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9 poemas que te gustan y revelan que sólo eres un pretencioso

15 de diciembre de 2017

Eduardo Limón

... Aunque quizá tengas más...

Porque no sabes en qué radica su gran valía.


Porque sólo reconoces el nombre del autor como autoridad de las letras.


Porque tu maestro de secundaria nunca te dejó leer nada bueno.


Porque piensas que la rima es lo más grandioso de la poesía.


Porque nunca superaste a tu primer amor.


Porque “las rosas son rojas”.


Y “el cielo es azul”.


Porque crees que la poesía es fácil.


Porque piensas que los poemas se dedican.


Porque consideras al amor y a la poesía como una dupla indisociable.


Porque alguien en la universidad te dijo quiénes eran lo autores “chidos”.


Porque te crees muy moderno.


Porque tu mente vive en un New York que de hecho no conoces.



Porque jamás te dignaste a estudiar poesía.


Porque te da flojera leer filosofía.


Porque los leíste en una antología e hiciste de esta tu libro de cabecera.


Porque tus amigos “los intelectuales” dicen que son sus poemas favoritos.


Porque viste un documental en Canal 22.


Porque fuiste a una Feria del Libro y sólo pudiste refugiarte en esos nombres.


Porque temiste en una reunión quedarte callado cuando te preguntaron sobre poesía.


Porque no entendiste a Ezra Pound.


Porque te molesta que Bob Dylan haya ganado un Nobel de Literatura.


Porque citas a Rimbaud por costumbre y no porque conozcas su trabajo.


Porque de Baudelaire sólo conoces Las flores del mal.


Porque escuchaste a uno de tus profesores hablar de Paul Valéry y decidiste que era cool.


Porque un examor te dedico algo que creíste único, pero es lo más básico de la vida.


Porque crees que Patti Smith sólo hace música.


Porque nunca te atreviste a leer algo que te sacara de tu zona de confort.


Por éstas y muchas razones más, eres un pretencioso que seguro no puede superar esto y piensa que es lo más grandioso jamás hecho con la palabra escrita:


-


“Táctica y estrategia”

Mario Benedetti


Mi táctica es

mirarte

aprender como sos

quererte como sos


mi táctica es

hablarte

y escucharte

construir con palabras

un puente indestructible


mi táctica es

quedarme en tu recuerdo

no sé cómo ni sé

con qué pretexto

pero quedarme en vos


mi táctica es

ser franco

y saber que sos franca

y que no nos vendamos

simulacros

para que entre los dos

no haya telón

ni abismos


mi estrategia es

en cambio

más profunda y más

simple


mi estrategia es

que un día cualquiera

no sé cómo ni sé

con qué pretexto

por fin me necesites.




“Tía Chofi”

Jaime Sabines


Amanecí triste el día de tu muerte, tía Chofi,

pero esa tarde me fui al cine e hice el amor.

Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta

con tus setenta años de virgen definitiva,

tendida sobre un catre, estúpidamente muerta.

Hiciste bien en morirte, tía Chofi,

porque no hacías nada, porque nadie te hacía caso,

porque desde que murió abuelita, a quien te consagraste,

ya no tenías qué hacer y a leguas se miraba

que querías morirte y te aguantabas.

¡Hiciste bien!

Yo no quiero elogiarte como acostumbran los arrepentidos,

porque te quise a tu hora, en el lugar preciso,

y harto sé lo que fuiste, tan corriente, tan simple,

pero me he puesto a llorar como una niña porque te moriste.

¡Te siento tan desamparada,

tan sola, sin nadie que te ayude a pasar la esquina,

sin quien te dé un pan!

Me aflige pensar que estás bajo la tierra

tan fría de Berriozábal,

sola, sola, terriblemente sola,

como para morirse llorando.

Ya sé que es tonto eso, que estás muerta,

que más vale callar,

¿pero qué quieres que haga

si me conmueves más que el presentimiento de tu muerte?


Ah, jorobada, tía Chofi,

me gustaría que cantaras

o que contaras el cuento de tus enamorados.

Los campesinos que te enterraron sólo tenían

tragos y cigarros,

y yo no tengo más.

Ha de haberse hecho el cielo ahora con tu muerte,

y un Dios justo y benigno ha de haberte escogido.

Nunca ha sido tan real eso en lo que tu creíste.

Tan miserable fuiste que te pasaste dando tu vida

a todos. Pedías para dar, desvalida.

Y no tenías el gesto agrio de las solteronas

porque tu virginidad fue como una preñez de muchos hijos.

En el medio justo de dos o tres ideas que llenaron tu vida

te repetías incansablemente

y eras la misma cosa siempre.

Fácil, como las flores del campo

con que las vecinas regaron tu ataúd,

nunca has estado tan bien como en ese abandono de la muerte.


Sofía, virgen, antigua, consagrada,

debieron enterrarte de blanco

en tus nupcias definitivas.

Tú que no conociste caricia de hombre

y que desjaste que llegaran a tu rostro arrugas antes que besos,

tú, casta, limpia, sellada,

debiste llevar azahares tu último día.

Exijo que los ángeles te tomen

y te conduzcan a la morada de los limpios.

Sofía virgen, vaso transparente, cáliz,

que la muerte recoja tu cabeza blandamente

y que cierre tus ojos con cuidados de madre

mientras entona cantos interminables.

Vas a ser olvidada de todos

como los lirios del campo,

como las estrellas solitarias;

pero en las mañanas, en la respiración del buey,

en el temblor de las plantas,

en la mansedumbre de los arroyos,

en la nostalgia de las ciudades,

serás como la niebla intocable, hálito de Dios que despierta.


Sofía virgen, desposada en un cementerio de provincia,

con una cruz pequeña sobre tu tierra,

estás bien allí, bajo los pájaros del monte,

y bajo la yerba, que te hace una cortina para mirar al mundo.




“Poema 14”

Pablo Neruda


Juegas todos los días con la luz del universo.

Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua.

Eres más que esta blanca cabecita que aprieto

como un racimo entre mis manos cada día.


A nadie te pareces desde que yo te amo.

Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas.

Quién escribe tu nombre con letras de humo entre las estrellas del sur?

Ah déjame recordarte cómo eras entonces, cuando aún no existías.


De pronto el viento aúlla y golpea mi ventana cerrada.

El cielo es una red cuajada de peces sombríos.

Aquí vienen a dar todos los vientos, todos.

Se desviste la lluvia.


Pasan huyendo los pájaros.

El viento. El viento.

Yo sólo puedo luchar contra la fuerza de los hombres.

El temporal arremolina hojas oscuras

y suelta todas las barcas que anoche amarraron al cielo.


Tú estás aquí. Ah tú no huyes.

Tú me responderás hasta el último grito.

Ovíllate a mi lado como si tuvieras miedo.

Sin embargo alguna vez corrió una sombra extraña por tus ojos.


Ahora, ahora también, pequeña, me traes madreselvas,

y tienes hasta los senos perfumados.

Mientras el viento triste galopa matando mariposas

yo te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela.


Cuanto te habrá dolido acostumbrarte a mí,

a mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan.

Hemos visto arder tantas veces el lucero besándonos los ojos

y sobre nuestras cabezas destorcerse los crepúsculos en abanicos girantes.


Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote.

Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado.

Hasta te creo dueña del universo.

Te traeré de las montañas flores alegres, copihues,

avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos.


Quiero hacer contigo

lo que la primavera hace con los cerezos.




“Hombres necios”

Sor Juana Inés de la Cruz


Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis.


Si con ansia sin igual

solicitáis su desdén,

¿por qué queréis que obren bien

si las incitáis al mal?


Combatís su resistencia

y luego con gravedad

decís que fue liviandad

lo que hizo la diligencia.


Parecer quiere el denuedo

de vuestro parecer loco

al niño que pone el coco

y luego le tiene miedo.


Queréis con presunción necia

hallar a la que buscáis,

para pretendida, Tais,

y en la posesión, Lucrecia.


¿Qué humor puede ser más raro

que el que, falto de consejo,

él mismo empaña el espejo

y siente que no esté claro?


Con el favor y el desdén

tenéis condición igual,

quejándoos, si os tratan mal,

burlándoos, si os quieren bien.


Opinión ninguna gana,

pues la que más se recata,

si no os admite, es ingrata,

y si os admite, es liviana.


Siempre tan necios andáis

que con desigual nivel

a una culpáis por cruel

y a otra por fácil culpáis.


¿Pues cómo ha de estar templada

la que vuestro amor pretende,

si la que es ingrata ofende

y la que es fácil enfada?


Mas entre el enfado y pena

que vuestro gusto refiere,

bien haya la que no os quiere

y queja enhorabuena.


Dan vuestras amantes penas

a sus libertades alas

y después de hacerlas malas

las queréis hallar muy buenas.


¿Cuál mayor culpa ha tenido

en una pasión errada:

la que cae de rogada

o el que ruega de caído?


¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:

la que peca por la paga

o el que paga por pecar?


¿Pues para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?

Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis.


Dejad de solicitar

y después con más razón

acusaréis la afición

de la que os fuere a rogar.


Bien con muchas armas fundo

que lidia vuestra arrogancia,

pues en promesa e instancia

juntáis diablo, carne y mundo.




“Donde habite el olvido”

Luis Cernuda


Donde habite el olvido,

En los vastos jardines sin aurora;

Donde yo sólo sea

Memoria de una piedra sepultada entre ortigas

Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.


Donde mi nombre deje

Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

Donde el deseo no exista.


En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

No esconda como acero

En mi pecho su ala,

Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.


Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,

Sometiendo a otra vida su vida,

Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.


Donde penas y dichas no sean más que nombres,

Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

Disuelto en niebla, ausencia,

Ausencia leve como carne de niño.


Allá, allá lejos;

Donde habite el olvido.

Donde habite el olvido,

En los vastos jardines sin aurora;

Donde yo sólo sea

Memoria de una piedra sepultada entre ortigas

Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.


Donde mi nombre deje

Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

Donde el deseo no exista.


En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

No esconda como acero

En mi pecho su ala,

Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.


Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,

Sometiendo a otra vida su vida,

Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.


Donde penas y dichas no sean más que nombres,

Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

Disuelto en niebla, ausencia,

Ausencia leve como carne de niño.


Allá, allá lejos;

Donde habite el olvido.




“Aullido”

Allen Ginsberg


Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas,

arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico pinchazo,

hipsters con cabezas de ángel ardiendo por la antigua conexión celestial con el estrellado dínamo de la maquinaria nocturna,

que pobres y harapientos y ojerosos y drogados pasaron la noche fumando en la oscuridad sobrenatural de apartamentos de agua fría, flotando sobre las cimas de las ciudades contemplando jazz,

que desnudaron sus cerebros ante el cielo bajo el El y vieron ángeles mahometanos tambaleándose sobre techos iluminados,

que pasaron por las universidades con radiantes ojos imperturbables alucinando Arkansas y tragedia en la luz de Blake entre los maestros de la guerra,

que fueron expulsados de las academias por locos y por publicar odas obscenas en las ventanas de la calavera,

que se acurrucaron en ropa interior en habitaciones sin afeitar, quemando su dinero en papeleras y escuchando al Terror a través del muro,

que fueron arrestados por sus barbas púbicas regresando por Laredo con un cinturón de marihuana hacia Nueva York,

que comieron fuego en hoteles de pintura o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o sometieron sus torsos a un purgatorio noche tras noche (…)




“El remordimiento”

Jorge Luis Borges


He cometido el peor de los pecados

que un hombre puede cometer. No he sido

feliz. Que los glaciares del olvido

me arrastren y me pierdan, despiadados.


Mis padres me engendraron para el juego

arriesgado y hermoso de la vida,

para la tierra, el agua, el aire, el fuego.

Los defraudé. No fui feliz. Cumplida


no fue su joven voluntad. Mi mente

se aplicó a las simétricas porfías

del arte, que entreteje naderías.


Me legaron valor. No fui valiente.

No me abandona. Siempre está a mi lado

La sombra de haber sido un desdichado.




“Tú me quieres blanca”

Alfonsina Storni


Tú me quieres alba,

Me quieres de espumas,

Me quieres de nácar.

Que sea azucena

Sobre todas, casta.

De perfume tenue.

Corola cerrada


Ni un rayo de luna

Filtrado me haya.

Ni una margarita

Se diga mi hermana.

Tú me quieres nívea,

Tú me quieres blanca,

Tú me quieres alba.


Tú que hubiste todas

Las copas a mano,

De frutos y mieles

Los labios morados.

Tú que en el banquete

Cubierto de pámpanos

Dejaste las carnes

Festejando a Baco.

Tú que en los jardines

Negros del Engaño

Vestido de rojo

Corriste al Estrago.


Tú que el esqueleto

Conservas intacto

No sé todavía

Por cuáles milagros,

Me pretendes blanca

(Dios te lo perdone),

Me pretendes casta

(Dios te lo perdone),

¡Me pretendes alba!


Huye hacia los bosques,

Vete a la montaña;

Límpiate la boca;

Vive en las cabañas;

Toca con las manos

La tierra mojada;

Alimenta el cuerpo

Con raíz amarga;

Bebe de las rocas;

Duerme sobre escarcha;

Renueva tejidos

Con salitre y agua;

Habla con los pájaros

Y lévate al alba.

Y cuando las carnes

Te sean tornadas,

Y cuando hayas puesto

En ellas el alma

Que por las alcobas

Se quedó enredada,

Entonces, buen hombre,

Preténdeme blanca,

Preténdeme nívea,

Preténdeme casta.




“Hija del viento”

Alejandra Pizarnik


Han venido.

Invaden la sangre.

Huelen a plumas,

a carencias,

a llanto.

Pero tú alimentas al miedo

y a la soledad

como a dos animales pequeños

perdidos en el desierto.


Han venido

a incendiar la edad del sueño.

Un adiós es tu vida.

Pero tú te abrazas

como la serpiente loca de movimiento

que sólo se halla a sí misma

porque no hay nadie.


Tú lloras debajo del llanto,

tú abres el cofre de tus deseos

y eres más rica que la noche.


Pero hace tanta soledad

que las palabras se suicidan


-


Porque sólo haces como que sabes.


**

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TAGS: Poemas Grandes escritores Arte clásico
REFERENCIAS:

Eduardo Limón


Editor de Moda

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