Póker

Póker

Por: Andres -

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Bien programado me fui derecho al desahogo sabatino. El reloj no espera, mucho menos la ansia. Si la vida es un viaje incierto, es preferible aderezarlo con las mañas propias que mejor convengan.

Hacía ya un tiempo que no soltaba la rienda. Como partitura musical llegué a "tono" al encuentro. Lázaro estaba allí, dándole buenos tragos al whisky, esnifando también un poco de blanca. Fernando hacía lo propio con un buen porro que aromatizaba el lugar. Yo traía ya un "seis " de cervezas de a medio litro. Tres las portaba en mano. Las otras en el fondo de la barriga. Los abrazos habituales llegaron. Nos pusimos al tanto de la inercia vivencial. Cada quien en sus mundos, compartimos por unas horas nuestros respiros.

“¿Supiste que ya Natalia está bien preñada de Gustavo?” “Ya estoy intentando dejar el cigarro, pero hoy me daré permiso para fumar unos cuantos”.” La compañía en la que trabajo cada día me asfixia más. Esto ya es insostenible”…. Esas y otras temáticas aburridas flotaban en el aire.

Antes de que la noche nos descubriese apostándole a la esperanza, me dispuse a contactar por teléfono a un par de amigas. Ninguna atendió. Por suerte Lázaro era el prototipo atractivo al sexo femenino.  En un minuto realizó dos llamadas.

Maribel nos esperaba en su apartamento. Tenía reunión gay. No importaba. De allí podrían surgir alternativas. Cada uno en lo nuestro, emprendimos la retirada. Allá en el encuentro había un trío de hombres abatidos por la fuerza del vicio y el tiempo. Ya  entrados en los cuarenta nos recibieron sin mucho entusiasmo, excepto por ella, la anfitriona, que esperaba a Lázaro, claro está.

Nos presentamos con cordialidad apacible. Sírvanse lo que quieran, comentó uno de los hombres allí sentados. Sin vergüenza obedecimos. Nos atendimos con gusto. Al cabo de unos minutos los cuarentones se fueron largando de a uno en uno. En diez minutos el set era nuestro. Maribel, sin decir "agua va", sacó un estuche y lo puso a la vista de todos. Guardaba toda clase de drogas pa' lo que se ofreciera. De allí extrajo cocaína, mariguana y un poco de ácido para comenzar. Puso los aditamentos necesarios para preparar las dosis. Hizo cuatro líneas, armó dos porros y cambió la música. Su energía era arrolladora. Venía de cuatro fiestas previas en distintos días. Que si el miércoles se fue a un Cocktail, el jueves Nancy llegó berreando por culpa de su novio. El viernes acudió al Rioma, un club emblemático de la ciudad a escuchar a un amigo... Poco sueño y mucha pila.

Nos platicaba de todo y sin pudor. Yo paraba oreja y bebía. Lázaro esnifaba, Fernando fumaba. Los deseos corrían. Al cabo de una hora el ambiente estaba más ligero. Me negué a probar más que alcohol. Prefería el trago. De alguna manera era el más rústico del grupo. Los otros, más experimentados, pasaban las sustancias a dos bandas. Maribel no soltaba el pulso y eso estaba bien. Más activa ella, más contemplativos nosotros, equilibrábamos la escena. Uno que otro comentario, eso sí, soltábamos a cada tanto.

 

Me bebí las cervezas, destapé una botella de vodka. Le di duro al trago. Ellos seguían con el polvo y la hierba. La charla se tornó de pronto fortuita. Maribel estaba en lo suyo sin dejar de quitar la vista al estuche.

Lázaro seguía inhalando un poco más pausado. Fernando estaba sentado en un sofá con la mirada puesta en la noche a través de la ventana. Nuestra anfitriona movía el pie y estiraba la espalda. Yo bebía y orinaba. David Bowie amenizaba. Nos fuimos reuniendo con el correr de la velada en torno al momento. Cada vez más intoxicados coincidimos en el silencio de las sensaciones. No había necesidad de otra cosa más que estar allí, sonriendo o simplemente existiendo.

El deseo por poseerla se guardó posiblemente entre la testosterona dopada. Tal vez ella imaginó algo similar, quizá no. Nunca lo sabremos. Los vacíos se hicieron presentes para mostrarnos la eterna fugacidad de todo. Un paseo a la sinfonía de nuestros fragmentos que nos componen se suscitó en aquella estancia. Sin decir nada se entendió todo. La mañana se asomó con ganas.

El Sol opacó el encanto de la oscuridad. Los corazones seguían latiendo. Para ese lapso ya estábamos bien drogados. Un gato nos miraba con indiferencia. La chica sacó del estuche una sustancia equiparable al ayahuasca, según decía: Te tomas esto y te piras para el infierno o el paraíso, según sea tu temple. El mío ya estaba decayendo. Sin hacer ruido me fui escurriendo a una cama que encontré cerca. Fernando miraba el techo. Lázaro cantaba y movía un pie.

Yacía sentado. Maribel  iba y venía saltando. El gato observaba. Mi intento por cerrar los párpados para echarme una pestaña fue inútil, no logré ni siquiera dormitar. Convencido del hecho regrese a cuadro. Allí estábamos cuatro seres absortos, con los sentidos enganchados a lo que quedaba de fantasía y un mar de tedio vertiendo su furia entre nosotros. No seríamos grandes leyendas en el otoño. No moriríamos dormidos en un lecho repleto de cariño. No cargaríamos nietos ni clichés adecuados al convencionalismo social en turno. Sin decirnos mucho compartimos una intimidad expulsada a fuerza de estímulos recetados. Todo iba acorde a la ocasión.

La armonía relativa se rompió cuando la droga se consumió. El instinto es más fuerte que el deseo y no hay marcha atrás. La escasez nos arrojó de nuevo a esconder la pena entre el trajinar de la cotidiana brisa citadina. Tal vez la mayor cobardía de esta vida sea ocultar la desgracia al amparo de la rutina. Aun si se tiene voluntad a prueba de tentación suculenta, si se carece de imaginación la verdadera agonía se padecerá a diario, sin poder siquiera apartar la mirada a otro panorama. Nos fuimos sin escándalo a seguir rodando entre la ignominia de la costumbre. Maribel se quedó donde la encontramos.

Ella, en espera de la Primavera, emularía la brisa del Verano en pleno Invierno una y otra vez. Nosotros nos despedimos tan sólo con pisar la calle. Afuera todo seguiría igual. Adentro la opresión sería cada día más infernal. El gato por fin pudo dormir.

Referencias: