Poemas para las noches en las que te sientas sola, decepcionada y herida

Jueves, 31 de agosto de 2017 16:31

|Esther Pineda G


Rosario Castellanos es considerara una de las más importantes poetas mexicanas contemporáneas; nacida en la Ciudad de México en 1925, estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y en 1950 egresó como maestra en Filosofía. Durante algunos años trabajó en el Instituto Mexicano de Ciencias y Arte, fue promotora del Instituto Chiapaneco de la Cultura y del Instituto Nacional Indigenista, escribió durante años en el diario Excélsior y en 1954 recibió la beca de poesía y ensayo de la Fundación Rockefeller. También se dedicó a la enseñanza superior y fue profesora en distintas universidades tanto de México como del extranjero. Además, se desempeñó como embajadora de México ante el gobierno de Israel hasta la fecha de su muerte en 1974.


Su producción literaria se caracterizó por la diversidad de estilos, llegó a escribir ensayo, novela, cuento y poesía, en este último género destacan los poemarios: Trayectoria del polvo (1948), Apuntes para una declaración de fe (1948), De la vigilia estéril (1950), El rescate del mundo (1952), Presentación al templo: poemas (1951), Poemas 1953-1955 (1957), Al pie de la letra (1959), Salomé y Judith: poemas dramáticos (1959), Lívida luz (1960), Materia memorable (1960) y Poesía no eres tú: obra poética 1948-1971 (1972).




Su obra puede catalogarse como política, dado que en ella se evidencia su profunda preocupación por la situación social de la mujer, de los oprimidos, los perseguidos, los desaparecidos y los empobrecidos de su país. Pero su poesía también se califica de autobiográfica al explorar el dolor, el desamor y la soledad; sentimientos que dan cuenta de su lucha contra la depresión que padeció por haber sufrido de algunos abortos involuntarios, la muerte de una hija recién nacida, así como las continuas infidelidades de su esposo, de quien se divorció tras 13 años de matrimonio. 

 

Fue esa intensidad poética lo que hizo a Castellanos acreedora de importantes reconocimientos, como El Premio Chiapas en 1958, Premio Xavier Villaurrutia de 1961, Premio Sor Juana Inés de la Cruz en 1962, Premio Carlos Trouyet en 1967 y el Premio Elías Sourasky de Letras en 1972. Te invitamos, entonces, a dejarte llevar por la emotividad que guardan cada uno de sus poemas:



"Meditación en el umbral"


No, no es la solución

tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoi

ni apurar el arsénico de Madame Bovary

ni aguardar en los páramos de Ávila la visita

del ángel con venablo

antes de liarse el manto a la cabeza

y comenzar a actuar.

Ni concluir las leyes geométricas, contando

las vigas de la celda de castigo

como lo hizo Sor Juana. No es la solución

escribir, mientras llegan las visitas,

en la sala de estar de la familia Austen

ni encerrarse en el ático

de alguna residencia de Nueva Inglaterra

y soñar, con la Biblia de los Dickinson,

debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo que no se llame Safo

ni Messalina ni María Egipciaca

ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre.

Otro modo de ser.




"Telenovela"


El sitio que dejó vacante Homero,

el centro que ocupaba Scherezada

(o antes de la invención del lenguaje, el lugar

en que se congregaba la gente de la tribu

para escuchar al fuego)

ahora está ocupado por la Gran Caja Idiota.

Los hermanos olvidan sus rencillas

y fraternizan en el mismo sofá; señora y sierva

declaran abolidas diferencias de clase

y ahora son algo más que iguales: cómplices.

La muchacha abandona

el balcón que le sirve de vitrina

para exhibir disponibilidades

y hasta el padre renuncia a la partida

de dominó y pospone

los otros vergonzantes merodeos nocturnos.

Porque aquí, en la pantalla, una enfermera

se enfrenta con la esposa frívola del doctor

y le dicta una cátedra

en que habla de moral profesional

y las interferencias de la vida privada.

Porque una viuda cosa hasta perder la vista

para costear el baile de su hija quinceañera

que se avergüenza de ella y de su sacrificio

y la hace figurar como una criada.

Porque una novia espera al que se fue;

porque una intrigante urde mentiras:

porque se falsifica un testamento;

porque una soltera da un mal paso

y no acierta a ocultar las consecuencias.

Pero también porque la debutante

ahuyenta a todos con su mal aliento.

Porque la lavandera entona una aleluya

en loor del poderoso detergente.

Porque el amor está garantizado

por un desodorante

y una marca especial de cigarrillos

y hay que brindar por él con alguna bebida

que nos hace felices y distintos.

Y hay que comprar, comprar, comprar, comprar.

Porque compra es sinónimo de orgasmo,

porque comprar es igual que beatitud,

porque el que compra se hace semejante a dioses.

No hay en ello herejía.

Porque en la concepción y en la creación del hombre

se usó como elemento la carencia.

Se hizo de él un ser menesteroso,

una criatura a la que le hace falta

lo grande y lo pequeño.

Y el secreto teológico, el murmullo

murmurado al oído del poeta,

la discusión del aula del filósofo

es ahora potestad del publicista.

Como dijimos antes no hay nada malo en ello.

Se está siguiendo un orden natural

y recurriendo a su canal idóneo.

Cuando el programa acaba

la reunión se disuelve.

Cada uno va a su cuarto

mascullando un —apenas— "buenas noches".

Y duerme. Y tiene hermosos sueños prefabricados.




"Se habla de Gabriel"


Como todos los huéspedes mi hijo me estorbaba

ocupando un lugar que era mi lugar,

existiendo a deshora,

haciéndome partir en dos cada bocado.

Fea, enferma, aburrida

lo sentía crecer a mis expensas,

robarle su color a mi sangre, añadir

un peso y un volumen clandestinos

a mi modo de estar sobre la tierra.

Su cuerpo me pidió nacer, cederle el paso;

darle un sitio en el mundo,

la provisión de tiempo necesaria a su historia.

Consentí. Y por la herida en que partió, por esa

hemorragia de su desprendimiento

se fue también lo último que tuve

de soledad, de yo mirando tras de un vidrio.



"Agonía fuera del muro"


Miro las herramientas,

el mundo que los hombres hacen, donde se afanan,

sudan, paren, cohabitan.

El cuerpo de los hombres prensado por los días,

su noche de ronquido y de zarpazo

y las encrucijadas en que se reconocen.

Hay ceguera y el hambre los alumbra

y la necesidad, más dura que metales.

Sin orgullo (¿qué es el orgullo? ¿Una vértebra

que todavía la especie no produce?)

Los hombres roban, mienten,

como animal de presa olfatean, devoran

y disputan a otro la carroña.

Y cuando bailan, cuando se deslizan

o cuando burlan una ley o cuando

se envilecen, sonríen,

entornan levemente los párpados, contemplan

el vacío que se abre en sus entrañas

y se entregan a un éxtasis vegetal, inhumano.

Yo soy de alguna orilla, de otra parte,

soy de los que no saben ni arrebatar ni dar,

gente a quien compartir es imposible.

No te acerques a mí, hombre que haces el mundo,

Déjame, no es preciso que me mates.

Yo soy de los que mueren solos, de los que mueren

de algo peor que vergüenza.

Yo muero de mirarte y no entender.




"El pobre"


Me ve como desde un siglo remoto,

como desde un estrato geológico distinto.

Del idioma que algunos atesoran

le dieron de limosna una palabra

para pedir su pan y otra para dar gracias.

Ninguna para el diálogo.

El domador, con látigo y revólveres,

le enseña a hacer piruetas divertidas,

pero no a erguirse, no a romper la jaula,

y lo premia con una palmada sobre el lomo.

Aunque son tantos (nunca se acabarán, prometen

las profecías) cada uno

cree que es el último sobreviviente

—después de la catástrofe— de una especie extinguida.

Allí está; receptáculo

de la curiosidad incrédula, del odio,

del llanto compasivo, del temor.

Como una luz nos hace

cerrar violentamente los ojos y volvernos

hacia lo que se puede comprender.

Nadie, aunque algunos juren en el templo, en la esquina,

desde la silla del poder o sobre

el estrado del juez, nadie es igual

al pobre ni es hermano de los pobres.

Hay distancia, hay la misma extrañeza interrogante

que ante lo mineral. Hay la inquietud

que suscita un axioma falso. Hay

la alarma, y aún la risa,

de cuando contemplamos

nuestra caricatura, nuestro ayer en un simio.

Y hay algo más. El puño se nos cierra

para oprimir; y el alma

para rechazar lejos al intruso.

¡Qué náusea repentina

(su figura, mi horror)

por lo que debería ser un hombre y no es!



"Límite"


Aquí, bajo esta rama, puedes hablar de amor.

Más allá es la ley, es la necesidad,

la pista de la fuerza, el coto del terror,

el feudo del castigo.

Más allá, no.





"Autorretrato"


Yo soy una señora: tratamiento

arduo de conseguir, en mi caso, y más útil

para alternar con los demás que un título

extendido a mi nombre en cualquier academia.

Así, pues, luzco mi trofeo y repito:

yo soy una señora. Gorda o flaca

según las posiciones de los astros,

los ciclos glandulares

y otros fenómenos que no comprendo.

Rubia, si elijo una peluca rubia.

O morena, según la alternativa.

(En realidad, mi pelo encanece, encanece).

Soy más o menos fea. Eso depende mucho

de la mano que aplica el maquillaje.

Mi apariencia ha cambiado a lo largo del tiempo

—aunque no tanto como dice Weininger

que cambia la apariencia del genio—. Soy mediocre.

Lo cual, por una parte, me exime de enemigos

y, por la otra, me da la devoción

de algún admirador y la amistad

de esos hombres que hablan por teléfono

y envían largas cartas de felicitación.

Que beben lentamente whisky sobre las rocas

y charlan de política y de literatura.

Amigas... hmmm... a veces, raras veces

y en muy pequeñas dosis.

En general, rehúyo los espejos.

Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal

y que hago el ridículo

cuando pretendo coquetear con alguien.

Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño

que un día se erigirá en juez inapelable

y que acaso, además, ejerza de verdugo.

Mientras tanto lo amo.

Escribo. Este poema. Y otros. Y otros.

Hablo desde una cátedra.

Colaboro en revistas de mi especialidad

y un día a la semana publico en un periódico.

Vivo enfrente del Bosque. Pero casi

nunca vuelvo los ojos para mirarlo. Y nunca

atravieso la calle que me separa de él

y paseo y respiro y acaricio

la corteza rugosa de los árboles.

Sé que es obligatorio escuchar música

pero la eludo con frecuencia. Sé

que es bueno ver pintura

pero no voy jamás a las exposiciones

ni al estreno teatral ni al cine-club.

Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo

y, si apago la luz, pensando un rato

en musarañas y otros menesteres.

Sufro más bien por hábito, por herencia, por no

diferenciarme más de mis congéneres

que por causas concretas.

Sería feliz si yo supiera cómo.

Es decir, si me hubieran enseñado los gestos,

los parlamentos, las decoraciones.

En cambio me enseñaron a llorar. Pero el llanto

es en mí un mecanismo descompuesto

y no lloro en la cámara mortuoria

ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.

Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo

el último recibo del impuesto predial.





"Kinsey report"

1


¿Si soy casada? Sí. Esto quiere decir

que se levantó un acta en alguna oficina

y se volvió amarilla con el tiempo

y que hubo ceremonia en una iglesia

con padrinos y todo. Y el banquete

y la semana entera en Acapulco.

No, ya no puedo usar mi vestido de boda.

He subido de peso con los hijos,

con las preocupaciones. Ya ve usted, no faltan.

Con frecuencia, que puedo predecir,

mi marido hace uso de sus derechos o,

como él gusta llamarlo, paga el débito

conyugal. Y me da la espalda. Y ronca.

Yo me resisto siempre. Por decoro.

Pero, siempre también, cedo. Por obediencia.

No, no me gusta nada.

De cualquier modo no debería de gustarme

porque yo soy decente ¡y él es tan material!

además, me preocupa otro embarazo.

Y esos jadeos fuertes y el chirrido

de los resortes de la cama pueden

despertar a los niños que no duermen después

hasta la madrugada.


2


Soltera, sí. Pero no virgen. Tuve

un primo a los trece años.

Él de catorce y no sabíamos nada.

Me asusté mucho. Fui con un doctor

que me dio algo y no hubo consecuencias.

Ahora soy mecanógrafa y algunas veces salgo

a pasear con amigos.

Al cine y a cenar. Y terminamos

la noche en un motel. Mi mamá no se entera.

Al principio me daba vergüenza, me humillaba

que los hombres me vieran de ese modo

después. Que me negaran

el derecho a negarme cuando no tenía ganas

porque me habían fichado como puta.

Y ni siquiera cobro. Y ni siquiera

puedo tener caprichos en la cama.

Son todos unos tales. ¿Qué que por qué lo hago?

Porque me siento sola. O me fastidio.

Porque ¿no lo ve usted? estoy envejeciendo.

Ya perdí la esperanza de casarme

y prefiero una que otra cicatriz

a tener la memoria como un cofre vacío.



3


Divorciada. Porque era tan mula como todos.

Conozco a muchos más. Por eso es que comparo.

De cuando en cuando echo una cana al aire

para no convertirme en una histérica.

Pero tengo que dar el buen ejemplo

a mis hijas. No quiero que su suerte

se parezca a la mía.


4


Tengo ofrecida a dios esta abstinencia,

¡por caridad, no entremos en detalles!

A veces sueño. A veces despierto derramándome

y me cuesta un trabajo decirle al confesor

que, otra vez, he caído porque la carne es flaca.

Ya dejé de ir al cine. La oscuridad ayuda

y la aglomeración en los elevadores.

Creyeron que me iba a volver loca

pero me estaba atendiendo un médico. Masajes.

Y me siento mejor.


5


A los indispensables (como ellos se creen)

los puede usted echar a la basura,

como hicimos nosotras.

Mi amiga y yo nos entendemos bien.

Y la que manda es tierna, como compensación:

así como también la que obedece

es coqueta y se toma sus revanchas.

Vamos a muchas fiestas, viajamos a menudo

y en el hotel pedimos

un solo cuarto y una sola cama.

Se burlan de nosotras pero también nosotras

nos burlarnos de ellos y quedamos a mano.

Cuando nos aburramos de estar solas

alguna de las dos irá a agenciarse un hijo.

¡No, no de esa manera! en el laboratorio

de la inseminación artificial.



6


Señorita. Sí, insisto. Señorita.

Soy joven. Dicen que no fea. Carácter

llevadero. Y un día

vendrá el príncipe azul, porque se lo he rogado

como un milagro a San Antonio. Entonces

vamos a ser felices. Enamorados siempre.

¡Qué importa la pobreza! Y si es borracho

lo quitaré del vicio. Si es mujeriego

yo voy a mantenerme siempre tan atractiva,

tan atenta a sus gustos, tan buena ama de casa,

tan prolífica madre

y tan extraordinaria cocinera,

que se volverá fiel como premio a mis méritos,

entre los que el mayor es la paciencia.

lo mismo que mis padres y los de mi marido

celebraremos nuestras bodas de oro

con gran misa solemne.

No, no he tenido novio. No, ninguno

todavía. Mañana.




"El encerrado" (extracto)


El látigo del fuerte

chasquea sobre el lomo

del miedo y la cadena

del opresor se ciñe

a los tobillos

de los que nunca ya podrán danzar.

Uno persigue a otro, lo alcanza,

lo asesina.

Y tú presencias todo,

maravillado, ajeno,

sin preguntar por qué.



"Jornada de la soltera"


Da vergüenza estar sola. El día entero

arde un rubor terrible en su mejilla.

(Pero la otra mejilla está eclipsada).

La soltera se afana en quehacer de ceniza,

en labores sin mérito y sin fruto;

y a la hora en que los deudos se congregan

alrededor del fuego, del relato,

se escucha el alarido

de una mujer que grita en un páramo inmenso

en el que cada peña, cada tronco

carcomido de incendios, cada rama

retorcida, es un juez

o es un testigo sin misericordia.

De noche la soltera

se tiende sobre el lecho de agonía.

Brota un sudor de angustia a humedecer las sábanas

y el vacío se puebla

de diálogos y hombres inventados.

Y la soltera aguarda, aguarda, aguarda.

y no puede nacer en su hijo, en sus entrañas,

y no puede morir

en su cuerpo remoto, inexplorado,

planeta que el astrónomo calcula,

que existe aunque no ha visto.

Asomada a un cristal opaco la soltera

—astro extinguido— pinta con un lápiz

en sus labios la sangre que no tiene

y sonríe ante un amanecer sin nadie.




**


Después estos poemas que acabas de leer, tal vez estos otros te ayudarán para cuando te sientas perdida y partida en dos, pues la literatura también nos sirve para sobrellevar los momentos malos que experimetemos.


**


Las imágenes que acompañan el texto pertenecen a la fotógrafa Joulen Flordy.

REFERENCIAS:
Esther Pineda G

Esther Pineda G


Colaborador
  COMENTARIOS