4 poemas de T.S. Eliot para buscar la tierra baldía

Martes, 25 de septiembre de 2018 15:55

|Rodrigo Ayala Cárdenas
poemas de ts eliot

T.S. Eliot (26 de septiembre de 1888) transitó caminos alejados de lo común para explorar una poesía que pasó a formar parte esencial del arte del siglo XX.

Dicen que la obra de T. S. Eliot todavía está por descubrirse, ya que el poeta dejó inéditos cientos de poemas y otros textos que aún están por darle forma a su obra. Eliot vino al mundo un 26 de septiembre de 1888 en San Luis, Missouri, Estados Unidos como Thomas Stearns Eliot. Ese día este planeta, sus habitantes y la literatura ganaron a un visionario, una mente capaz de meterse en esas zonas oscuras y a la vez luminosos de la vida. Su obra más famosa es quizás los Cuatro cuartetos, uno de los títulos básicos para quien quiera leer poesía libre y atravesar caminos alejados de lo convencional.


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A continuación podrás leer cuatro poemas de T.S. Eliot que lo llevaron a convertirse en una de las plumas infaltables e indispensables de la poesía escrita en inglés. 



“El viaje de los magos”


“Qué helada travesía,

Justo la peor época del año

Para un viaje, y un viaje tan largo:

Los caminos hondos y el aire ríspido,

Lo más recio del invierno”.

‘Y los camellos llagados, sus patas adoloridas, refractarios,

Tendidos en la nieve que se derretía.

A veces añorábamos

Los palacios de verano en las cuestas, las terrazas,

Y las niñas sedosas que nos servían sorbetes.

Iban los camelleros blasfemando, mascullando,

Huyendo, y pidiendo licor y mujeres,

Y las fogatas se extinguían y no había refugios,

Y las ciudades hostiles y los pueblos agresivos

Y las aldeas sucias y caras:

Cuánto tuvimos que aguantar.

Al final preferimos viajar de noche,

Dormir a ratos,

Con las voces cantando en nuestros oídos, diciendo

Que todo esto era locura.


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Entonces llegamos al amanecer a un valle templado,

Húmedo, lejos de las nieves perpetuas, y olía a vegetación;

Con un arroyo y un molino de agua que golpeaba la oscuridad,

Y en el horizonte tres árboles,

Y un viejo caballo blanco se fue galopando hacia la pradera.

Luego llegamos a una taberna con hojas de parra en el dintel,

Seis manos junto a una puerta abierta

Jugaban a los dados por un poco de plata,

Y alguien pateaba los odres vacíos de vino,

Pero no había información, y seguimos

Y llegamos al anochecer, y justo a tiempo

Encontramos el lugar; era (podríamos decir) satisfactorio.


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Todo esto fue hace mucho tiempo, recuerdo,

Y yo lo volvería a hacer, pero que quede

Esto claro que quede

Esto: ¿nos llevaron tan lejos

Por un Nacimiento o por una Muerte? Hubo un Nacimiento,

Teníamos pruebas y ninguna duda. Yo había visto nacer y morir,

Pero pensaba que eran distintos: este Nacimiento

Nos sometió a una dura y amarga agonía,

Como la Muerte, nuestra muerte.

Regresamos a nuestros lugares, estos Reinos,

Pero ya no estamos en paz aquí, bajo la antigua ley.

Con un pueblo extraño aferrado a sus dioses.

Cuánto gusto me daría otra muerte.


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“Ojos que vi con lágrimas”


Ojos que vi con lágrimas la última vez

a través de la separación

aquí en el otro reino de la muerte

la dorada visión reaparece

veo los ojos pero no las lágrimas

esta es mi aflicción.


Esta es mi aflicción:

ojos que no volveré a ver

ojos de decisión

ojos que no veré a no ser

a la puerta del otro reino de la muerte

donde, como en éste

los ojos perduran un poco de tiempo

un poco de tiempo duran más que las lágrimas

y nos miran con burla.


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“Cántico de Simeón”


Oh Señor, los jacintos romanos florean en los tiestos

Y el sol de invierno asoma por los nevados montes;

La estación obstinada ceja en su porfía

Mi vida vana espera el viento de la muerte

Como pluma en el dorso de la mano.

En soleados rincones, la memoria del polvo

Espera el viento helado que sopla hacia el desierto.


Concédenos tu paz.

He caminado mucho entre estos muros,

He observado el ayuno y la fe, he velado por los pobres,

He dado y recibido honores, bienestar…

Nadie fue nunca echado de mi puerta.

¿Quién va a acordarse de mi casa? ¿Dónde vivirán

Los hijos de mis hijos cuando llegue la hora del dolor?

Tomarán el sendero de la cabra, la cueva de la zorra,

Para ponerse a salvo de extraños rostros y de extrañas armas.


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Antes del día de la soga, del azote y el gemido,

Concédenos tu paz.

Antes de la hora del monte desolado,

Antes de la hora del materno dolor,

En esta hora del nacimiento y de la muerte,

Deja que sea el Niño, el Verbo no dicho aunque sobrentendido,

Quien dé el consuelo de Israel

A éste que tiene ochenta años y ningún mañana.


Conforme a tu promesa,

Ha de penar quien te honre en cada generación,

Con gloria y con escarnio, luz tras luz,

Ascendiendo la escala de los santos.

No para mí el martirio, el éxtasis de la meditación y la plegaria,

Ni la postrer visión.

Concédeme tu paz.

(Y una espada ha de herir tu corazón,

También el tuyo.)

Estoy cansado de mi propia vida y de la de quienes han de vivir.

Yo muero de mi propia muerte y de la de quienes han de morir.

Haz que al partir tu siervo

Vea tu salvación.


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“La tierra baldía”


I. EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS


Abril es el mes más cruel: engendra

lilas de la tierra muerta, mezcla

recuerdos y anhelos, despierta

inertes raíces con lluvias primaverales.

El invierno nos mantuvo cálidos, cubriendo

la tierra con nieve olvidadiza, nutriendo

una pequeña vida con tubérculos secos.

Nos sorprendió el verano, precipitóse sobre el Starnbergersee

con un chubasco, nos detuvimos bajo los pórticos,

y luego, bajo el sol, seguimos dentro de Hofgarten,

y tomamos café y charlamos durante una hora.

Bin gar keine Russin, stamm’aus Litauen, echt deutsch.

Y cuando éramos niños, de visita en casa del archiduque,

mi primo, él me sacó en trineo.

Y yo tenía miedo. Él me dijo: Marie,

Marie, agárrate fuerte. Y cuesta abajo nos lanzamos.

Uno se siente libre, allí en las montañas.

Leo, casi toda la noche, y en invierno me marcho al Sur.


¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen

en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,

no puedes decirlo ni adivinarlo; tu sólo conoces

un montón de imágenes rotas, donde el sol bate,

y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela

y la piedra seca no da agua rumorosa. Sólo

hay sombra bajo esta roca roja

(ven a cobijarte bajo la sombra de esta roca roja),

y te enseñaré algo que no es

ni la sombra tuya que te sigue por la mañana

ni tu sombra que al atardecer sale a tu encuentro;

te mostraré el miedo en un puñado de polvo.


Frisch weht der Wind

der Heimat zu

mein Irisch Kind,

Wo weilest du?


«Hace un año me diste jacintos por primera vez;

me llamaron la muchacha de los jacintos.»

— Pero cuando regresamos, tarde, del jardín de los jacintos,

llevando, tú, brazados de flores y el pelo húmedo, no pude

hablar, mis ojos se empañaron, no estaba

ni vivo ni muerto, y no sabía nada,

mirando el silencio dentro del corazón de la luz.

Oed’ und leer das Meer.


Madame Sosostris, famosa pitonisa,

tenía un mal catarro, aun cuando

se la considera como la mujer más sabia de Europa,

con un pérfido mazo de naipes. Ahí —dijo ella—

está su naipe, el Marinero Fenicio que se ahogó,

(estas perlas fueron sus ojos. ¡Mira!)

aquí está la Belladonna, la Dama de las Rocas,

la dama de las peripecias.

Aquí está el hombre de los tres bastos, y aquí la Rueda,

y aquí el comerciante tuerto, y este naipe

en blanco es algo que lleva sobre la espalda

y que no puedo ver. No encuentro

al Ahorcado. Temed, la muerte por agua.

Veo una muchedumbre girar en círculo.

Gracias. Cuando vea a la señora Equitone,

dígale que yo misma le llevaré el horóscopo:

¡una tiene que andar con cuidado en estos días!


Ciudad Irreal,

bajo la parda niebla del amanecer invernal,

una muchedumbre fluía sobre el puente de Londres ¡eran tantos!

Nunca hubiera yo creído que la muerte se llevara a tantos.

Exhalaban cortos y rápidos suspiros

y cada hombre clavaba su mirada delante de sus pies.

Cuesta arriba y después calle King William abajo

hacia donde Santa María Woolnoth cuenta las horas

con un repique sordo al final de la novena campanada.

Allí encontré un conocido y le detuve gritando: «¡Stetson!,

¡tú, que estuviste contigo en los barcos de Mylae!

¿Aquel cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,

ha empezado a germinar? ¿Florecerá este año?

¿No turba su lecho la súbita escarcha?

¡Oh, saca de allí al Perro, que es amigo de los hombres,

pues si no lo desenterrará de nuevo con sus uñas!

Tú, hypocrite lecteur! — mon semblable — mon frère!»


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II. UNA PARTIDA DE AJEDREZ


LA SILLA en que estaba sentada, como un bruñido trono,

se reflejaba en el mármol, donde el espejo

de soportes labrados con pámpanos y racimos

entre los cuales un Cupido dorado se asomaba

(otro ocultaba sus ojos bajo el ala)

copiaba las llamas de los candelabros de siete brazos

que arrojaban su luz sobre la mesa, mientras

el brillo de sus joyas, desbordando profusamente

de los estuches de raso, subió a su encuentro.

En redomas de marfil y cristal policromo,

destapadas, acechaban sus raros perfumes sintéticos,

ungüentos, en polvo o líquidos —turbando, confundiendo

y ahogando los sentidos en olor; agitados por el aire

fresco que soplaba de la ventana, ascendían,

alimentando las alargadas llamas de las velas,

proyectando sus humos sobre los laquearios,

animando los diseños del artesonado techo.

Enormes leños arrojados por el mar, patinados de cobre,

ardían verdes y anaranjados, en su marco de piedra policroma,

y en su luz mortecina nadaba un delfín tallado.

Sobre la repisa de la chimenea —ventana abierta

a una escena silvestre—estaba representada

la Metamorfosis de Filomela, tan rudamente forzada

por el bárbaro rey; pero aún allí el ruiseñor

llenaba todo el desierto con inviolable voz

y todavía ella lloraba, y aún el mundo persigue

«Tiu Tiu» a oídos sucios.

Y otros tocones marchitos de tiempo

se alzaban en los muros, donde figuras de ojos abiertos

se inclinaban, imponiendo silencio a la estancia.

Se oyeron pasos en la escalera.

Al resplandor del fuego, bajo el cepillo, sus cabellos

se cruzaron en puntos ígneos,

brillaron en palabras y se aquietaron salvajemente.


«Estoy nerviosa esta noche. Muy nerviosa. Quédate conmigo.

Háblame. ¿Por qué nunca hablas? Habla.

¿En qué piensas? ¿Qué piensas? ¿Qué?

Nunca sé en qué piensas. Piensas.»


Creo que nos hallamos en la calleja de las ratas

donde los muertos perdieron sus huesos.


«¿Qué ruido es ese?»

               El viento bajo la puerta.

«¿Qué ruido es ese ahora? ¿Qué hace el viento?»

               Nada, como siempre. Nada.

                                                            «¿No

sabes nada? ¿No ves nada? ¿No

te acuerdas

de nada?»


Recuerdo

que esas perlas fueron sus ojos.

«¿Estás viva o no? ¿No hay nada en tu cabeza?»

                                                            Pero

O O O O ese aire shakespeaheriano:

es tan elegante

tan inteligente.

«¿Qué haré ahora? ¿Qué haré?

¿Salir tal como estoy y andar por la calle

así sin peinar? ¿Qué haremos mañana?

(¿Qué haremos siempre?»

                              Agua caliente a las diez.

Y si llueve, un coche cerrado a las cuatro.

Y jugaremos una partida de ajedrez,

apretando nuestros ojos sin párpados, esperando que llamen a la puerta.


Cuando licenciaron al marido de Lil, yo dije —

y no pesé mis palabras, lo dije sin ambages,

DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA

Ahora Alberto va a regresar, procura lucir mejor.

Él querrá saber qué hiciste con el dinero que te dio

para arreglarte los dientes. Te lo dio, yo estaba allí:

que te los extraigan todos, Lil, y que te pongan una buena dentadura,

dijo él, juro que no puedo soportar mirarte.

Y yo tampoco, dije yo; piensa en el pobre Alberto,

que ha estado en el ejército durante cuatro años, quiere divertirse,

y si no lo hace contigo, ya encontrará otras, dije yo.

¡Oh hay otras!, dijo ella. Algo por el estilo, dije yo.

Entonces ya sé a quién agradecérselo, dijo ella, mirándome fijamente.

DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA

Si esto no te gusta, lo mismo da, dije yo.

Otras se aprovecharán si tú no puedes.

Pero si Alberto se marcha, no podrás decir que no te han avisado.

Deberías avergonzarte, dije, de parecer tan vieja

(y no tiene más que treinta y un años)

no es culpa mía, dijo, poniendo cara triste.

Son esas píldoras que tomé para abortar, dijo.

(Ha tenido cinco ya, y casi se muere en el parto de Jorge.)

El boticario me dijo que no sería nada, pero nunca he vuelto a ser la misma.

Eres una tonta de capirote, dije yo.

Bueno, si Alberto no te suelta, no puedes quejarte, dije.

¿Por qué te casaste si no te gustan los niños?

DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA

Bueno, aquel domingo Alberto estaba en casa, tenían jamón

y me invitaron a cenar para que saboreara el jamón caliente.

DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA

DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA

Buenas noches Bill. Buenas noches, Lou. Buenas noches, May. Buenas noches.

Adiós, adiós. Buenas noches. Buenas noches.

Buenas noches, señoras, buenas noches, adorables señoras, buenas noches, buenas noches.


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III. EL SERMÓN DEL FUEGO


El dosel del río se ha roto: los últimos dedos de las hojas

se aterran y se sumen en la húmeda ribera. El viento

cruza, silenciosamente, la tierra parda. Las ninfas se han marchado.

Dulce Támesis, discurre plácidamente, hasta que termine mi canción.

El río no arrastra botellas vacías, papeles de sandwiches,

pañuelos de seda, cajas de cartón, colillas

y otros testimonios de noches de estío. Las ninfas se han marchado.

Y sus amigos, los indolentes herederos de los potentados —

Se han marchado sin dejar sus direcciones.

A orillas del Leman me senté a llorar…

Dulce Támesis, discurre plácidamente, hasta que termine mi canción.

Dulce Támesis, discurre plácidamente, pues no hablaré alto ni extenso.

Pero detrás de mí, en una fría ráfaga, oigo

matraqueos de huesos y risas descarnadas.


Un ratón se deslizó blandamente entre los hierbajos

arrastrando su viscoso vientre por la orilla

mientras yo pescaba en el sombrío canal

en una tarde de invierno detrás del gasómetro

meditando sobre el naufragio de mi hermano rey

y sobre la muerte anterior de mi padre rey.

Cuerpos blancos, cuerpos desnudos sobre la baja tierra húmeda

y huesos arrojados en una guardilla baja y seca,

rozados sólo por la pata del ratón, año tras año.

Pero a mi espalda de vez en cuando oigo

un estrépito de bocinas y motores, que llevarán

a Sweeney en la primavera a casa de la señora Porter

oh, la luna brillaba sobre la señora Porter

y sobre su hija

ambas se lavan los pies con agua gaseosa

et O ces voix d’enfants, chantant dans la coupole!


Tuit tuit tuit

yag yag yag yag yag yag

tan rudamente forzada

Tereo.


Ciudad Irreal

bajo la parda niebla de un mediodía de invierno

el señor Eugenides, comerciante de Esmirna

sin afeitar, con un bolsillo lleno de pasas

C.i.f. Londres: documentos a la vista,

me invitó en francés demótico

a almorzar en el Hotel Cannon Street

y luego a pasar el fin de semana en el Metropole.


A la hora violeta, cuando los ojos y la espalda

se alzan del escritorio, cuando el motor humano espera

como un taxímetro espera palpitando,

yo, Tiresias, aunque ciego, palpitando entre dos vidas,

viejo con arrugados senos de mujer, puedo ver

a la hora violeta, esa hora del atardecer que nos empuja

hacia el hogar y envía del mar a casa al marinero,

la mecanógrafa, ya en casa a la hora del té, levanta la

mesa del desayuno, enciende

su estufa y prepara su comida de conservas.

Colgadas fuera de la ventana están puestas a secar

sus combinaciones acariciadas por los postreros rayos del sol,

sobre el diván (que por la noche le sirve de cama)

hay apilados medias, zapatillas, camisas y sostenes.

Yo, Tiresias, un viejo de tetas arrugadas

vi la escena, y predije el resto —

yo también esperaba al huésped previsto.

Él, un joven carbuncular, llega,

es un empleadillo cualquiera, de mirada atrevida,

uno de esos sujetos cuyo empaque le sienta

como una chistera sobre un millionario de Bradford.

El momento es propicio, como él esperaba,

La cena ha terminado, ella está aburrida y cansada,

él trata de excitarla con caricias

que aun cuando son irreprochables, no son deseadas.

Sonrojado y decidido, él empieza el asalto;

sus manos exploradoras no encuentran resistencia;

su vanidad no necesita respuesta,

y hasta acoge bien su indiferencia.

(Y yo, Tiresias, preví, sufriendo,

todo lo que ocurrió en este mismo diván o cama;

yo, que estuve sentado bajo los muros de Tebas

y anduve por el infierno de los muertos.)

Él le otorga un final beso protector,

y baja a tientas por la oscura escalera…


Ella se vuelve y se mira un momento en el espejo,

sin advertir que su amante ya no está;

su cerebro formula un vago pensamiento:

«Bueno, el asunto terminó ya, y me alegro que así sea».

Cuando una mujer adorable comete tales locuras

y luego vuelve a pasearse sola por su cuarto,

se alisa el pelo con mano automática

y pone un disco en el gramófono.


«Esta música se deslizó junto a mí sobre las olas»

y a lo largo del Strand, calle Reina Victoria arriba

oh Ciudad Ciudad, a veces puedo escuchar

cerca de un bar de la calle Lower Thames,

el agradable lamento de una mandolina

y la bulla y la charla que sale del interior

donde los vendedores de pescado huelgan al mediodía:

donde los muros

de Magnus Mártir conservan

un inefable esplendor de jónica blancura y oro.


               El río suda

               aceite y brea

               las barcazas derivan

               con la cambiante marea

               velas rojas

               anchas

               a sotavento, oscilan en los mástiles

               las barcazas hunden

               leños flotantes

               al sur de Greenwich

               más allá de la Isla de los Perros

                      Weialala leia

                       Wallala leialala


               Elizabeth y Leicester

               remando

               la proa era

               un casco dorado

               rojo y oro

               rizó ambas orillas

               el viento del sudoeste

               cargó agua abajo

               el son de las campanas

               torres blancas

                      Weialala leia

                      Wallala leialala.


               «Tranvías y polvorientos árboles.

               Highbury me hizo. Richmond y Kew

               me deshicieron. Cerca de Richmond levanté las rodillas

               acostada en el fondo de una angosta canoa.»


               «Mis pies están en Moorgate y mi corazón

               bajo mis pies. Después de lo ocurrido

               él lloró. Me prometió “empezar de nuevo”

               No contesté nada. ¿Para qué guardarle rencor?»


               «En la playa de Margate

               no puedo relacionar

               nada con nada.

               Las uñas rotas de manos sucias.

               Mi gente, humilde gente que no espera

               nada.»

                              la la.


               Y entonces me marché a Cartago


               Quemando quemando quemando quemando


               Oh, Señor, Tú me arrancas

               Oh, Señor, Tú arrancas

               quemando.


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IV. MUERTE POR AGUA


FLEBAS, el Fenicio, que murió hace quince días,

olvidó el chillido de las gaviotas y el hondo mar henchido

y las ganancias y las pérdidas.

               Una corriente submarina

recogió sus huesos susurrando. Cayendo y levantándose

remontó hasta los días de su juventud

y entró en el remolino.

               Pagano o judío

oh, tú, que das vuelta al timón y miras a barlovento,

piensa en Flebas, que otrora fue bello y tan alto como tú.


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V. LO QUE DIJO EL TRUENO


Después de la roja luz de las antorchas sobre rostros sudorosos,

después del gélido silencio en los jardines

después de la agonía en lugares pétreos

y el griterío y el lloro

y prisión y palacio y reverberación

de trueno primaveral sobre lejanos montes

aquel que estaba vivo ahora está muerto

nosotros que vivíamos ahora estamos muriendo

con un poco de paciencia.


Aquí no hay agua, sólo roca,

roca y no agua, el camino arenoso

el camino serpentea entre las montañas

que son montañas rocosas sin agua

si hubiese agua nos detendríamos a beber

entre las rocas uno no puede detenerse y pensar

el sudor es seco y los pies se hunden en la arena

si por lo menos hubiera agua entre las rocas

muerta montaña boca de dientes cariados que no puede escupir

aquí no puede uno ni pararse ni acostarse ni sentarse

ni siquiera hay silencio en las montañas

sino el seco trueno estéril sin lluvia

ni siquiera hay soledad en las montañas

sino adustos rostros rojos que escarnecen y rezongan

en los umbrales de casas de fango hendido.

                                                  Si hubiese agua


y no rocas

si hubiese rocas

y también agua

y agua

un manantial

una hoya entre las rocas

si sólo se oyera rumor de agua

no la cigarra

ni la hierba seca cantando

sino rumor de agua sobre una roca

allí donde el zorzal canta entre los pinos

drip drop drip drop drop drop drop

pero no hay agua


¿Quién es ese tercero que camina siempre a tu lado?

cuando cuento, sólo somos dos, tú y yo, juntos

pero cuando miro delante de mí sobre el blanco camino

siempre hay otro que marcha a tu lado

deslizándose envuelto en una capa parda, encapuchado

no sé si es un hombre o una mujer

— ¿pero quién es ése que va a tu lado?


Qué sonido es ése que se oye en la altura

murmullo de lamento maternal

qué hordas encapuchadas son ésas que hormiguean

Por las llanuras infinitas, tropezando en las grietas

de una tierra limitada por el raso horizonte

qué ciudad es ésa sobre las montañas

chasquidos y reformas y llamas en el aire violeta

torres que se derrumban

Jerusalén Atenas Alejandría

Viena Londres

irreales.


Una mujer se soltó la larga cabellera negra

y suscitó una susurrante música con esas cuerdas

y murciélagos de rostros infantiles silbaban

en la luz violeta, y batían sus alas

y con cabeza hacia abajo se deslizaron por el negro muro

y de volteadas torres en el aire

caía un redoblar de campanas reminiscentes, que daban la hora

y se oían cantos dentro de cisternas vacías y agotados pozos.


En esta arruinada cavidad en medio de las montañas

bajo la mortecina claridad de la luna la hierba canta

sobre las desplomadas tumbas alrededor de la capilla

allí esta la desierta capilla donde sólo habita el viento.

No tiene ventanas y la puerta se balancea,

los huesos secos a nadie pueden dañar.

Sólo un gallo se alzaba en la cumbrera

co co rico co co rico

a la claridad de un relámpago. Luego vino una racha húmeda

trayendo lluvia.


Ganga estaba hundido y las hojas frágiles

esperaban la lluvia, mientras las negras nubes

se amontonaban a lo lejos, sobre el Himavant.

La selva se agachó, se encorvó en silencio.

Entonces habló el trueno

DA

Datta: ¿qué hemos dado?

Amigo mío, la sangre que sacude mi corazón

la espantosa audacia de un momento de debilidad

que un siglo de prudencia no puede borrar

por eso y eso sólo es por lo que hemos existido

y ello no se hallará registrado en nuestros obituarios

ni en los recuerdos que cubre la benéfica araña

ni bajo los sellos que rompe el flaco notario

en nuestros vacíos aposentos

DA

Dayadhwam: he oído la llave

voltear en la cerradura una vez y sólo una vez

pensamos en la llave, cada cual en su prisión

pensando en la llave, cada cual confirma una prisión

pero al anochecer, etéreos rumores

reaniman por un momento a un Coriolano roto

DA

Damyata: el barco obedeció

alegremente a la mano hábil para la vela y el remo

el mar estaba tranquilo, tu corazón podía haber respondido

alegremente a la invitación, palpitando obediente

a las diestras manos.


                              Me senté en la orilla

a pescar, con la árida llanura a mi espalda

¿Pondré por lo menos orden en mis tierras?

El Puente de Londres está cayendo cayendo cayendo

Poi s’ascose nel foco che gli affina

Quando fiam uti chelidon —Oh, golondrina, golondrina

Le Prince d’Aquitaine à la tour abolie

Estos fragmentos han sostenido mis ruinas

Why then Ile fit you. Hieronymo’s mad againe.

Datta. Dayadhwam. Damyata.

Shantih shantih shantih.


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REFERENCIAS:
Rodrigo Ayala Cárdenas

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