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El cuento que refleja la realidad cruda y violenta en el día a día de la vida en México

23 de octubre de 2018

Mauricio Chávez



Si quieres saber más sobre la profundidad de los hechos que se han vuelto cotidianos en nuestro país, te compartimos "Polvareda", cuento sobre la muerte y la violencia en México.





POLVAREDA


Lo recuerdo bien, fue un 4 de abril, un día caluroso, de ese calor tan abrasador que barre toda energía y ánimo de hacer cualquier cosa. Me encontraba terminando de cortar los troncos para la leña del bracero que utilizamos para cocinar. Como una ráfaga, Paola llegó muy exaltada diciéndome con una voz casi inaudible y con palabras cortadas:


—¡Ven rápido!, ayúdame, no lo creo, de verdad que no lo creo.

—Tranquila, cálmate. ¿Qué pasa? —dije, pero su expresión era de una agitación muy marcada que no respondió, tuve que preguntar de nuevo.

—Mujer, ¿qué te ha ocurrido? Me estás preocupando, pues —y pareció salir de un pensamiento momentáneo y respondió.

—Venía para acá de ver a Esperanza, por el sendero, cuando me pareció a lo lejos ver a alguien tirado, pensé que era alguno de los teporochos que no puse tanta atención, pero me acerqué y… era un muerto.

—¿Un muerto? —respondí con sorpresa.

—Sí, era el hijo de Toña, lo han baleado como un animal.

—Hijos de la chingada.

—Lo traté de jalar lo más cerca que pude, pero estaba muy maltrecho, ayúdame a llevarlo con Toña.


Así pues, fui con Paola a donde estaba el muerto, llevando mi carretilla para levantarlo y poder llevarlo hasta su casa a la entrada del pueblo. Resultaba ser que el ahora fallecido era el hijo menor y no rebasaba los 19 años, me acuerdo borrosamente de él, se llamaba José Luis, según recuerdo, era un muchacho que estudiaba y trabajaba, conocido por la mayoría del pueblo, sin problemas con ninguno. No comprendía por qué pudieron hacerle semejante cosa y de alguna manera me causaba repugnancia el ponerme a pensar en ello. Una de mis conclusiones fue que se debía a un asalto donde debió de poner resistencia. Me sentí molesto con ese pensamiento, era muy joven y aunque no lo conocía muy bien creo que nadie merece morir de esa forma.


Paola seguía consternada y con el semblante triste. A diferencia mía, ella conocía un poco mejor a José Luis, es normal que le afectara. Caminaba a mi lado lanzado oraciones en voz baja y rogando por el descanso de su extinta alma. El calor nos hacía lejano el camino, el viento soplaba caliente y levantaba un poco la polvareda que se acentuaba en la cara, por tramos me parecía que el cuerpo se hacía más pesado. No es que viviésemos muy alejados del pueblo, pero probablemente lo inusual de la situación me daba esa visión.


Tras algunos minutos nos encontramos a la entrada, donde estaban los primeros curiosos que se acercaban y que inmediatamente reconocían al finado, con gesto de asombro y con exclamaciones como: "¡Pobre Toña, lo que va a sufrir! ¡Ay, muchacho, ¿pues qué hiciste?! ¡Dios lo tenga en su gloria!". Fue un vecino que estaba regresando por la esquina el que se haría cargo de dar la noticia en casa de Toña, ya que al vernos pasar con el cuerpo en la carretilla supo de inmediato nuestra dirección. Al llegar, ella estaba ya en la puerta con la cara de luto y el alma hecha trizas.


Fue un acto que me causó una tristeza enorme, y por un momento sentía que era yo al que le habían matado al hijo. Al verlo baleado, sin vida y en una carretilla, la primera reacción de la madre fue tratar de abrazarlo, susurrando palabras al oído como tratando de conjurar un hechizo que sanara las heridas y le devolviera la vida, buscaba una pizca de movimiento para que terminara esa pesadilla. No fue así. Acto seguido, fue invadida por un llanto espontáneo, con un sollozo y un suspiro que invadía profundamente las entrañas. Estaba fuera de sí y era entendible, nunca nadie se prepara para estos sucesos. Poco después, como si ya estuviese programado que habría un funeral en el pueblo, la gente se fue acercando con flores, velas, rosarios, café, pan y con atuendo propicio para la ocasión. El cuerpo pasó de la carretilla a un ataúd y fue velado durante la noche. Muy temprano, aún de madrugada, se llevó a cabo el entierro, donde mucha gente se congregó e incluso se acompañó al cortejo con músicos que amenizaban aquel infortunado suceso. Todo fue muy rápido. Nos tuvimos que despedir de Toña y, como era normal, le ofrecimos nuestro pésame y nuestro apoyo aunque de poco o nada sirviera. Paola fue un poco más sensible con las palabras, nunca he sabido que decir en esos casos, sólo sé que no se le desea a nadie pasar por eso.


De regreso a nuestra morada, ya de mañana y con el sol calentando, un poco más alejados de la entrada al pueblo nos encontramos a Ramón, el peluquero. Nos dijo que él había visto todo, que José Luis había sido balaceado por unos hombres con rifles muy grandes, venían en una camioneta y sin más se bajaron, lo golpearon y alcanzaron a decir: “es un recadito para que tu hermano no nos toque los huevos”, para inmediatamente después soltar una lluvia de balas y dejarlo como un animal agonizando. Ramón no estaba muy lejos de ahí, y pensó en acercarse a ayudar, pero lo invadió el miedo y mejor se fue.


—Soy viejo, ustedes me entenderán —nos había dicho.


Volvía ahora porque pensó que era correcto contarle eso a la madre del difunto, nosotros creímos lo mismo y decidimos dar vuelta sobre nuestros pasos y acompañarlo hasta casa del enterrado. Llegamos y sabíamos que lo que había que contarle no la haría sentir mejor, pero era necesario. Por un momento podrían señalarnos como insensibles ante el dolor que cubría a la madre. Nos ofreció pasar a su casa y nos sentamos frente a ella. Ramón comenzó a narrar los hechos, tal como nos los hizo saber momentos atrás. La sorpresa de Toña fue muy poca, asimiló las palabras del peluquero de manera muy seria, lo que a Paola y a mí nos causó mucha impresión.


—Yo imaginé que una cosa así tenía que pasar, pero jamás creí que a José Luis, él era un niño muy bueno, lo único que me quedaba.

—¿Por qué lo dices? —dijo Paola.

—Mi hijo el mayor, Gonzalo, hace ya dos años que se fue a la ciudad, según a trabajar en una cervecería, y me ha dicho que gana muy bien las pocas veces que me llama. Con el dinero que manda pudimos vivir un poco mejor, José Luis iba a poder ir a la universidad, y yo ya no tenía que trabajar como antes.

—¿Y tú no lo crees? —interrumpí.

—Toda madre siempre tiene una corazonada, y la mía era que él se había metido en malos pasos, se fue con unas amistades a la ciudad que no me causaban confianza, pero me hice a la idea de que era sólo eso, una idea equivocada.

—¿De qué hablas?, no te entiendo del todo —decía Ramón, quien se abanicaba con el sombrero por el calor.

—Les digo pues que creo que Gonzalo trabaja para el narco y le juega al vivo, aunque ahora ya no sólo lo creo, sino lo puedo afirmar y eso me causa un dolor enorme. Estos malditos vinieron y tomaron la vida de su hermano y lo peor es que ni lo ha de saber.

—Desgraciados vividores —dijo Ramón.

—No puedo culpar a mi hijo de la muerte de su hermano, pero no ha tomado una buena decisión al meterse en eso, esa gente no tiene sentimientos y no tiene remordimiento, porque les importa más el dinero que la vida. Yo sé que un día también ustedes o algún otro vendrá a tocar de nuevo a la puerta para decirme que me dejaron al otro hijo tirado en la carretera o en una bolsa. Y eso por sí mismo ya es un luto más. Yo creí ser una buena madre educando a mis hijos, pero parece ser que me equivoqué.

—No te pongas así, nada ganas con tener malos pensamientos, sólo atraes el mal augurio y te hará daño pensar de esa manera —exclamaba Paola, a la vez que tocaba el hombro de la madre en señal de consuelo.

 

Pareciera que Toña invocó ese día una profecía, han transcurrido dos años desde entonces y justamente ayer que llegaba al pueblo de las compras en la plaza me he enterando que la cabeza de Gonzalo había sido encontrada a la entrada esa misma mañana, cubierta por la polvareda.


**


La soledad es el momento en el que descubrimos que no estamos realmente solos. El ruido y vertiginoso ritmo en el que vivimos a veces nos ahoga tanto que olvidamos vivir el presente, por esa razón te compartimos las 6 lecciones espirituales que aprenderás del aquí y el ahora.


TAGS: Cuentos Nuevos escritores crowdsourcing
REFERENCIAS:

Mauricio Chávez


Colaborador

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