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Poemas de Miriam Reyes para las mujeres que han decidido no ser madres y no se sienten incompletas

1 de marzo de 2018

Esther Pineda G

La poeta Miriam Reyes nació el 29 de diciembre de 1974 en la ciudad española de Orense. A los ocho años tuvo que dejar lo que hasta entonces conocía de su vida para iniciar de nuevo en Venezuela junto a sus padres; en ese momento la escritura se convirtió en una herramienta para canalizar sus experiencias, para cuestionar lo que pasaba a su alrededor, pero también para hallar respuestas.

 

Su temprano inicio en el mundo de las letras marcaría su destino; la necesidad de escribir nunca la abandonaría. Estudió Letras en la Universidad Central de Venezuela y posteriormente obtuvo la licenciatura en Filología Hispánica en la Universitat de Barcelona.

 


En el año 2001 publicó su primer poemario titulado Espejo negro, después vendría Bella durmiente (2004), Desalojos (2008), Yo, interior, cuerpo (2013), Haz lo que te digo (2015), y el más reciente Prensado en frío (2016). También se ha desempeñado como editora y traductora, al mismo tiempo que ha experimentado con la escritura audiovisual y el recital multimedia.

 

Aunque su poesía abarca una diversidad de temas como la familia, la pérdida de un ser querido, la comunicación y las relaciones humanas; en su producción aparece como una preocupación recurrente la maternidad, la sexualidad, el placer, la violencia simbólica y sexual experimentada por las mujeres, y, sobre todo, la necesidad de transgredir y trascender el mandato social de la feminidad.

 

Así que invitamos entonces a conocer a esta joven poeta sin tapujos:

 


"Presiento el desastre de la maternidad"


catástrofe de interminables e insufribles secuelas

te lo comunico con el temblor de mi vientre

y tú te ríes imaginando bicefalitos

jugando a adivinar el monstruo

que podría salir de esta tumba semiabierta

a la que tantas veces te has asomado. 

 


"Inmóvil"


Abandonado a tu pesadez de hombre inmóvil

me miras con antiquísimos resentimientos.

Óyeme bien

soy inocente de tu pasado

no soy tu puta madre

ni tu enferma madre

ni tu loca madre

aunque sea puta loca.

No merezco recibir agresiones ajenas

retrasadas y caducas.

No proyectes sobre mí los espectros de tu niñez

tengo forma, color y dimensiones propias.

Tampoco vengas a mí

llorando como un niño

cuando no lo eres

este regazo que te acoge también te desea.

No sobreactúes

a mí también me expulsaron del paraíso

antes de tiempo

y sin notificación previa

¿a quién no?

Anda hombre

levántate de ti.

 


No soy dueña de nada

mucho menos podría serlo de alguien.

No deberías temer

cuando estrangulo tu sexo,

no pienso darte hijos ni anillos ni promesas.

Toda la tierra que tengo la llevo en los zapatos.

Mi casa es este cuerpo que parece una mujer,

no necesito más paredes y adentro tengo

mucho espacio: 

ese desierto negro que tanto te asusta.

 


Eventualmente paso días enteros sangrando

(por negarme a ser madre).

El vientre vacío sangra

exagerado e implacable como una mujer enamorada.

Si los hijos no salieron nunca

del cuerpo de sus madres

juro que tendría uno ahora mismo,

para sentirlo crecer dentro de mí

hasta poseerme como en una sesión espiritista

o como si mi bebé y yo

fuéramos muñecas rusas

una llena de la otra

mamá llena de bebé.

También tendría un hijo

si ellos siempre fueran bebés

y pudiera sostenerlo en mis brazos por encima de la realidad

para que mi niño nunca pusiera los pies en la tierra.

Pero ellos llegan a ser

tan viejos como uno.

No alimentaré a nadie con mi cuerpo

para que viva este suicidio en cuotas que vivo yo.

Por eso sangro y tengo cólicos

y me aprieto este vientre vacío

y trago pastillas hasta dormirme y olvidar

que me desangro en mi negación.



Soy lo que no entiendes

y simplificas

lo que no puedes cambiar

y limitas

lo que necesitas

y humillas.

Por más que te obedezca

no hago lo que deseas.

Por más que me anules

te lastimo.

 


Nos apegamos demasiado a los hombres

esas criaturas bidimensionales e inocentes

a su piel

adherente como una tela de araña.

Me quedaría allí hasta que no dejase nada de mí

nada.

Hasta que empezamos a pesarles

como si de pronto engordásemos.

Entonces nos preguntamos

qué pasó y

cuándo.

Inevitablemente nos ponemos

éticas patéticas pelenpenpéticas

pesadas peludas pelenpenpudas

nos salen canas arrugas

caries estrías verrugas

la sangre no circula.

Nos explotan por dentro.

Se llevan nuestra piel pegada a tiras

y en sus manos algún órgano fácil de vender.

En realidad no saben lo que hacen

sólo quieren liberarse de la carga.

 


No mamá

no quiero que mis hijos coman tierra

no quiero que me devoren. 

 

 

Cuando el rey de la casa entraba

había que correr a la puerta

con zapatillas, cerveza y reverencia.

Por alguna razón

él suponía que debíamos estar felices

de verle volver cada noche

para escuchar sus juramentos

creer sus sueños, vivir de sus mentiras.



Antes de que te lo enseñen por ahí

te lo voy a explicar yo

—me dijo—

mientras abría mi cama.

Ya no recuerdo cuántos años tenía entonces,

si era joven o vieja.

Sólo recuerdo el asco

arrastrándose dedo tras dedo

por las manos de todos los hombres

—por mis propias manos—.

Por favor, pasen sin tocar, pasen pasen.

Hasta que un día encerré el dolor en un frasco

le puse al asco tu cara

y cerré la tapa.

Cuando abrí los ojos habías desaparecido

y por fin pude besar

los ansiolíticos dedos de mi amante.

 

 

Me he vuelto demasiado sensata

comprensiva abnegada

perfecta hasta la náusea.

Te dejo que pasees con tu aire de semental

al baño de la cocina a por un poco de agua.

Si me preguntas

te digo que sí para no entrar en detalles

para que duermas tranquilo y rindas en la oficina.

La mentira es a menudo más fácil y espontánea

como estar juntos.

Es como mi cuerpo,

tiene esquinas redondeadas

y formas ergonómicas

(sin hablar de lo mucho que abriga

y lo poco que pesa).

No pide nada, no hace preguntas

prefiere no saber.

Acolchado de amor

hace tiempo que no siente la cabeza.

 

 

Desvalijada

dentro solo queda la pequeña de 8 años

con el sexo cerrado de una Nancy.

Yo le arranqué las pestañas, los pelos, las piernas.

Fui yo y no otra ni otro. La niña.

Sentada sobre una montaña de agujas

—sagrado corazón confía en mis heridas no

se le puede echar la culpa de nada

aunque se cuelgue del cuello del primero que pase.

 


Amo a este hombre misógino

Deseo su sexo descarado que pasea de aquí para allá

que entra donde como y cuando él lo desea

vomita su odio en mí y se va.

Yo, maravillosa artesana,

hago de su asco mi mejor creación:

una réplica suya mejorada.

Del vómito incubado en el más repugnante de los seres

nacerá la criatura que lo iguale en fuerza

y sea capaz de destruirlo por envidia

como yo no pude hacerlo por amor.



**


La maternidad es una opción, no una obligación. Si eres de las que han decidido no ser madres seguro te gustará el poema "No quise conformarme y decidí ser escritora"



**


Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a la artista feminista Linder Sterling.


TAGS: Feminismo Poemas escritoras
REFERENCIAS:

Esther Pineda G


Colaborador

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