantos asquerosos pliegos de mi cuaderno de condenado (…).



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"Acaso no imaginas..."


¿Acaso no imaginas por qué de amor me muero?

La flor me dice: ¡Hola! ¡Buenos días!, el ave.

Llegó la primavera, la dulzura del ángel.

¡No adivinas acaso por qué de embriaguez hiervo!

Dulce ángel de mi cuna, ángel de mi abuelita,

¿No adivinas acaso que me transformo en ave

que mi lira palpita y que mis alas baten

como una golondrina?



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"El baile de los ahorcados"


En la horca negra bailan, amable manco, 

bailan los paladines, los descarnados danzarines del diablo; 

danzan que danzan sin fin

los esqueletos de Saladín.

¡Monseñor Belcebú tira de la corbata

de sus títeres negros, que al cielo gesticulan, 

y al darles en la frente un buen zapatillazo 

les obliga a bailar ritmos de Villancico!

Sorprendidos, los títeres, juntan sus brazos gráciles: 

como un órgano negro, los pechos horadados, 

que antaño damiselas gentiles abrazaban, 

se rozan y entrechocan, en espantoso amor.

¡Hurra!, alegres danzantes que perdisteis la panza, 

trenzad vuestras cabriolas pues el tablao es amplio, 

¡Que no sepan, por Dios, si es danza o es batalla! 

¡Furioso, Belcebú rasga sus violines!

¡Rudos talones; nunca su sandalia se gasta!

Todos se han despojado de su sayo de piel: 

lo que queda no asusta y se ve sin escándalo.

En sus cráneos, la nieve ha puesto un blanco gorro.

El cuervo es la cimera de estas cabezas rotas; 

cuelga un jirón de carne de su flaca barbilla: 

parecen, cuando giran en sombrías refriegas, 

rígidos paladines, con bardas de cartón.

¡Hurra!, ¡que el cierzo azuza en el vals de los huesos! 

¡y la horca negra muge cual órgano de hierro! 

y responden los lobos desde bosques morados: 

rojo, en el horizonte, el cielo es un infierno…

¡Zarandéame a estos fúnebres capitanes

que desgranan, ladinos, con largos dedos rotos, 

un rosario de amor por sus pálidas vértebras: 

¡difuntos, que no estamos aquí en un monasterio!

Y de pronto, en el centro de esta danza macabra 

brinca hacia el cielo rojo, loco, un gran esqueleto, 

llevado por el ímpetu, cual corcel se encabrita 

y, al sentir en el cuello la cuerda tiesa aún,

crispa sus cortos dedos contra un fémur que cruje 

con gritos que recuerdan atroces carcajadas,

y, como un saltimbanqui se agita en su caseta, 

vuelve a iniciar su baile al son de la osamenta.

En la horca negra bailan, amable manco, 

bailan los paladines, 

los descarnados danzarines del diablo; 

danzan que danzan sin fin 

los esqueletos de Saladín.



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"El mal"


Mientras que los gargajos rojos de la metralla

silban surcando el cielo azul, día tras día,

y que, escarlata o verdes, cerca del rey que ríe

se hunden batallones que el fuego incendia en masa;

mientras que una locura desenfrenada aplasta

y convierte en mantillo humeante a mil hombres; 

¡pobres muertos! sumidos en estío, en la yerba, 

en tu gozo, Natura, que santa los creaste,

existe un Dios que ríe en los adamascados

del altar, al incienso, a los cálices de oro,

que acunado en Hosannas dulcemente se duerme.

Pero se sobresalta, cuando madres uncidas

a la angustia y que lloran bajo sus cofias negras 

le ofrecen un ochavo envuelto en su pañuelo.



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"Los cuervos"


Señor, cuando los prados están fríos 

y cuando en las aldeas abatidas 

el ángelus lentísimo acallado,

sobre el campo desnudo de sus flores 

haz que caigan del cielo, tan queridos,

los cuervos deliciosos.

¡Hueste extraña de gritos justicieros

el cierzo se ha metido en vuestros nidos! 

A orilla de los ríos amarillos, 

por la senda de los viejos calvarios, 

y en el fondo del hoyo y de la fosa,

dispersaos, uníos.

A millares, por los campos de Francia, 

donde duermen nuestros muertos de antaño, 

dad vueltas y dad vueltas, en invierno, 

para que el caminante, al ir, recuerde. 

¡Sed pregoneros del deber, ¡Oh nuestros

negros pájaros fúnebres!

Santos del cielo, en la cima del roble, 

mástil perdido en la noche encantada, 

dejad la curruca de la primavera

para aquél que en el bosque encadena, 

bajo la yerba que impide la huida,

la funesta derrota.



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"Oración del atardecer"


Como un ángel sentado en manos de un barbero,

vivo, alzando la jarra de profundos gallones,

combados hipogastrio y cuello, con mi pipa,

bajo un henchido viento de leves veladuras.

Como excrementos cálidos de viejos palomares

mil Sueños me producen suaves quemazones

y mi corazón, triste, se parece a la albura

que ensangrientan los oros ocres que el árbol llora.

Después, tras engullirme mis Sueños con cuidado,

me vuelvo y, tras beberme treinta o cuarenta jarras,

me concentro, soltando mis premuras acérrimas:

manso como el Señor del cedro y del hisopo

meo hacia el pardo cielo, alto, alto, tan lejos…

con el consentimiento de los heliotropos.



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"Sol y carne" (fragmento)


El sol, hogar de vida radiante de ternura,

vierte su ardiente amor sobre el mundo extasiado;

y cuando nos tumbamos en el valle, sentimos

que la tierra es doncella rebosante de sangre;

que su inmenso regazo, henchido por un alma,

es de amor, como Dios, de carne, como una hembra

y que encierra, preñada de savias y de luces,

el hervidero inmenso de todos los embriones.

Todo crece, pujante.

¡Oh Venus, oh diosa!

Añoro aquellos días, cuando el mundo era joven,

con sátiros lascivos, con silváticos faunos,

con dioses que mordían, en amor, la enramada,

besando entre ninfeas a la Ninfa dorada.

Añoro aquellos días, cuando la savia cósmica,

el agua de los ríos y la sangre rosada

de los árboles verdes, en las venas de Pan

encerraba tremante un mundo, y que la tierra,

bajo su pie de cabra, lozana palpitaba;

cuando, al besar, suave, su labio la siringa,

tocaba bajo el cielo el gran himno de amor;

cuando en medio del campo, oía, en torno a él,

la respuesta, a su voz, de la Naturaleza;

cuando el árbol callado que acuna el son del ave,

y la tierra que acuna al hombre, y el Océano

azul, inmensamente, y todo lo creado,

animales y plantas, amaba, amaba en Dios.

Añoro aquellos días de Cibeles, la grande,

que recorría, cuentan, enormemente bella,

en su carro de bronce, ciudades deslumbrantes:

sus senos derramaban, gemelos, por doquier

el arroyo purísimo de la vida infinita;

y el hombre succionaba, dichoso, la ubre santa,

como un niño pequeño que juega en su regazo.

-Y el Hombre, por ser fuerte, era casto y afable.

Por desgracia, ahora dice: ya sé todas las cosas;

y va, avanzando a ciegas, sin oír, sin mirar.

-¡Así pues, ya no hay dioses! ¡Ya sólo el Hombre es Rey,

sólo él Dios! ¡Pero Amor es la única Fe …!

¡Si el hombre aún bebiera de tus ubres, Cibeles,

gran madre de los dioses y de todos los hombres,

si no hubiera olvidado la inmortal Astarté,

que antaño, al emerger en el fulgor inmenso

del mar, cáliz de carne que la ola perfuma,

mostró su ombligo rosa, donde la espuma nieva,

e hizo cantar, Diosa de ojos negros triunfales,

el roncal en el bosque y en el pecho el amor!



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"En cuclillas" (fragmento)


Tarde, cuando ya siente náuseas en el estómago,

el lego Milotús, con su ojo en la tronera

por donde el sol naciente, calderón deslumbrante,

le lanza una migraña que le nubla la vista,

remueve entre las sábanas su barrigón de cura.

Se agita cual poseso bajo la manta parda,

se tira de la cama, y haciéndose un ovillo

tembloroso, asustado, cual viejo que comiera

su rapé, le es preciso, cogiendo su orinal,

blanco, remangarse hasta la ijada la camisa.

Agachado, aterido, con los dedos del pie

encogidos, temblando, al claro sol que ofrece

el oro de sus panes al pobre ventanal;

y la nariz del pobre, con resplandor de laca,

resopla al nuevo día, carnoso polipero.



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"El aguinaldo de los huérfanos" (fragmento)


El cuarto es una umbría; levemente se oye

el bisbiseo triste y suave de dos niños.

Sus cabezas se inclinan, llenas aún de sueños

bajo el blanco dosel que tiembla, al ser alzado.

En la calle, los pájaros, se apiñan, frioleros:

bajo el gris de los cielos, sus alas se entumecen;

y envuelto en su cortejo de bruma, el Año Nuevo,

arrastrando los pliegues de su manto de nieves,

sonríe entre sollozos, y canta estremecido…



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Manuel Altolaguirre aseguró que el poeta maldito no existe, puesto que la carga del poeta es resistir pese a todo; sin embargo, si la figura de un artista fuese la del cuerpo que sobrelleva, que soporta, ¿habríamos tenido un Rimbaud?


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Eduardo Limón

Eduardo Limón


Editor de Fotografía y Moda
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